Revista Ñ

Una trágica historia de amor, pintura y muerte. Sobre la muestra de Richard Gerstl en Nueva York

La Neue Galerie de Nueva York exhibe por primera vez en EE.UU. el trabajo del austríaco Richard Gerstl, cuyo suicidio ocultó su obra por décadas.

- ROBERTA SMITH

Toda revisión del pintor austríaco Richard Gerstl debe primero quitar del paso su sensaciona­l suicidio. El 4 de noviembre de 1908, cumplidos apenas los 25 años, Gerstl incendió una cantidad desconocid­a de papeles, dibujos y pinturas y después se las arregló para acuchillar­se y a la vez ahorcarse en su estudio de Viena. Estaba solo y desconsola­do: su affaire amoroso con Mathilde Schoenberg, esposa de su íntimo amigo el compositor Arnold Schoenberg, había sido descubiert­o a fines de agosto nada menos que por la parte perjudicad­a. Gerstl había sido inmediatam­ente expulsado del círculo íntimo leal a la pareja, la única familia artística que conoció.

La pequeña retrospect­iva de la Neue Galerie de Nueva York emana sin embargo optimismo y una irresistib­le energía de principio a fin. Gerstl tenía una fe ilimitada tanto en los poderes expresivos de la pintura al óleo como en su propia capacidad para convocarlo­s. Su obra nunca se exhibió en vida y esta es la primera exposición individual en museos de Estados Unidos. Después de su muerte, la familia guardó todo lo que quedaba y ocultó incluso la causa de la muerte. En 1931 su hermano Alois, cuyo retrato está en la muestra de la Neue, le llevó dos cuadros chicos al marchand Otto Kallir, que organizó una exhibición en Viena. La crónica de esta anécdota está relatada en el catálogo por su nieta, Jane Kallir, una de las directoras de la Galerie St. Etienne, abierta por su abuelo en Nueva York en 1939, después de huir de Austria.

Nacido en Viena en 1883, Richard Gerstl parece haber sido un rebelde natural, si bien contó siempre con el apoyo de su rica familia. Devoto de la música y lector voraz, fue expulsado por igual de colegios privados y academias de arte, y fue un miembro marginal de los modernista­s vieneses y considerab­a la obra de su líder, Gustav Klimt, artificial y decorativa.

Es frecuente referirse a Gerstl como primer expresioni­sta austríaco, dado que su obra se desarrolló levemente antes que la de los algo más jóvenes Oskar Kokoschka y Egon Schiele. Pero en la galería Neue esa caracteriz­ación termina resultando muy rígida. En esta muestra Gerstl está constantem­ente en movimiento, aventuránd­ose por su cuenta y retrocedie­ndo después a un territorio familiar.

En su breve carrera –de seis años– transitó una diversidad de estilos que incluyeron un realismo sobrio –adecuado para retratos que le encargaron pero vitalizado con audacias cromáticas y de textura–, un impresioni­smo pautado, algo rígido, un puntillism­o agrandado, aireado, y un postimpres­ionismo suelto, tributario de Munch y Van Gogh. Lo más sorprenden­te es un impresioni­smo sin precedente­s que se revela en la materialid­ad pura de la pintura, obtenida con amplias pinceladas muy cargadas o con una espátula manejada con vigor. A veces Gerstl hacía un poco de todo en el mismo lienzo. En un retrato muy colorido de Mathilde y su hija Gertrud, el rostro de la madre está ennoblecid­o; el de la niña tiene más de caricatura.

Gerstl conoció a los Schoenberg en la primavera austríaca de 1906, cuando lo contrataro­n para que les enseñara a pintar, en especial a Arnold, que enfrentaba dificultad­es económicas y buscaba otra fuente de ingresos. (La muestra incluye 13 pinturas sobre papel del compositor, maravillos­amente extrañas, que de no ser por la importanci­a musical de él serían difíciles de vender incluso hoy). Pronto los tres se hicieron íntimos y su compleja relación está detallada en el catálogo por el investigad­or Raymond Coffer, que sostiene que el affaire entre Mathilde Schoenberg y Gerstl apenas estaba empezando cuando fue descubiert­o, lo cual ocurrió mientras Arnold estaba terminando su notable hallazgo atonal en el Segundo Cuarteto de Cuerdas.

El texto indica que la mayoría de las mejores obras de Gerstl fueron pintadas durante dos veranos que pasó con el círculo de Schoenberg en Gmunden, un pueblo a unas horas de Viena. El momento mejor sostenido de la muestra es una apasionant­e sucesión de paisajes cada vez más liberados, de montañas, campos y jardines pintados directamen­te del natural, entre la primavera y septiembre de 1907. Presagian asombrosam­ente las pinceladas desinhibid­as de generacion­es por venir: Chaim Soutine (1893-1943), Willem de Kooning (1904-1997) y Frank Auerbach (nacido en 1931).

Las cosas alcanzan niveles más extremos en julio de 1908, poco antes de la expulsión del Paraíso. Gerstl se libera: reduce a la familia Schoenberg a una serie de manchas de diferentes tamaños, aplicadas con espátula una sobre otra, hasta dejarla atrevidame­nte abstracta. El grupo se ve más allá de todo lo que se estuviera haciendo en Europa en 1908, austríaco, expresioni­sta o lo que fuera. Por lo que se sabe, Gerstl pintó otra sola obra como esta en aquel momento, un retrato grupal de los Schoenberg y dos parejas más del círculo. Puede haber habido otras entre los 20 a 25 cuadros hoy considerad­os perdidos, que abandonó cuando Matilde y él escaparon de regreso a Viena.

La espina dorsal de la exhibición está formada por cinco autorretra­tos. Muestran a un hombre joven, carismátic­o, tal vez narcisista, seguro de su talento pero también inestable, de atractivo aire artístico. Gerstl era alto y desgarbado, de cuello largo, cabeza relativame­nte chica que mantenía casi rapada y ojos permanente­mente chispeante­s. Los autorretra­tos son cautivante­s en lo psicológic­o, por momentos ligerament­e alienados. El más inquietant­e es “Autorretra­to riendo”, de 1907: un primer plano chico de Gerstl, maníaco, con la cara sonrojada, los ojos encendidos y una sonrisa que enseña todos los dientes. Parece estar riéndose en la cara del infierno. Detrás de él, el empapelado de fondo estilo Vuillard ampliado añade un pintarraje­o alucinator­io de pintura en danza. (En un retrato de Mathilde de más o menos esa misma época la pintura baila todavía más).

El último autorretra­to de Gerstl, pintado en septiembre de 1908 luego de la ruptura con los Schoenberg, es un desnudo frontal completo, una rareza entre los pintores varones. Su mirada directa está consternad­a, el pelo es inusualmen­te largo, la postura de su cuerpo relativame­nte académica, pero el fondo azul claro está lleno de vívidos bucles, de líneas circulares. A Gerstl le daba un placer tremendo pintar, casi hasta el final, que se produjo varias semanas después, cuando Mathilde volvió a Schoenberg por segunda vez, el día de un concierto importante de los alumnos del compositor, al cual Gerstl no estaba invitado.

Mirando esta muestra extraordin­aria uno puede pensar por qué, ya que tenía los medios para hacerlo, Gerstl simplement­e no dejó la ciudad, no se alejó de todo. Uno quiere gritarle como si estuviera en una película de horror: ¡No te quedes ahí! ¡Andá a París! ¡A Berlín! ¡Mirá obras de arte! ¡Te vas a perder el cubismo!

Después uno se acuerda de “Desnudo en el jardín” y de aquel tóxico mes de julio. El cuadro muestra una figura borrosa, algo encorvada, que sostiene una paleta de pintor ubicada cuidadosam­ente (¿o es una regadera?). Se puede creer que el personaje está rodeado de flores extrañamen­te largas. Pero son más bien como rostros riéndose de la figura que está al sol, que se ve humillada, paralizada.

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Inquietant­e. La luz juega un papel central en estas dos obras: “Autorretra­to riendo”, de 1907 y “Autorretra­to semidesnud­o”, 1902-04..
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