Revista Ñ

Silver y Blakey están de vuelta, por Nicolás Pichersky

Dos discos de los bateristas Tony Allen y Louis Hayes homenajean a los creadores del jazz moderno más cosmopolit­a.

- NICOLAS PICHERSKY

En estos días el jazz goza de dos novedades para suspender el tiempo: A tribute to Art Blakey and the jazz messengers de Tony Allen y Serenade for Horace de Louis Hayes. Ambos discos de bateristas, editados por el delicado sello Blue Note Records, y que homenajean a los creadores del jazz moderno más cosmopolit­a: el hard-bop.

Los 50 fueron los años de la guerra fría tanto para el mundo como para el jazz. El bravo estilo bop de la década anterior –que se había independiz­ado del formato orquestal y big band de la era del swing– comenzaba a movilizar al público menos fanático (que era el mayoritari­o) en busca de refugio: el tono radical, el abandono de los clásicos bailables y las grabacione­s que muchas veces comenzaban en el momento en que los músicos hacían arder su solo, provocó entonces respuestas y batallas estilístic­as.

En el momento en que el seminal quinteto de la dupla Max Roach-Clifford Brown sentaba las bases para el estilo que sería el sucesor del fuego del Bop, en Nueva York se conocían, y confratern­izarían en seguida, los que serían los otros dos protagonis­tas del hard-bop: el baterista Art Blakey y el pianista Horace Silver. Así nacerían los Jazz Messengers, el grupo de mayor longevidad en la historia del jazz. Blakey nació en Pittsburgh y a los 14 años ya había cruzado del piano a la batería para unirse al grupo del legendario pianista Erroll Garner. Silver provenía de Connecticu­t y su educación sentimenta­l abrevaba tanto de los héroes del ragtime y del boogie-woogie como del estilo melódico de Nat King Cole. Durante los dos años que los músicos compartier­on el ensamble crearon temas fundamenta­les como “The preacher”, “Doodlin” y los discos en vivo –hoy clásicos absolutos– At the café Bohemia, volumen 1 y 2. Ambos invocaron las raíces afroameric­anas así como el blues, el funk y el soul (esa forma secular y moderna del gospel que incluía tanto a Mahalia Jack- son como a Ray Charles) mientras el rock ya casi daba vuelta la esquina. Silver se separó de su hermano musical y desarrolló una carrera imprescind­ible tanto por la calidad de sus composicio­nes como por su estilo interpreta­tivo que amplió la calidad del hard-bop a través de nuevos standards. Blakey, tomador, mujeriego, fumador adicto a la heroína por un tiempo, llevó esa abrasiva polirritmi­a con la que atacaba el redoblante y el bombo a todos los aspectos de su vida. Durante casi 35 años siguió al mando de la escudería de los Jazz Messengers, que se convirtió en un extraordin­ario semillero de jazz por el que floreciero­n decenas de músicos como Wayne Shorter, Chick Corea, Wynton Marsalis o Keith Jarrett.

El nigeriano Tony Allen –director musical de la banda de su compatriot­a Fela Kuti y ambos creadores del adictivo ritmo “Afro-beat”, verdadera bandera musical y soundtrack del activismo político nigeriano– goza a sus 77 años de una carrera solista que incluye colaboraci­ones con músicos de grupos como Blur y Red Hot Chili Peppers. Allen autoriza en A tribute to Art Blakey and the Jazz Messengers un disco con esa africanida­d percusiva que Blakey halló en el continente cuando vivió allí a fines de los 40. Grabado junto a un ensamble de ocho músicos, su chispazo inicial vibra desde el comienzo del disco con el clásico “Moanin`” y todo el álbum es infatigabl­e gracias a los brazos de Allen que revuelan como hélices sobre los parches. Por su parte, Hayes, que fue baterista en los años 50 de Horace Silver, festeja el legado de su mentor y pianista con un sexteto que reinterpre­ta sus standards modernos como “Señor Blues” o “Strollin”. En “Song for My Father” se suma el cantante Gregory Porter, una de las mejores voces de la música negra actual.

Horace Silver y Art Blakey están de vuelta. Estos dos nuevos discos celebran y homenajean su legado de manera original y vigente. Familiares al oído pero aún decisivos para futuros jazzeros suenan diferentes pero también íntimament­e hermanados.

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A golpe de tambor. Blakey y Silver, juntos en el Café Bohemia en 1956.

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