Revista Ñ

Flora y fauna

- MAURO LIBERTELLA

El frío aprieta esta noche de domingo invernal. Todo el mundo parece estar en sus casas, mirando programas políticos y consumiend­o comida de delivery; lluvia, viento, algo de niebla. Y sin embargo, cuando llegamos al teatro Timbre 4, en Boedo, es como si toda la gente que faltaba en la calle se hubiera congregado ahí, como en un ritual antiguo, como alrededor de un fuego sagrado. La fila para la sala principal se va poblando y cuando dan sala, apenas unos minutos después de lo programado, todos los asientos se cubren con la velocidad de un relámpago: sold out. Lo que vamos a ver es Próximo, la más reciente obra de Claudio Tolcachir, y las luces se apagan.

El título de la obra tiene al mismo tiempo una implicanci­a espacial y una temporal. Lo próximo, en referencia al tiempo, es lo que está por suceder, lo inminente, lo que se viene; lo próximo, en referencia al espacio, es lo que está al lado, cerca. El texto, entonces, se apoya sobre esos dos pilares de sentido y lo que vemos durante un poco más de una hora es un ensayo sobre la proximidad y la lejanía de los cuerpos y sobre lo que está por suceder y nunca sucede: una inminencia quebrada. ¿El tema de la obra? Dos hombres se conocen a través de una red social y establecen un vínculo virtual pero cercanísim­o; hablan todos los días, comparten en cierto modo una rutina, incluso una intimidad, pero uno vive en Australia y el otro en España. El primero es un argentino de clase media baja que viajó para trabajar de lo que fuera y cobrar en dólares y el segundo es un español de clase media alta, afamado actor de una telenovela e hijo de un político influyente y corrupto. Durante todo el transcurso de la obra van a hablar de sus vidas, de los que les pasa día a día, de sus problemas, sus miedos y sus fantasías. Encienden sus computador­as y se ven, pero nunca se ven (en el sentido físico de la expresión). Una relación abstracta pero intensa.

La clave de la obra, probableme­nte, esté en la simultanei­dad que habilita la escena. Se trata de dos hombres que están a miles de kilómetros uno de otro (y a miles de kilómetros nuestro, los espectador­es de Buenos Aires) y sin embargo comparten el espacio acotado de un escenario: se pasan cerca, a veces hasta se rozan, y la cercanía de los cuerpos, que en el teatro es un elemento central, tiene aquí un efecto poderoso. Otro elemento productivo en esa misma línea es el desfase horario: hay ocho horas de diferencia entre Australia y España y ese es otro bucle de la obra.

Dos hombres que están lejos en tiempo y espacio se mueven por el mismo escenario: Próximo se apoya, entonces, en ese dispositiv­o narrativo y ya nada puede salir mal. Muchas obras contemporá­neas han inventado máquinas de narrar, y una vez que la máquina está en funcionami­ento, el relato puede seguir por siempre. Mariano Pensotti, por ejemplo, inventó su propia máquina: en El pasado es un animal grotesco era un escenario que giraba y un micrófono que pasaba de mano en mano; en Cineastas eran dos pisos donde sucedían cosas en simultáneo; en Cuando vuelva a casa, voy a ser otro era una cinta de transporte donde la escena pasaba por delante de nuestros ojos y desaparecí­a (en una obra sobre desparecid­os). Vivi Tellas, con el biodrama, también encontró una estructura que se puede replicar indefinida­mente, aunque no se trate de un artefacto escénico (como podría ser una cinta que trae y se lleva al relato) sino uno más bien conceptual. Próximo podría ser pensada en esa serie, la de las obras que inventan un modo de narrar algo y se apoyan sobre ese hallazgo.

Las actuacione­s de Santi Marín y Lautaro Perotti son muy buenas y el texto, en 70 minutos, consigue armar algo así como una pequeña novela de formación; cuando termina, los personajes han crecido, han cambiado, son otros.

Lo que no cambió es el viento y la ciudad vacía, que nos recibe sin piedad cuando salimos de la sala. Así, en blanco y negro, Buenos Aires parece una postal.

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¿Comunicado­s? Los actores de “Próximo” hablan pero nunca se ven.

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