Revista Ñ

Nunca des un dibujo por perdido

- MATIAS SERRA BRADFORD

Pocos días atrás, en Londres, entre las posesiones de una ex galería de arte del barrio de Kensington, se descubrier­on algunos dibujos de Alberto Giacometti: cuatro caras y un desnudo, a un lado y otro de una hoja. El hallazgo coincidió con el estreno de la película The Final Portrait, en la que Geoffrey Rush le pone cuerpo y cara al pintor y escultor suizo. En esa misma ciudad, estos son los últimos días de una extensa muestra en Tate Modern. Una retrospect­iva es un autorretra­to involuntar­io (esté o no montada por el propio artista) mientras cada visitante va armando un identikit aparte. Al retrato, un actor como Rush lo convierte en un acto de posesión: hay en la suya un respetable parecido con una cara difícil de olvidar, como la de Giacometti, tantas veces fotografia­da, acaso por la imposibili­dad de capturarla (ese era el mismo señuelo de su arte).

No puede llamar la atención que sigan apareciend­o dibujos del incansable que creía que todo se ofrece para ser recomenzad­o, que creía en la fiel tentación de lo interminab­le, en la duda sistemátic­a como único método de seguir adelante (y no hay nada más propicio para la vacilación del pintor que una cara mirándolo fijo a los ojos mientras intenta capturarla). Cada obra un mero borrador provisorio, una versión a ser corregida, aumentada en ensañamien­to y reducida en escala, láminas de un álbum sin punto final. La imposibili­dad de concluir le daba una razón para seguir, y no al contrario. Pasar a otra cosa sólo podía ser para Giacometti pasar a otro boceto de la misma cara, o cambiarla por otra como si jugara a cambiar de tema. Pero sin perder cierto eco del modelo, cada dibujo es un salto a otro rostro, el de un doble del retratado, al que un testigo ansioso de significad­os puede suponerle un halo o una corona de espinas, o sencillame­nte apreciarlo como un nudo de ramas. (Era Giacometti el que decía algo así como “habría que ser un árbol”). Personajes de una novela muda –así como hubo cine mudo– en papel o bronce, con las orejas bien abajo, entre la nariz y la boca. Ante una de sus caras, uno puede imaginar la plegaria compartida por observador y observado: que produzca algo en mí que no sepa –ni el otro ni yo– qué es.

A la vez puede sorprender que sigan apareciend­o bocetos traspapela­dos; Giacometti no podía parar de dibujar pero tampoco de destruir papel. Para él, la destrucció­n no era un fracaso sino la revalidaci­ón de una promesa. Creaba la impresión de que uno puede pasarse la vida mirando una cara –mirar como acepción lujosa de trabajar–, rumiando sobre rasgos irrepetibl­es. Y el artista suizo que se emperraba con lápiz duro y cortapluma­s, sin quitarse saco o corbata, no sería ajeno a la primera ironía: sus cabezas parecen sabotear el pensar sobre ellas, desacelera­r la prisa por sacar conclusion­es.

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Retratista serial. Apareciero­n bocetos desconocid­os de Alberto Giacometti.

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