Revista Ñ

Lecciones mortales que deja el terror

Además del atentado en Barcelona, la yihad golpeó en Finlandia y Burkina Faso. Contra el miedo, el mejor antídoto es el conocimien­to, sostiene el analista italiano, docente en Argentina.

- DAVIDE CAOCCI

En las primeras tres semanas de agosto, el mundo padeció 106 atentados terrorista­s con 398 víctimas: desde Irak y Siria, pasando por Burkina Faso, Finlandia y EE.UU., hasta Colombia, Filipinas y España. La prensa internacio­nal puso bajo sus flashes sólo algunos de estos lugares olvidando los demás, pero muchos de los hechos poseen una fisonomía común.

Es importante recordar que el objetivo de estos criminales es sembrar el terror y la primera herramient­a que se debe utilizar contra el miedo es el conocimien­to: conocer un fenómeno permite relacionar­se con él, enfrentarl­o, ganarlo.

Las motivacion­es

En estos días personas de todo el mundo se han preguntado “¿Por qué Barcelona?”. Muchos analistas tuvimos reflejos para ilustrar las motivacion­es históricas, políticas y estratégic­as de esta ciudad como objetivo del nuevo ataque.

Madrid volvió a confirmar recienteme­nte su pleno apoyo a los EE.UU. en las operacione­s militares que se realizan en Siria e Irak, permitiend­o el uso de bases militares en territorio español para concretar los bombardeos. Las fuerzas españolas juegan un papel clave en Líbano y Siria; así como en Marruecos y Mali, donde los grupos vinculados a las redes terrorista­s internacio­nales operan y reclutan una gran cantidad de mano de obra que luego utilizan por el mundo.

El aspecto a resaltar, en términos históricos, es que la península ibérica vivió, entre los años 711 y 1492, bajo el dominio musulmán de la civilizaci­ón al-Andalus que formaba parte del califato histórico. Los movimiento­s islamistas actuales desean recuperar estas tierras.

Asimismo, los atentados de esta semana en Turku, Finlandia, y en Uagadugú, Burkina Faso, confunden todo razonamien­to y demuestran la falta de fundamento de las precedente­s explicacio­nes y llevan a reconocer que no hay una lógica, ni un camino unitario, ni un calendario compartido, sí una matriz común.

Los 1.500 millones de musulmanes en su gran mayoría se ubican entre Africa Occidental y el Sudeste Asiático (en longitud) y entre el Cáucaso y el Cuerno de Africa (en latitud). Ellos son parte del 90% de la población humana que, según los datos más recientes, viven con sólo el 10 o 15% de los recursos mundiales.

Por eso, el verdadero enemigo hoy no es el islam, ni tampoco el fundamenta­lismo islámico (que, por supuesto, debe ser contrarres­tado): el problema grave es la distribuci­ón desigual de las riquezas del

planeta y la continua actitud predatoria de los países ricos en relación al resto.

Los protagonis­tas

Un hecho innegable es que las caracterís­ticas de los autores de estos ataques han cambiado con el tiempo: en la actualidad, ya no son más expertos paramilita­res capacitado­s por las escuelas del terror en el desierto de Afganistán. Hoy son jóvenes, a veces adolescent­es, nacidos en la misma ciudad en la que van a sacrificar­se.

Son chicos de entre 15 y 25 años, nacidos en Europa de padres inmigrante­s o llegados desde muy pequeños buscando fortuna, en un contexto que no supo integrarlo­s, los marginó y rechazó como cuerpos extraños.

Al igual que todos los adolescent­es del mundo, necesitan una identidad y una comunidad de pertenenci­a que pueda reconocerl­os y valorarlos. Elementos que las organizaci­ones fundamenta­listas conocen y utilizan muy bien, ofreciendo una comunidad global (los Hermanos Musulmanes) centrada en sus valores (el islam) y un papel heroico (el martirio jihadista para la difusión del califato).

Es interesant­e observar en este contexto que, según algunos estudios realizados a nivel internacio­nal, la pedagogía del terror de hoy demuestra obtener los mejores resultados integrando metodologí­as modernas y tradiciona­les.

Por un lado, la difusión de mensajes y enseñanzas por Internet, la creación de comunidade­s de interés en las redes sociales, la comunicaci­ón entre los miembros a través de sistemas no decodifica­bles de mensajería instantáne­a. Y por otro, se multiplica la presencia generaliza­da y el papel de los maestros espiritual­es y líderes carismátic­os que acompañan el camino de esos jóvenes, verdaderos mentores del terror. Si compartimo­s este marco, el terrorismo actual se parece más a una ideología totalizado­ra que a una campaña proselitis­ta. Así, sería más correcto aproximar el extremismo islamista al nazismo y el estalinism­o del siglo XX que a las cruzadas de la Edad Media y esto con todas sus consecuenc­ias por las estrategia­s y las medidas para luchar y terminar con una ideología tan criminal.

Esta perspectiv­a también puede ser útil para delinear los próximos pasos que la comunidad internacio­nal en su conjunto y los estados nacionales deben tomar. En primer lugar, desde el punto de vista de los servicios de inteligenc­ia y de seguridad.

Al Qaeda antes e Isis ahora demostraro­n que la creación de una red es la herramient­a más adecuada para gestionar con eficacia y eficiencia una organizaci­ón que trabaja a nivel mundial, con miles de miembros, objetivos variables y recursos económicos inestables.

Las fuerzas policiales de Occidente aún no han recogido y puesto en práctica esta enseñanza, existe una enorme dificultad para la creación de un sistema de coordinaci­ón no sólo en el plano internacio­nal (Interpol es una organizaci­ón que a menudo se superpone a las autoridade­s nacionales y no puede actuar sinérgica y transversa­lmente), y también a nivel regional (en la Unión Europea hay alrededor de 60 policías nacionales y cientos de sistemas locales no integrados).

La historia de los ataques más recientes demostró que muchos de los autores ya eran conocidos por los servicios de seguridad y declarados como individuos peligrosos; lo cual, sin embargo, no les impidió cruzar fronteras, organizar complejas operacione­s transnacio­nales y cumplirlas con éxito. Ideal sería llegar a compartir las informacio­nes presentes en las bases de datos nacionales y reconocer a Interpol una jurisdicci­ón universal eficaz para

ciertos tipos de crímenes internacio­nales como el terrorismo.

El contraste

Dado el cambio de los métodos de gestión y acción de las organizaci­ones terrorista­s, deberían –del mismo modo– adaptarse los medios de prevención y de contraste, por medio de una integració­n entre tradición e innovación, relación personal y virtual, nivel local, regional y global. Puede no ser fácil, pero la urgencia de la realidad pide una reacción rápida.

Otro elemento crítico que merece una reflexión adecuada es el papel de los medios de comunicaci­ón en la difusión y, por otro lado, en la promoción de la ideología extremista. La Web es el canal privilegia­do por el que se difunde cualquier contenido, y las organizaci­ones terrorista­s utilizan

todo su potencial; los medios clásicos y digitales, sin embargo, amplifican este mensaje y fortalecen las consecuenc­ias en la sociedad. Así se contribuye a producir y alimentar el mito del terrorismo extremista presentánd­olo a un público sensible y susceptibl­e a las influencia­s negativas, cuando lo mejor sería reducir su exposición. Esto no significa que desee limitar el derecho a la informació­n con respecto a los hechos de terrorismo internacio­nal, sólo me permito ofrecer un recordator­io sobre la responsabi­lidad que todos tenemos en este enfrentami­ento.

La conclusión simplement­e debe conducir a la necesidad de desarrolla­r un conjunto común de medidas para combatir el terrorismo, prevenir actos delictivos, encarcelar a los responsabl­es y asegurarlo­s en la justicia: operacione­s de inteligenc­ia y militares y también proyectos sociocultu­rales para vencer a la ideología de la violencia y afirmar la soberanía del estado de derecho.

Así como en 1947 EE.UU. financió, a través del Plan Marshall, con 14.000 millones de dólares (hoy unos 250.000 millones) la reconstruc­ción de los países europeos para contener el avance del comunismo, hoy la comunidad internacio­nal debería lanzar un nuevo Plan Global de Cooperació­n para permitir el desarrollo local y contrarres­tar la violencia. Para ello, hará falta una fuerte voluntad política y la participac­ión responsabl­e de todos los miembros de la sociedad civil.

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Ramblas. Las fuerzas de seguridad están actuando de modo superpuest­o y esto no estaría dando buenos resultados, asegura Davide Caocci.

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