Revista Ñ

Trayectori­a de unos ojos

En los versos de Santiago Kovadloff, la luz y el silencio ofrecen un refugio momentáneo. Pero el desconcier­to ante la propia existencia no deja de producir pequeños raptos de celebració­n.

- ILUSTRACIO­N: DANIEL ROLDA

Lo extraño

Días y días de cielos detenidos, ásperos, cerrados.

En ellos las cosas, desveladas, pierden inocencia.

Algo las arranca a su vieja mansedumbr­e; algo las hiere, las agita en estos días y como bestias lastimadas se contraen bajo estos cielos de ciénaga y de piedra.

Todo parece temer por su suerte. Masas, jarras, plantas, platos, camafeos que abandonan su reposo y buscan el amparo que ya nada les brinda. Ni siquiera tus ojos que hasta ayer a todo daban sustento y hoy se pierden desolados en esa intemperie donde nada es familiar.

En horas así, hasta los espejos se apagan. Ya nadie los busca y solos en los cuartos no reflejan, no revelan.

Ni un solo resplandor los toca.

Regreso a casa

A punto de prender una luz en mi cuarto, la hermosa penumbra me detuvo. Vi entonces un pálido fulgor sobre la cama vacía y, en la pared, el día y la noche buscándose y rehuyéndos­e mientras un vago resplandor de esa hora final se demoraba en la página abierta de un libro.

Esa poca luz de la tarde vencida infundía al cuarto una paz desconocid­a y presencia a cada cosa y una voz que yo no sospechaba, que no podía sospechar, sumido como andaba en tanta ausencia, lejos de lo vivo y creyendo que era luz lo que en el cuarto no había.

Figura en un restorán

Un hombre ausente se deja ver en medio del bullicio. Entregado a su silencio, los ojos fijos en un punto difuso, parece naufragar en un océano de días.

Las manos unidas dan sustento a su mentón de hombre evadido.

Nada en torno suyo sino estruendo desoído y, en él, palabras muertas, ahogadas por la sombra que interroga y lo ata a su silencio.

Algo alienta, aún así, su inmersión en lo impreciso. Ya no fluye, es evidente, el sueño que hasta ayer lo sostenía y el vacío en que se hunde lo subyuga.

Otra verdad, cuando despierte, hará de él un hombre más.

Beberá, partirá el pan.

Ahora, ausente como está, es inconfundi­ble, abierta su memoria a lo perdido.

Retrato del abuelo Samuel

Ya no apremian los días.

No tengo propósitos.

Paso las horas sin buscar refugio en nada.

Por las tardes, la radio me acompaña y siempre algo menor me ocupa.

Una ventana a veces convoca a mis ojos sin rumbo. O paredes que fueron blancas, una voz de nadie, cielos sin sueños.

Me gusta el té, estar abrigado y sé que pronto moriré.

No hay explicació­n. Hay muchos años. Nadie, entre los míos, supo decir qué nos aguardaba.

Hoy me basta ser y los días sucesivos. Y si alguien me pregunta cómo estoy, es tan poco lo que sé que prefiero callar y sonreír. Y entonces me doy cuenta que estar entre los vivos va dejando de ser una costumbre.

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