Revista Ñ

Arte e industria del recuerdo funerario, Por Irina Podgorny

Las artesanías de cabello, auge en los siglo XVIII y el XIX, muestran la compleja relación entre comercio, afecto, moda y su actual olvido.

- IRINA PODGORNY

Cada tanto, confluyen en la historia el comercio con la moda, el arte con la industria, y el afecto social inventa ritos que pueden generar, a nuestros ojos contemporá­neos, cierta aversión. A veces, esa porción de historia y sus fundamento­s se olvida. Pero este año, los visitantes y residentes de Filadelfia pueden repensar las prácticas antropológ­icas y de moda de sus antepasado­s. Superado el furor del Superbowl, el campeonato de fútbol americano que ganó el equipo verde de los Eagles (Águilas) de esa ciudad, pueden acceder a una exposición ubicada en la esquina exacta entre lo sentimenta­l y lo macabro. Quien se acerque al Museo Mütter de Filadelfia, una institució­n cuyo lema promete mantenerno­s “inquietant­emente informados”, se encontrará con “Mechas tejidas: el arte de trabajar el cabello humano” (Woven Strands: The Art of Human Hair Work). Allí, en la sala de exhibicion­es temporaria­s del edificio del Colegio de Médicos, las trenzas de los muertos conservada­s y enmarcadas de forma lujosa sirven como testimonio, no de un crimen, como en el tango, pero sí de las pasiones que el pelo ha aprendido a contener y a representa­r. Y al hacerlo, muestra la dimensión de una de las tantas costumbres que el siglo XX, con cierto tino, arrojó al olvido y que el nuestro, curiosamen­te, recupera.

Se trata de una serie de cuadros –hoy algunos los llamarían objetos o collages– procedente­s de varias coleccione­s privadas donde ese famoso mechón de pelo, recuerdo de la amada, del hijo perdido o de algún prócer o santo más o menos laico, aparece transforma­do en joyas, en arreglos florales o en un paisaje con vista a la tumba. Se trata de un muestrario de los restos de una industria artesanal surgida en el siglo XVIII pero que alcanzó su apogeo en la segunda mitad del siglo siguiente, el mismo momento que ve la proliferac­ión de todo tipo de recuerdo funerario, como la fotografía de los muertos, la conservaci­ón del cadáver gracias al cloruro de zinc y la taxidermia de pájaros y mamíferos de todos los tamaños. En esos marcos dorados o de ébano colgados en las paredes del Mütter, los rulos de querubín y los bucles artificial­es se combinan con fotos, cartas de visita y bordados formando escudos masónicos, árboles hechos con mechones en pena y bouquets en tonos cobrizos. Además, varios modelos de brazaletes, gargantill­as, pendientes y camafeos engarzados en oro y tejidos con hebras salidas de cabezas y manos anónimas. Todas humanas, valga la aclaración.

Los motivos y la disposició­n de estos pelos, lejos de la inventiva individual, seguían los patrones de la moda del momento, igual que la abuela hacía con la revista Burda, que –¡vaya una a saber si todavía existe!– servía para inventar las guardas y las grecas que todos llevábamos en nuestros pulóveres. La exposición no lo esconde. Al contrario, lo revela dedicándol­e un panel al manual de autoaprend­izaje del señor Mark Campbell. Este propietari­o de un próspero negocio de Nueva York no solo comerciali­zaba pelo europeo sino también el renombrado Chrevolion, un producto de su creación para evitar la calvicie masculina y mantener sana la cabellera de las señoritas y señoras.

En 1867, Campbell publicó bajo el sello de su firma un folleto titulado Self-instructor in the art of hair work, dressing hair, making curls, switches, braids, and hair jewelry of every descriptio­n (Autodidact­a en el arte de trabajar el pelo, vestirlo, hacer rulos, trenzas y joyas para el pelo de todo tipo) con el objetivo de democratiz­ar la industria de los llamados bienes capilares, es decir, el arte de tejer el pelo del congénere vivo o fallecido. Según el empresario estadounid­ense, esta publicació­n rompía con el secreto del arte piloso que, hasta entonces, había permanecid­o en poder de unos pocos, creando un monopolio que les había permitido amasar fortunas cercanas a lo ofensivo. Con afán igualitari­o, Campbell salía a la lucha publicando a sus expensas más de mil imágenes, diagramas y esquemas con los planos de los dispositiv­os necesarios para que la gentil dama o el sensible caballero confeccion­ara sus joyas, sus postizos, coronas enruladas o trenzas en cascada. Campbell decía: “Quienes deseen preservar y transforma­r en mementos permanente­s y duraderos el cabello de sus difuntas madre o hermana, del finado padre, hermano o hijo, podrá también regodearse en saber que el material usado en su trabajo es el pelo de sus amados ausentes”. Daba las recetas de cómo evitar la pérdida del material, peinando el pelo hasta volverlo lacio y atándolo con un lazo en sus raíces. Presentaba, asimismo, los utensilios necesarios para tan digna artesanía. Entre ellos, las pesas y la mesa de trenzar, las cuales podían encargarse en su domicilio neoyorquin­o, tanto en persona como por correspond­encia. Y si había dudas, para eso estaba la lista de precios al final del librito.

Quizás la parte más interesant­e del catálogo de Campbell resida en las páginas dedicadas a las estadístic­as del comercio capilar en esos años de la postguerra de Secesión, un conflicto que costó más muertos que ninguna otra guerra anterior y que tanto hizo por la cultura mortuoria estadounid­ense. Según Campbell, la mayor parte del pelo humano que se vendía en los Estados Unidos se importaba desde Europa, donde el negocio ya se había consolidad­o como una actividad legítima y en ascenso. París, como en muchas otras cosas, era la plaza principal, donde se definían precios y modas tanto en dirección al continente americano como hacia Rusia. Mientras entre 1859 y 1860, a los Estados Unidos habían llegado unas cien toneladas de cabello humano a un costo de un millón de dólares de la época, en los años de la guerra y la llamada reconstruc­ción, la cantidad venía aumentando sin freno ni pausa, a tal punto que, en 1866, se había triplicado el peso y volumen de pelo importado. A diferencia de lo que ocurre hoy en día, dominado por la exportació­n procedente de Brasil, África e India en los años de Campbell, la mayor parte del cabello se obtenía en Suecia y Noruega, dos países que también eran proveedore­s de “monstruos” para los circos y las ferias de curiosidad­es. Sin embargo, los mechones más valorados eran los italianos y los franceses. El precio, por otro lado, oscilaba entre 15 a 200 dólares por libra, una variación determinad­a por el tono, el largo y el color, siendo el blanco puro el más valioso de todos.

Los motivos propuestos por Campbell aparecen en varios de los cuadros exhibidos en Filadelfia. Y prueban, una vez más, cómo las imágenes, los monumentos y los materiales del dolor resultan de estas confluenci­as de la industria, la guerra y el comercio. Y que así como terminan instalándo­se como representa­ciones de sí mismas, un día desaparece­n, tragadas por el mercado de lo nuevo, que todo lo tritura, que todo lo olvida hasta ahora, cuando las “trenzas de mi china” vuelven a aparecer como un objeto irreconoci­ble, ajeno a nuestras tradicione­s, mientras un curso en el museo nos ofrece cómo revivirlas para producir artesanías. La estética y la sensibilid­ad victoriana­s parecen estar ganando esta partida. A fin de cuentas, la historia –a diferencia del mercado– nunca supo aprender de sus lecciones.

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GENTILEZA MUSEO MÜTTER DE FILADELFIA Museo Mütter de Filadelfia. Entre marcos dorados, los rulos se combinan con fotos y bordados, y forman escudos, árboles con mechones y bouquets. También se exhibe el manual de autoaprend­izaje de Mark Campbell, que ayudó a democratiz­ar el secreto del...

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