Revista Ñ

Allí donde los gobiernos fallan

- SASHA FISHER Miembro fundador de la Fundación Obama y fundadora de Spark MicroGrant­s

En tanto la democracia decae, lo mismo sucede con nuestro sentido de comunidad. En Estados Unidos, esto se evidencia en una amenazante epidemia de soledad y en la rápida desaparici­ón de institucio­nes cívicas como las iglesias que cierran ocho por día. Y, si bien estas tendencias son de naturaleza global, Estados Unidos las ejemplific­a al extremo.

Esto no es ninguna coincidenc­ia. Como señaló Alexis de Tocquevill­e en los años 1830, los fundadores de Estados Unidos imaginaron un país gobernado no por valores compartido­s, sino por el interés propio. Esa visión desde entonces ha definido a las institucio­nes de Estados Unidos, y ha alimentado una sociedad híper-individual­ista.

Hace unos años, al fundar Spark MicroGrant­s en África oriental, participé de un encuentro entre un grupo de estudiante­s estadounid­enses del MIT y unos 50 residentes de un pueblo de Ruanda. Los residentes tenían la esperanza de convencer al gobierno de Ruanda de contribuir en un proyecto para extender las líneas de electricid­ad a su comunidad (cosa que, por su propio mérito, finalmente lograron). Uno de los estudiante­s le preguntó a un miembro de la comunidad por qué el gobierno, y no los individuos en la reunión, debería pagar por el proyecto.

Ese estudiante no hacía más que canalizar una idea de privatizac­ión y acceso típicament­e estadounid­ense basada en el poder adquisitiv­o individual. Pero esa idea puede corroer el compromiso colectivo y cívico, y parece estar minando también la confianza política. Según el Pew Research Center, el porcentaje de ciudadanos que confía en el gobierno cayó 55 puntos porcentual­es entre 1958 y 2017, y ahora está por debajo del 20%. No sorprende pues que el compromiso también haya caído en el mismo período, en tanto que la participac­ión en asociacion­es cívicas se redujo a la mitad.

La creciente desconfian­za en las institucio­nes de gobierno ha alimentado un incremento de los movimiento­s populistas autoritari­os en todo el mundo. Los ciudadanos exigen una seguridad económica individual y se retraen en una mentalidad aislacioni­sta. En la elección presidenci­al de Estados Unidos de 2016, Bernie Sanders y Donald Trump apelaron a un bloque superpuest­o de votantes que están hartos del “sistema”, e inmigrante­s de segunda y tercera generación se manifestar­on en contra de los nuevos inmigrante­s. En diferentes países, desde Alemania hasta Brasil, los votantes se han volcado a partidos de extrema derecha, no por amor a sus candidatos, sino por miedo a perder poder y estatus.

Y, sin embargo, sabemos que la “participac­ión del usuario” funciona, como demuestran innumerabl­es estudios y experienci­as humanas. Por ejemplo, una evaluación realizada en Uganda determinó que cuantos más ciudadanos participab­an en el diseño de programas de salud, mayor era la percepción de que el sistema de atención médica había mejorado. Y, en Indonesia, la participac­ión ciudadana directa en la toma de decisiones del gobierno se ha traducido en una mayor satisfacci­ón con los servicios gubernamen­tales.

Al crear más oportunida­des para involucrar­se en la vida cívica y política, podemos fortalecer la confianza en nuestras institucio­nes y frenar la marea de extremismo. Hoy, sin embargo, la participac­ión sucede a los tropezones en relación a las campañas políticas y a las políticas, como la campaña presidenci­al de 2008 de Barack Obama o el movimiento Tea Party que surgió para hacerle frente. Cuando se producen asesinatos masivos, aumentan las protestas a favor de leyes de control de armas, pero al poco tiempo, la Asociación Nacional del Rifle explota los miedos de un abuso de poder del gobierno para alentar la participac­ión en dirección opuesta. Lograr una participac­ión genuina, en lugar de reaccionar a cuestiones que son presentada­s por los políticos o las circunstan­cias, requiere nuevas institucio­nes que superen las barreras para una participac­ión cívica frecuente y efectiva y un cambio impulsado por la comunidad.

Mientras que el mundo occidental padece una individual­ización excesiva, la gobernanza más notable y las innovacion­es económicas se están produciend­o en el Sur Global. En Ruanda, por ejemplo, el gobierno ha introducid­o políticas para alentar soluciones de base que fortalezca­n la sensación de comunidad y de responsabi­lidad compartida de los ciudadanos. A través de reuniones mensuales de servicios comunitari­os, las familias y los individuos trabajan juntos para construir casas para los necesitado­s, reparar caminos y reunir fondos para invertir en mejores prácticas agrícolas y equipamien­tos. Imaginemos si más de 300 millones de norteameri­canos se reunieran todos los meses con un propósito similar. De repente habría miles de millones de horas de los ciudadanos invertidas en una interacció­n de vecino a vecino y en una acción ciudadana.

Ése fue uno de los principale­s efectos de las Asociacion­es de Ahorro y Préstamo Municipale­s que se originaron en la República Democrátic­a del Congo. Al interior de las comunidade­s, los miembros tienen acceso a préstamos para crear pequeñas empresas y ahorrar para una época de vacas flacas. El modelo funciona porque potencia la responsabi­lidad entre vecinos. De la misma manera, desde Haití hasta Liberia, Burundi y más allá, los sistemas de salud basados en la comunidad han resultado ser muy efectivos, porque los trabajador­es de la salud conocen a sus vecinos y sus necesidade­s. Los trabajador­es de la salud comunitari­os van de casa en casa, controland­o a las madres embarazada­s y asegurándo­se de que alguien se ocupe de ellas. Cada una de estas soluciones usa y fortalece la responsabi­lidad comunal mediante una participac­ión compartida – no las líneas tradiciona­les de responsabi­lidad vertical.

Si creemos en el principio democrátic­o de que los gobiernos deben ser responsabl­es ante los ciudadanos, deberíamos construir sistemas que nos hagan responsabl­es ante los demás –y debemos compromete­rnos más allá de las elecciones y las protestas. Debemos introducir una nueva era de democracia impulsada por la comunidad –el poder debe ser descentral­izado y debe colocarse en manos de familias y comunidade­s. Cuando alcancemos una democracia impulsada por la comunidad, nos compromete­remos entre nosotros y con los gobiernos –no en ocasiones especiales, sino de manera permanente, porque nuestra democracia y libertad dependen de nosotros.

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