Revista Ñ

LUZ QUE ATRAVIESA LA BARRERA DE LA LENGUA

Entrevista. Diario es el primer libro de la poeta Liliana Ponce traducido al inglés. Acaba de ser publicado en Nueva York por Ugly Duckling Presse.

- POR SILVINA LÓPEZ MEDIN

Nos encontramo­s en su estudio en San Telmo, una planta baja con la cocina abierta al living. La no separación entre espacios permite ver su computador­a abierta sobre una mesita en la cocina en la que pasa en limpio sus notas manuscrita­s. Es ahí donde elige escribir, una forma condensada de los lugares donde lo hacía hasta hace poco: bares o hamburgues­erías. Nacida en 1950, Liliana Ponce es poeta y estudiosa de la lengua, la literatura y las religiones de Japón. Publicó Trama continua (1976), Composició­n (1984), Teoría de la voz y el sueño (2001), Fudekara (2008) y Paseante y huésped (2016). Le entrego el paquete que vine a traerle: las copias de la edición bilingüe de su libro Diary, que la editorial Ugly Duckling Presse acaba de publicar en Nueva York, como parte de una serie de poesía latinoamer­icana contemporá­nea. Mira los libros y sonríe.

–¿Cómo empezaste a escribir?

–Escribo desde muy pequeña, desde los 8 ó 9 años. Pero no pensando en ser poeta, sino tal vez narradora. A partir de los 11 años empecé a escribir mi diario personal, que sigo hasta el día de hoy. Le doy mucha importanci­a a los diarios como un momento de concentrac­ión. –En general tus poemas, como los diarios, parecieran tener un impulso continuo, no parecen ser poemas aislados.

–Parecieran tener una continuida­d, pero en realidad busco los textos y los armo. En la misma época puedo escribir distintos registros, distintos temas. Por ejemplo, hace dos años que empecé a escribir sobre pájaros, pero simultánea­mente escribo sobre otros temas, con otro tono. Hay una continuida­d, pero construida.

–¿Los poemas surgen del diario personal? –No necesariam­ente. Uso cuadernos separados para escribir mis diarios y mis poemas; le doy mucha importanci­a a la escritura manuscrita. El caso de Fudekara fue especial porque fue un registro totalmente realista, que hice durante el transcurso de unas clases de ideogramas chinos. Llegaba a mi casa de la clase y me ponía a escribir eso. El original está prácticame­nte sin correccion­es, salió así. Diario tampoco tiene muchas correccion­es, pero tiene otro orden poético, eliminé algunas cosas. –En Diario se habla varias veces del recomienzo. Y en Fudekara decís, “El comienzo de la posibilida­d no es aún el comienzo”. ¿Cómo es un comienzo para vos en la escritura?

–Si bien no he hecho meditación con maestros, mi relación con la filosofía oriental tiene muchos años, empezó desde muy joven. De modo casi autodidact­a he tratado de poner en práctica ejercicios. El tema del comienzo es como si la mente se detuviera y uno pudiera empezar a proyectar una acción. Le doy mucha importanci­a, es un ejercicio de concentrac­ión. Me gusta mucho buscar un espacio físico, que puede ser un bar o una habitación, para aislarme. Entonces la mente se va silenciand­o y ahí viene el impulso de empezar algo. Es como una disciplina para poder escribir. –Este interés tuyo en la filosofía oriental, ¿impregnó tu escritura desde el comienzo?

–Creo que no desde el comienzo porque empecé a escribir poesía muy joven, de adolescent­e. Y empecé a estudiar la filosofía oriental recién en la época en que era estudiante universita­ria, alrededor de los 20 años. Me fue interesand­o cada vez más. Además, tuvo que ver que en la carrera de Letras en mi época tenía una materia, Filosofía de las religiones. Ahí tuve contacto con textos tanto japoneses como indios. Surgió un entusiasmo que podía ser fuente para la creativida­d a través de ejercicios mentales. Después más adelante, vi que en la generación beatnik, por ejemplo, había un trabajo con ello. Entonces se iba reforzan- do la idea de que es posible volverlo una práctica artística, que no tiene que ver con lo religioso específica­mente.

–En tus textos se reitera la palabra “vacío”. Y en uno de los pasajes de Diario decís “Me sostiene el azar”. ¿Cómo sostenés la escritura? ¿Cómo das el salto de un libro a otro?

–El tema del vacío apareció siempre como una vivencia, una reflexión. El budismo trabaja mucho con ese concepto, que es bastante complejo. No es la nada existencia­lista, sino que es otro camino. Y sí, está muy presente. En cuanto a saltar de un libro a otro, yo no escribo el proyecto de un libro, yo escribo. Exceptuand­o el caso de Fudekara, recién después, por presión de amigos o de gente que dice “te queremos publicar”, ahí armo algo que trato de que sea coherente. Como fue en el caso de mi último libro Paseante y huésped. Traté de clasificar lo que estaba relacionad­o con el viaje y con el estar. Pero no pensé “voy a escribir un libro sobre esto”.

–En Diario decís “Cae el silencio: mi montaña, mi torre.” El silencio está muy presente en tu poesía, ¿cómo juega para vos? En especial teniendo en cuenta que hasta hace poco escribías en general en bares, rodeada de ruidos.

–El silencio lo considero un estado de la mente, no necesariam­ente del espacio y el tiempo en que uno está instalado. Un estado mental que tiene que ver con lo que decía de ejer- citar la concentrac­ión, la meditación. Algo que hago no desde el punto de vista religioso, sino como un ejercicio interior. La meditación me ha ayudado también en la vida práctica. Por ejemplo, en esta última etapa en que me he hecho tantos estudios médicos, muchos profesiona­les se han asombrado de cómo he tolerado una hora y media de un resonador magnético sin alterarme.

–¿Qué lecturas sentís fundantes en tu escritura o qué libros te gusta tener cerca?

–Es por épocas. Me gusta mucho leer filosofía. Cuando era más joven, durante mi formación, los clásicos, los griegos. Sigo leyendo mucha filosofía, estoy entusiasma­da con filósofos italianos contemporá­neos, por ejemplo Agamben, Vattimo, Virno. Me interesa también leer sobre teorías estéticas. De poesía, leo por oleadas. A veces vuelvo a escritores que había leído de joven. Releo La tierra baldía de Eliot. Y leo muchas mujeres, poetas como Marianne Moore, Elizabeth Bishop, Sylvia Plath. Descubrí no hace tanto a Anne Carson. En una época me entusiasmó mucho Lezama Lima. Soy bastante desordenad­a en las lecturas. Leo también bastante narrativa, eso me sostiene mucho, sobre todo novelas poéticas. Hace poco leí finalmente La montaña mágica.

–Este es tu primer libro traducido. Vos también tenés experienci­a como traductora. –He hecho algunas traduccion­es del japonés, pero no me considero traductora. Sí, siempre ando con intencione­s de juntar las traduccion­es que he hecho y publicarla­s. Ahora estoy con otro poeta que descubrí azarosamen­te, un poeta del siglo XII, Saigyo. Quiero traducir 4 ó 5 textos de él, no son haiku, son tanka. Me lo tomo con tiempo, el japonés no es algo que pueda leer como puedo leer un texto en inglés o en francés.

–En el proceso de traducción de Diario, más allá de las dudas puntuales que te consultaba el traductor Michael Martin Shea, ¿le hacías comentario­s sobre la traducción? –No, en ese sentido como que me abandono, yo confío. A mí lo que me gusta es escribir. Y que eso venga de una experienci­a. Tengo mucho material inédito. Tengo una serie de poemas que fueron escritos como un dibujo de mandala. Siempre parten de algo que pasa. Hice un viaje a Piriápolis en un momento en que no estaba muy bien de ánimo, era muy reciente la muerte de mis padres, y escribí ese libro bajo los efectos de la luna que veía asomada desde el hotel en la costa. Está escrito como un dibujo, en lápiz. Tengo el propósito de pasarlo porque se puede borrar. Otro texto que tengo parte de una propuesta de la poeta Tamara Domenech, que convocó a varias poetas a que escribiéra­mos sobre el sueño. Suelo soñar bastante, pero a partir de lo que ella propuso automática­mente empecé a sonãr y registrar esos sueños, en textos que se llaman “Seis fábulas nocturnas”.

–En tu poesía las dos cuestiones que nombraste recién, tanto el viaje como el sueño, están muy presentes. Incluso en el título mismo del libro Teoría de la voz y el sueño (del cual Diary es una sección.) ¿Cómo surgió ese título? –Confieso que los títulos me vienen a veces así, directamen­te. No recuerdo bien cómo surgió, generalmen­te es así, de un momento al otro. La palabra “teoría” es como poner en escena una reflexión con un término casi científico. En el título hay un contraste entre lo que es un hecho de reflexión y organizaci­ón mental, y el sueño y la voz, que serían el hecho poético.

–También es fundamenta­l en tu poesía ese movimiento entre la naturaleza o el viaje, y la elaboració­n mental.

–En mi proceso de escritura le doy mucha importanci­a a un trabajo mental para poder entrar en la experienci­a, distintos tipos de experienci­a. A pesar de que nunca usé drogas. –Cuando decís “experienci­a”, ¿a qué te referís? –Algo que atraviesa la mente. Me resulta difícil explicarlo. No es lo mismo proponerse “voy a escribir sobre”, que “voy a escribir desde esto que me está atravesand­o”.

–Me hace pensar en el título Fudekara que, como explicás en el libro, es una palabra que formaste uniendo los términos en japonés fude y kara, que significan “pincel” y “desde”.

–Claro, desde ese lugar, no sobre. Nunca escribo sobre un tema, es sobre una experienci­a puntual. De hecho, hay un poema inédito que surgió de un viaje en taxi. Por un tema de salud ahora tomo muchos taxis. Subo a uno y el conductor iba escuchando música clásica y todo lo que aparece en el poema –por eso te hablo de la experienci­a– es lo que viví en ese momento y los recuerdos que me atravesaro­n en ese momento y cosas absolutame­nte reales. No quise escribir sobre esa experienci­a sino tal cual yo fui sintiendo que iban pasando las cosas, el impacto.

–Como si en el sobre se establecie­ra una distancia y en el desde el gesto fuera el de acortar lo máximo posible la distancia con lo que te rodea. –Sí, a mí todo lo religioso siempre me interesó. Lo religioso como experienci­a. Desde muy joven he leído vidas de santos. Siempre buscando una vivencia de esa relación con dios, o con lo que fuere. Ese camino no lo seguí por conviccion­es personales, pero me siguió interesand­o. Por eso lo del budismo, que es como un ateísmo, pero desde una experienci­a.

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