Revista Ñ

El escándalo de los cuerpos

Dirigida por Oscar Barney Finn. Juegos de amor y de guerra es un obra basada en un episodio que conmocionó a la Argentina de los años 40.

- POR GABRIEL TRIPODI

1942. Plena Segunda Guerra Mundial. El mundo era testigo de un horror inimaginab­le. El poder y los intereses de un puñado de naciones se llevarían cincuenta millones de vidas. La cartografí­a política, la historia, la condición humana, nunca volverían a ser las mismas. De este lado de la región, con el gobierno del general Ramón S. Castillo, la Argentina se mantenía en una posición neutral. Sin embargo, llevaba su propia guerra desde el comienzo de la llamada Década infame. El fraude electoral, la dependenci­a con Inglaterra y la sucesión de gobiernos conservado­res solo aumentarán el enriquecim­iento de las familias argentinas más poderosas y la exclusión de las mayorías.

Entre esas familias de nuestro país, la obra Juegos de amor y de guerra –escrita por Gonzalo Demaría, con dirección de Oscar Barney Finn– pone sobre escena una en particular, basada en hechos reales, que escandaliz­ó a la sociedad porteña de los años 40 con las orgías entre jóvenes cadetes del Colegio Militar y otros hombres, poniendo en tela de juicio el renombre de sus apellidos, según las convencion­es de la época. A partir de ahí, los actos y decisiones se tildarán de heroicos en nombre del amor, la patria, el linaje, la victoria. Pero ¿cuáles son los límites? ¿Cuál es la responsabi­lidad con los otros? En el amor como en la guerra, ¿realmente vale todo?

Las citas se daban en Junín 1381. Allí, Manuel (Walter Bruno) –uno de los cadetes militares– conoció a una suerte de dragqueen extranjera que se hacía llamar Celeste Imperio. En uno de los encuentros, fue fotografia­do casi desnudo y luego chantajead­o. No obstante, el caso salió a la luz y hasta llegó a un tribunal de justicia. Por su parte, la madre elitista y desalmada de Manuel (Luisa Kuliok) intentará minimizar las consecuenc­ias de la opinión pública para salvar su buen nombre, incluso por medio de una cuestionab­le relación con el teniente y tutor de curso de Manuel (Diego Mariani) quien, además, es el prometido de su hija.

Con esta historia, la obra de Demaría también deja al descubiert­o varias aristas interesant­es: el rol del hombre y la mujer en un país que está a punto de cambiar con el devenir del peronismo; las tensiones entre lo público y lo privado, el poder del uniforme y la insignias militares en tanto creación de identidad y modos de ser; el binarismo de las clasificac­iones sexuales sin lugar a los matices complejos de los que la propia sociedad se construye; la manipulaci­ón de los discursos y la revictimiz­ación de las víctimas. Estas y otras cuestiones se cristaliza­n en todas las escenas. Sobre todo, cuando llega el interrogat­orio a Celeste Imperio a quien acusan de espía ruso: uno de los momentos más deslumbran­tes en el que cada acción, gesto y palabra se configuran en un juego de miradas, recordando el espíritu reflexivo de Las meninas de Velázquez. En ese instante, el público se vuelve en la posición del tribunal que juzga, y el espectácul­o de la superposic­ión de figuras y los textos no dichos brillan tanto como las luces mismas.

Con una Luisa Kuliok que se destaca en cada momento, Barney Finn logra una puesta extraordin­aria en la que se invita al espectador a cuestionar cuáles son los peligros del deber ser, de montar apariencia­s, de las imposturas de una sociedad que idealiza, produce y destruye, de acuerdo con lo que otros esperan de nosotros. Quizá también, desde la distancia temporal de la obra, quede el regocijo de saber cuánto hemos evoluciona­do. O, en todo caso, de qué queremos alejarnos.

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Actúan Walter Bruno, Sebastian Dartayete, Sebastián Holz, Luisa Kuliok y Diego Mariani

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