Revista Ñ

GINSBERG, UN POETA QUE AÚLLA DESDE EL PATIO DE ATRÁS

Antología. Un pequeño muestrario de la obra del emblemátic­o beatnik, que sigue resonando en el presente.

- POR MARIO NOSOTTI

Nacido en Paterson, New Jersey, donde conoció a Wiliams Carlos William –quien en varios sentidos fue su maestro– Allen Ginsberg creció como un judío ateo e izquierdis­ta pasando una juventud llena de privacione­s, llevando a Naomi, su madre, de sanatorio en sanatorio. En 1956 escribe en San Francisco un poema fenomenal, Howl, un sacudón al conformism­o de parte de la sociedad en los años de Eisenhower, el lado B del bienestar de los Estados Unidos de posguerra.

“Estaba siempre a punto de irse a alguna parte –cuenta Williams–, no parecía importar dónde. Me preocupaba, nunca pensé que fuera a vivir para crecer y escribir un libro de poemas”.

Furia, deseo, llamado a despertar, Ginsberg es el autor de lo que podría sintetizar­se como una extensa carta a América, la misma carta ardiente y visionaria desplegada por Whitman (“escribo poesía porque Walt Whitman le otorgó permiso al mundo para que hablara con candor”) pero que ahora da cuenta de un sitio devastado, tuerto, que lleva con nostalgia el peso de la vida, a sabiendas de que “el peso de la vida es amor”.

En los poemas de Ginsberg entra todo, la política, el sexo, la opresión, la prensa, la radiación, los paisajes urbanos, los suburbios en donde la ciudad termina, pero siempre hay un foco en el hombre individual, ese que aún vapuleado, llevado de aquí para allá por un destino que no le pertenece, es capaz de gritar, de hacer saber que existe. Es desde esa intemperie, desde el patio de atrás de la civilizaci­ón industrial, que Ginsberg nos instiga a expresar nuestro deseo, retomando además la conciencia de que todos estamos en el mismo barco, y que ese solo hecho es suficiente para cantar la intensa gratitud de existir.

“¡El mundo es santo! ¡El alma es santa! ¡La piel es santa! ¡La nariz / es santa! ¡La lengua y la verga y la mano y el agujero del culo!/ ¡Todo es santo! ¡todo el mundo es santo! ¡todo lugar es santo! ¡todo día pertenece a la eternidad!”, escribe.

Desde el joven que enfrenta a la policía manifestan­do en contra de la guerra de Vietnam, el que canta la libertad sexual y se busca a sí mismo en el LSD, el que es clasificad­o de “riesgo a la seguridad del Estado” por el FBI, al que años después hace un voto de pobreza y enseña poesía y meditación budista en las montañas del Naropa Institute de Colora

do, Allen Ginsberg concibe el ejercicio de su arte como experiment­ación y actitud ante la vida.

Dicen que Ginsberg aprendió del negocio de la investigac­ión de mercado la forma en que se manipula el lenguaje de masas. Ese conocimien­to, esa inmersión en las formas en que el discurso de la publicidad, la política y los medios masivos infiltran a los individuos, es puesto en evidencia en su poesía con ironía impiadosa, como en ese poema en el que desmonta la lógica que rige las políticas del Banco Mundial.

“Te prestaremo­s dinero para aumentar tu producción /(…) “Páganos un interés anual, para tu propia seguridad / ajústate el cinturón, no pondremos objeciones” /“Recorta servicios sociales y la ayuda a los pobres”.

Mente mariposa, selección de poemas de algunos de los mejor libros de Ginsberg, traducidos por Gonzalo Scorza, demuestra que aún hoy, en un mundo tan distinto pero tan parecido, su voz liberadora e inclusiva nos sigue interpelan­do. La cuestión de la catástrofe ecológica, sin ir más lejos, expresada magistralm­ente en el poema “Lo que la marea devuelve en Vlissingen”, hecho con la enumeració­n de materiales que las olas arrastran a esa localidad de los Países Bajos: “Plástico y celofán, cartones de leche y envases de yogur,/bolsas de red azules y naranjas/ cáscaras, bolsas de papel, plumas y algas, palos y ladrillos. / Jugosas hojas verdes, ramas de pino, botellas de agua…”

Allen Ginsberg, el gran protagonis­ta de la renovación beatnik junto a su amigo Jack Kerouac, el que alguna vez dijo, “lo que realmente queremos, puede no ser tan imposible de lograr si empezamos por decirlo claramente”, murió en Nueva York en 1997, a la edad de 71 años.

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Caleta Olivia 60 págs.
$ 400
Trad. Gonzalo Scorza Caleta Olivia 60 págs. $ 400
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Mente mariposa Allen Ginsberg

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