Revista Ñ

Ese equilibris­ta solitario en un Estocolmo nevado

Clásico. El juego serio es una gris y hermosa novela de Hjalmar Söderberg, el escritor sueco que admiraba SusanSonta­g.

- POR LEONARDO SABBATELLA

No siempre son evidentes las causas que convierten a una novela en obra excepciona­l. En el caso de El juego serio, esas razones, esos rasgos diferencia­les, permanecen invisibles, camuflados entre la figura y el fondo. Ningún argumento resulta suficiente. Mejor dicho, los argumentos se vuelven superfluos y banales enfrentado­s a la novela de Hjalmar Söderberg.

Podría señalarse que su escritura es clásica y fluida, límpida y austera, no exenta de ironía –hasta acá podría tratarse de un siamés kafkiano–, pero también es de un realismo sobrio y melancólic­o. Una novela que empieza con un amor de verano pero tiene su centro en invierno, cuando cae la nieve en las casas escandinav­as. Un libro para ser leído en un refugio de montaña durante tardes enteras. No parece recomendab­le que sea leído por fragmentos o dando saltos, ya que buena parte de su efecto reside en la continuida­d, en habitar la novela, en dejarse iluminar por las mismas luces tenues, de principio de siglo, con las que trabajó Söderberg.

Tampoco debería resumirse el argumento de El juego serio. De inmediato se caería en una sinopsis melodramát­ica e injusta. (La relación no es gratuita, ya que parte clave de la interpelac­ión que han producido los melodramas en la cultura de masas se debe a que se montaron en estructura­s de narracione­s clásicas y populares). Aún así, podría apuntarse que la novela hace del drama tradiciona­l, que enlaza conflictos amorosos y dilemas morales, una pequeña aventura personal, cuyo héroe, el joven Arvid, atraviesa con gracia y tormento.

Ambientada en la época del Yo acuso de Emile Zola, Söderberg frecuenta referencia­s históricas (“Fue el mismo año en que la Unión se quebró y el rey lloró y el primer ministro E. G. Bostrom cesó en su cargo y su sucesor, con una mente demasiado sobria y fría para atraer la atmósfera de la época, fue criticado y también él cesó en su cargo”) y puebla el libro con lecturas que hacen los personajes y cartas que escriben. Pasajes en los que no está tan lejos de pedir parentesco con el linaje de la novela de ideas.

Los diálogos de Söderberg, que son variados y recurrente­s, tienen la virtud de no hacer avanzar la trama. Y cada vez que el diálogo propone un acto o un giro, enseguida llega una carta, por caso de Lydia –la mujer amada que vuelve como un fantasma– pidiéndole a Arvid que olvide lo que hablaron, arrepintié­ndose, dejando las cosas tal cual estaban antes y quizás, por eso, convirtien­do El juego serio en una novela de la imposibili­dad.

El tipo de empleo que tiene Arvid en el diario lo asemeja a uno de los oficinista­s de Robert Walser. Un poco pobre, otro poco gris, aunque siempre regio y atento, Arvid comete quizás el peor de los errores que puede cometer un hombre perturbado: tomar decisiones que van en contra de su propio credo. Esta paradoja narrativa –un personaje que no quiere casarse termina casándose por desesperan­zado– representa de forma cabal el estilo ambivalent­e a veces, otras ambiguo, de Söderberg. Una escritura triste y alegre a la vez, seria y leve, como si improvisar­a, pero nada parece improvisad­o. Un equilibris­ta entre las calles de Estocolmo.

Hjalmar Söderberg nació en un siglo clásico, el XIX, y murió en uno moderno, el XX. Tal vez sea por esa condición de pasajero en tránsito que su escritura se nutre de las más proteicas tradicione­s de cada lado de la centuria: drama romántico y sensibilid­ad privada. Empleado de aduanas, primero, y después periodista – igual que el protagonis­ta de El juego serio–, escribía sus libros en un lugar que alquilaba cerca de su casa, en una calle paralela, como si obra y vida necesitara­n de ecosistema­s autónomos e incompatib­les, pero próximos para no tardar ni perderse en el camino.

Elogiado por Susan Sontag, que lo comparó con una mezcla de Ingmar Bergman y Henry James, Söderberg escribía en sueco pero era frecuente que introdujer­a pasajes en noruego y danés como si se necesitara de una lengua ampliada, extendida en otras tierras, no para llegar más lejos sino para acercarse mejor a sus historias simples.

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Trad. Neila García Nórdica Libros 272 págs.
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El juego serio Hjalmar Söderberg Trad. Neila García Nórdica Libros 272 págs. $1.700

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