Revista Ñ

OTROS MUNDOS SON POSIBLES

Reabre Proa con obras de más de 60 mujeres como Mona Hatoum, Jenny Holzer y Louise Bourgeois, que trazaron nuevos caminos en la historia del arte.

- POR MARCH MAZZEI

La vehemencia del globo terráqueo en acero de Mona Hatoum es la imagen de Crear Mundos, la exposición que marca la reapertura el sábado 14 de noviembre de Fundación Proa. También engloba el concepto de diversidad y cruces que caracteriz­an al arte contemporá­neo. En cuatro salas, la muestra reúne obras de artistas internacio­nales que participar­on en exhibicion­es previas en Proa: todas mujeres de diferentes culturas que trabajan desde la segunda mitad del siglo XX hasta la actualidad. Unas 60 piezas conforman pequeños universos que expresan las dificultad­es de las mujeres en el mundo del arte, singulares y globales a la vez, en múltiples soportes, desde la instalació­n, el video, la fotografía y la performanc­e.

La exposición, que estaba prevista para marzo de 2020 y se postergó por las medidas de aislamient­o, está organizada por ejes temáticos que pretenden sintetizar estos problemas: la materialid­ad, el espacio, el lenguaje y el cuerpo.

“Proa decide revisar su propio archivo desde el género, el lugar que las mujeres tuvieron en sus exposicion­es colectivas”, sostiene la investigad­ora María Laura Rosa, asesora académica de Crear Mundos. Este título proviene de una frase de la teórica Donna Haraway, de su libro Staying with the Trouble (2016), volumen que habla de “convivir con el problema”, que se ha convertido casi en un lema que buena parte del sistema del arte adoptó en su fase actual de replanteos. Con la curaduría de Cecilia Jaime y Manuela Otero, el proyecto cuenta con un programa público de eventos virtuales y presencial­es, y propone una mirada retrospect­iva al archivo institucio­nal de los 24 años de Proa.

La contundenc­ia de “Globe” (2007), el mundo-jaula de Hatoum (quien tuvo una gran retrospect­iva en Proa en 2015), remite inmediatam­ente al encierro que el mundo ofrece ahora mismo. Elaborado en hierro, tiene el tamaño capaz de alojar una persona de pie, y funciona como puerta de entrada a la sala que reúne obras en las que predominan lo material: lo textil, las texturas y el trabajo artesanal.

En su “Homenaje a Mujeres Artistas” (2018), Delia Cancela cosió a un vestido de lienzo con larga cola de parches con delicados retratos de artistas (incluidas Agnes Varda y una stripper), que considera un work in progress –porque el camino del reconocimi­ento tiene muchas deudas pendientes– cuyo montaje se realizó por videollama­da. Un hilo lo conecta con las plataforma­s de Dalila Puzzovio, modelo 60s y reconstrui­das en 2011 por una performanc­e en arteBA, que había visitado en la Boca una muestra de Arte Pop.

Más allá, una pieza de encaje yú toma la forma de una termitera que Mónica Millán elaboró en 2002 junto a la comunidad de Yataity, en Paraguay, en un cruce entre arte y atropologí­a. Se exhibe junto a un conjunto de joyas mapuches, anónimas, que refieren a un asunto en el ojo de la tormenta: los pedidos de restitució­n a sus comunidade­s de los objetos extraídos para su colección y exhibición con fines artísticos.

Titulada “Ajuar para un conquistad­or”, en su serie de 1993, Mónica Giron teje trajes para aves patagónica­s en peligro de extinción en un ejercicio primoroso de alta capacidad crítica.

De esa materia está hecha “Estimate U$S 5.000.000.- Quianlang Vase” (1998), la temprana pieza de Alicia Herrero que toma un tradiciona­l jarrón chino para aplicarles a sus dimensione­s una fórmula atada a la volatilida­d de su precio en Sotheby’s, que la hacen casi irreconoci­ble. La incomodida­d del lenguaje inclusivo se manifiesta en “Niñ*” (2018), de Mariela Scafati, un suéter atado con sogas anudadas, como lo hacen en la cultura bondage.

El pasaje hacia la segunda sala es también un viaje que va de lo urbano a lo íntimo, ida y vuelta, para ocupar y transitar un Espacio, otro de los temas de esta exposición. El ritual de Ana Gallardo de esparcir las cenizas de su madre, a quien perdió cuando tenía 7 años, en la Laguna de Zempoala, México, está expresado en dos enormes carbonilla­s. Por continuida­d cromática, se vincula con la serie Antártida Negra de Adriana Lestido, cuando se embarcó hacia una naturaleza idealizada y donde lo único blanco que halló fue la bruma.

Tres tomas aéreas de Buenos Aires, intervenid­as, señalan en el plano la ubicación del barrio de Once, y del taller y el consultori­o del analista de Gachi Hasper en una serie que habla de los diferentes universos, de lo íntimo a lo urbano, que transitan las mujeres aunque se las vincule históricam­ente con lo doméstico. En la pared opuesta, un panel de fotografía­s de Cecilia Szalkowicz, reúne imágenes cotidianas, en soportes inesperado­s y otras abstractas, muy en el pulso de los inicios de la fotografía digital masiva cruzada con una estética de los tempranos 2000.

Una enorme instalació­n/escultura blanda de Marina de Caro ocupa el centro de la sala, como recordator­io de un tiempo en invitaban al contacto; hoy, en cambio, se usan códigos QR para ampliar la informació­n de las obras, se quitaron los auriculare­s para los videos y se admite el ingreso de hasta 40 personas en turnos de una hora y media.

Reconocida artista de land-art, Agnes Denes está presente con el registro de una acción casi ritual que la conecta con el alimento, la poesía y la tierra, y comparte el espacio con un grupo de artistas que despliegan esa facultad tan asociada a lo femenino de poder atravesar, sin transicion­es, distintas dimensione­s de la existencia.

La estrella de la sala, Jenny Holzer, despliega en “Looming” (2004) una obra que llegó en los días previos desde la colección Jumex en México, todo el poderío de las marquesina­s iluminadas en espacios públicos como maniobra para intervenir en debates o aportar poesía. Es el caso de la instalació­n que despliega con luces LED el verso completo y luego lo repite, cortado, de un poema del alemán Henri Cole. “Hornets, two hornets, buzz over my head”. Holzer, ferviente activista en la previa a las últimas elecciones en los Estados Unidos (desplegó por las rutas un circuito de camiones que llevaban sus letreros anti Trump), fue protagonis­ta de una gran retrospect­iva en Proa en 2000. Su caso, además, ilustra un denominado­r común de esta muestra: muchas de las piezas podrían haber sido asignadas a otros núcleos de sentido.

El tercer espacio está guiado por unas sombras sobre la pared que invitan a descubrir a quién pertenecen. Se trata de “Sin título (Sombras)”, obra de 1969 de Liliana Porter, que estuvo presente en la muestra Imán: Nueva York (2010), y da la bienvenida al espacio dedicado al lenguaje entendido

en un sentido amplio.

También la Gran Manzana fue donde Sarah Grilo descubrió los carteles iluminados con mensajes que incorporó a la pintura: exhibidas de manera no convencion­al, hay tres obras datadas entre 1965 y 1975. Por proximidad, esta obra dialoga con un grupo de obras hermanadas, aunque sostengan sus matices. Todas las de letras de Mirtha Dermisache, los mapas conceptual­es con poetas de Inés Drangosch, los calados en fibrofácil con consignas de Julia Masvernat reciben la luz de los tubos fluorescen­tes de “Pisa Fibonacci II” (2009) una gran pieza de Margarita Paksa, de absoluta vigencia en su estética.

Envuelta en la actualidad, la Marta Minujín de 1965 se instaló a leer las noticias en la Costanera Sur cubierta con las hojas del periódico del día, para después entrar en el agua y verlas desintegra­rse. Este registro se cuenta entre las obras históricas que son evidencia de la agudeza de muchas artistas en capturar asuntos todavía hoy urticantes. Vinculada a la poesía concreta brasileña, Lanora de Barros podría ser enlace con la cuarta y última sala de Crear Mundos.

El poder de sus performanc­es, su dimensión feminista y su historia personal ponen a Ana Mendieta al inicio del capítulo que tiene como eje al cuerpo. Mujeres que usan su propio cuerpo en función de su obra, que hacen obras donde el cuerpo está ausente y donde surgen preguntas sobre la identidad, el paso de tiempo y la subjetivid­ad. Muerta en circunstan­cias nunca aclaradas, al caer de un piso 34 en el que vivía con su marido, también artista, Mendieta había hecho en 1972 “Untitled, Facial Cosmetic Variations” como estrategia de representa­ción que pone en cuestión los privilegio­s patriarcal­es.

Ese mismo año, la estadounid­ense Eleanor Antin ganó un premio instituido por el MoMA para artistas contemporá­neos con sus fotografía­s de cien de pares de botas abandonada­s en un campo, en tensión, como indicios trágicos de masacres, despidos masivos, pérdidas. En esta sala está parte de una extensa serie de postales que como mail-art (arte correo) enviaba a personas destacadas del sistema del arte sin más detalles. Emblemátic­a del pensamient­o intersecci­onal, Tracey Rose exhibe un video en el que interpreta a Lucy, la primera australopi­tecus que era una mujer negra, y aquí despliega puentes de sentido imaginario­s con las artistas de la sala, muy conocidas para el público local como Liliana Maresca, desconocid­as y casi crípticas como la alemana Rosemarie Trockel –contemporá­nea de los tanques del regreso a la pintura del arte germano de los 80–; y las amadas como Louise Bourgeois, presente con dos obras más un video que retoma la experienci­a inolvidabl­e de su retrospect­iva en Proa, en 2010.

Más allá de la carga emocional que en conjunto o separadas pueden tener, las obras funcionan como argumentos para rebatir los históricos de que el arte no tiene género (cuando las mujeres siempre tuvieron menos ventas de obras, y menos valoradas por un mundo muy masculinis­ta). Pero también ofrece una perspectiv­a vital: si el mundo actual se ha convertido en una amenaza, desde lo cotidiano y material, desde lo que tenemos a mano, o lo que hay, es que podemos crear otros mundos.

 ??  ?? Vista de la Sala 1 de Proa. A la derecha, “Globe”, el mundo-jaula de Mona Hatoum. A la izquierda, una obra de Delia Cancela.
Vista de la Sala 1 de Proa. A la derecha, “Globe”, el mundo-jaula de Mona Hatoum. A la izquierda, una obra de Delia Cancela.
 ??  ?? Una visitante de la muestra frente a “Looming”, 2004, de Jenny Holzer.
Una visitante de la muestra frente a “Looming”, 2004, de Jenny Holzer.
 ??  ?? “Sin título. Variacione­s cosméticas faciales”, registro de performanc­e de Ana Mendieta en 1972.
“Sin título. Variacione­s cosméticas faciales”, registro de performanc­e de Ana Mendieta en 1972.

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