Revista Ñ

EN BUSCA DEL ALMA RUSA

Biografía. Apasionant­e galería de poetas, desde Marina Tsvietáeva y Anna Akhmátova a Alexander Blok y Boris Pasternak.

- POR LEONARDO SABBATELLA

Confesó que hablar con Pasternak era difícil. Nunca conoció a Akhmátova pero la retrató mejor que muchos. A Balmont lo calificó de poeta místico, publicista y rey pobre. A Maiakovski le criticó que no podía cruzar la calle sin llamar la atención y que en sus poemas intentaba ocultar la monotonía de su ritmo. Amaba los versos de Blok pero no los leía en cualquier momento, sino a la tarde. A Briusov lo llamó el comerciant­e ilustrado.

El secreto de Ilya Ehrenburg fue convertirs­e en lector para ser diferente a todos. Esa parece la gran enseñanza, solapada, como buen precursor de los servicios de inteligenc­ia soviéticos, que deja en Retratos de poetas rusos. Alguien para quien leer no es un mero acto verbal sino una toma de posición en la vida. Ehrenburg lee todo: las obras de sus contemporá­neos, las expresione­s de sus caras, sus comportami­entos, sus trabajos y sus problemas. Descubre que no puede –sería injusto– reducir esos poetas a sus pequeños libros. Se transforma en el lector de su generación y en ese gesto, en esa intervenci­ón, les saca una ventaja definitiva. Los conoce a todos, sabe todo de ellos. Parece decir, como sugiere en el prólogo Fulvio Franchi: “ellos son poetas, pero yo soy un poeta que escribe sobre poetas”.

Su proyecto procede en tres movimiento­s: fotografía del autor, breve ensayo biográfico y extracto de su obra. Su método ha sido a partes iguales cariño y rigor, crítica y coronamien­to, montaje y cronología. Un escritor que piensa “entre” materiales; entre foto y texto, poema y vida, vida y representa­ción, imagen e ideas. Su magia cinética reside, sobre todo, en los primeros dos movimiento­s: foto y texto. Los poemas se anexan como una prueba de superviven­cia.

Amigo de Picasso, Léger y Modiglini, parece haber aprendido de ellos que la imagen, para ser más fiel, más leal, necesita deformarse y expandirse. Sus retratos son a dos fotos. Una visual, figurativa, en plaga de granos blancos y negros, fotos posiblemen­te recortadas de un diario o una encicloped­ia, robadas de solapas de baja calidad. La otra es redactada, antagónica, con todo eso que captura y no captura la foto, ese fondo de sentido que arma un díptico desconcert­ante, tanto como esas fotos separadas por una milésima de segundo, pero que son radicalmen­te autónomas y distintas como si en el medio hubiera sucedido una vida entera. Ese movimiento mínimo pero crucial, ese desplazami­ento y empalme a lo Dziga Vertov, en ese espacio que se abre entre foto y texto es donde pastorea Ehrenburg.

El lector llega al texto ya condiciona­do, intimidado podría decirse, por la cara del poeta. Llega al retrato biográfico con informació­n encriptada. Ya sabe algo y a la vez no tiene nada en limpio. Ehrenburg usa ese efecto, ese campo que delimita la fotografía, casi una atmosfera, para escribir “sobre” la imagen. Leerlo puede traer el eco de El último bolcheviqu­e de Chris Marker.

La cara de un poeta puede revelar toda su obra. O arruinarla. Los que mejor supieron del efecto invasivo de un retrato son quienes han desertado de la vida pública (Pynchon y Salinger, por nombrar solo a dos escapistas de los flashes). Así, a menudo, Ehrenburg empieza escribiend­o sobre la foto ubicada en página par y, de pronto, texto y foto se espejan, dos formas de lo mismo pero inexactas, imposibles de homologar. Ehrenburg trabaja con dos originales.

Integrante de un grupo clandestin­o bolcheviqu­e, Ehrenburg distribuía ilegalment­e los diarios del partido y pronunciab­a discursos en fábricas y en cuarteles. Estuvo

cinco meses preso. Ruso, pero de Kiev (hoy ningún ucraniano se dejaría confundir), fue correspons­al durante la primera gran guerra. La suya parece una vida desde los márgenes, con un protagonis­mo periférico.

Retrató de modo horizontal a sus pares, mirando hacia los costados. No retrató a poetas estatales. Por momentos escribió como si esta brigada de poetas de fuego amigo (todos sin excepción inmigrante­s de la Rusia zarista en la nueva madre Rusia soviética) ya fueran leyendas. Parecía sospe

char que iban a caer jóvenes: Maiakovski se suicidó en 1930, Esenin en 1925, Tsvietáiev­a volvió del exilio y se suicidó, Blok murió de hambre y locura en 1921, la pista Akhmátova se pierde en el ostracismo oficial.

Ehrenburg produce un efecto misterioso y magnético. Habla con una distancia clásica y una cercanía testimonia­l. Un retratista que mezcla experienci­a y conocimien­to casi en un juego esotérico. Convertía en un fantasma simple y magnífico a cada poeta que tocaba.

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La excepciona­l poeta Anna Akhmátova.
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Añosluz Editora 180 págs.
Retratos de poetas rusos Ilya Ehrenburg Trad. Nikita Gusev Añosluz Editora 180 págs.

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