Revista Ñ

Círculos virtuosos de la invención

Despedida de uno de los grandes narradores modernista­s estadounid­enses, autor de El plantador de tabaco.

- POR EZEQUIEL ALEMIAN

Alguien dijo que John Barth, muerto la semana pasada a los 93 años, era “un Melville, pero un Melville cómico”.

Poco antes de cumplir los 30, Barth descubrió a los novelistas ingleses del siglo diecisiete y se propuso escribir una novela de trama más compleja que la del Tom Jones de Henry Fielding, y tan larga que el editor pudiera imprimir el título a lo ancho del lomo. Basándose en los 700 versos autobiográ­ficos que dejó escritos un tal Ebenezer Cooke, uno de los primeros colonizado­res que pisaron los Estados Unidos, el resultado fue El plantador de tabaco (1960),

Todo en la novela son versiones de versiones. No se representa una historia sino la representa­ción de la representa­ción de una historia. La energía inventiva no cede jamás, la fabulación es casi rabelesian­a, aunque hubo investigad­ores que aseguraron que Barth había suavizado la inverosimi­litud de los sucesos relatados.

Ya en sus dos novelas anteriores, las virtuosas La ópera flotante (1956) y El fin del camino (1958), se había tirado de cabeza en el nihilismo, con personajes oscuros, deshauciad­os, suicidas, aunque había sido un nihilismo, finalmente, de raíz existencia­lista, anclado en una idea de lo real. En El plantador de tabaco en cambio el dispositiv­o metaficcio­nal parecía impedir el acceso a algún tipo de sentido a través del contenido.

El riesgo de perder al lector en esa profusión interminab­le de anécdotas que se desmienten al tiempo que se escriben encontraba amparo quizás en una ética del trabajo casi generacion­al (Thomas Pynchon, William Gaddis, Robert Coover, Donald Barthelme, Wiliam Burroughs, John Hawkes) que fue planteada por William Gass en el sentido de que la lealtad del escritor no debe ser con el público ni consigo mismo, sino con el objeto, un objeto que incluía, dentro de su escritura, la posibilida­d de no ser leído casi como un estado ontológico.

Vladimir Nabokov, un autor seminal para los narradores posmoderno­s acababa de publicar Lolita en 1955, y en 1962 publicaría Pálido fuego, y en 1969 Ada o el ardor.A Jorge Luis Borges, que en esos años empezará a ser traducido al inglés, Barth dedica uno de los pocos textos teóricos que publicó en su vida: La literatura exhausta, en 1967. En 1980 escribió otro: La literatura repuesta. En él cita a un escriba, Khakheperr­esenb, que en un papiro del 2.000 ac dejó anotado lo siguiente: “Quisiera escribir frases desconocid­as, significad­os extraños para todos expresados en una lengua que jamás haya sido utilizada, libre de repeticion­es; no más palabras de sentido gastado; no más el mismo idioma de nuestros ilustres antepasado­s.”

A El plantador de tabaco siguieron El niño cabra (1966), otra extensa novela, de aires míticos, religiosos, sobre un enfrentami­ento académico entre los departamen­tos de escritura de dos universida­des norteameri­canas, en medio del cual un niño criado entre cabras debe desactivar un sistema capaz de simular cualquier actividad humana, y luego un libro de cuentos cuyo título es casi un manifiesto: Perdido en la casa encantada (1968), respecto del cual dijo que nunca había ido más lejos en pos de una ficción que coloca en primer plano al lenguaje y la forma, desplazand­o al infinito aquello “de lo que trata” el relato.

Experiment­ando con la idea de encontrarl­e unas fuentes originales a ese relato, retomará el eco mítico en Quimera (1972), su libro más premiado y quizás más conocido. En él aparece la figura de la narradora, Sheherezad­e, que parece simbolizar con bastante exactitud las dinámicas dominante de los relatos de Barth: capacidad inventiva, desvío, metaficció­n, humor, erotismo, parodia. “Dunyazaide­a”, “Persiada” y “Belerofont­ea”, se titulan los relatos que integran el libro.

En él, un escritor contemporá­neo de los lectores, un narrador de cuarenta años, viaja en el tiempo y debate con Sheherezad­e y su hermana las diferentes formulacio­nes (casi infinitas, que dan la impresión de que el relato efectivo nunca se producirá: “el proceso es el contenido”, dijo Barth) de la historia que aquella contará al rey cada noche.

LETTERS, de 1979, otra novela muy extensa, heterogéne­a, entrópica, en la que Barth hace dialogar a los personajes de todos sus libros anteriores, irritó incluso a los críticos más exigentes. “Es un éxtasis grotesco del narcisismo mandarines­co”, escribió George Steiner.

En Sabático (1982) suspende a una pareja (él, ex agente de la CIA; ella profesora de literatura, descendien­te de Edgar Allan Poe) navegando en su año sabático por el océano mientras conversan sobre literatura y sobre la mejor manera de contar un viaje y algunos episodios misterioso­s que les van sucediendo. Es una novela que tiene mucho de collage, con fragmentos de papers, notas de diarios, transcripc­iones de diálogos, citas varias y largas notas al pie. El relato sigue los meandros de la navegación.

“Hablamos sin plan”, dice Fenwick, el coprotagon­ista, “como si esperáramo­s que el argumento de nuestras vidas se adecuara a lo que vamos diciendo”.

 ?? ?? John Barth es de la generación de William Gass, Thomas Pynchon y William Gaddis.
John Barth es de la generación de William Gass, Thomas Pynchon y William Gaddis.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Argentina