Pro­ce­so Pe­nal de Río Ne­gro pa­ra to­dos: “100 de mor­ta­de­la”

Rio Negro - Opiniones - - DEBATES - Emi­li­ano Ga­lle­go*

El sá­ba­do Juan sa­lió con ami­gos. De vuel­ta a su ca­sa –a eso de las 7 de la mañana–, al pa­sar por una des­pen­sa la pan­za le hi­zo un rui­do...

Al otro la­do de la ciu­dad a esa ho­ra el fis­cal des­can­sa a pro­fun­di­dad de pe­ris­co­pio. Es de­cir, su­per­fi­cial­men­te, por­que es­tá de turno y la po­li­cía lo pue­de lla­mar en cual­quier momento.

Juan llega a su ca­sa, co­me al­go y duer­me. A las 11 lo des­pier­ta un rui­do fuer­te. Abre un ojo y ve a un po­li­cía que mien­tras le apun­ta le ex­pli­ca que es­tán alla­nan­do por el ro­bo a una des­pen­sa. Hay otro hom­bre –mi­ra pa­ra to­dos la­dos co­mo des­orien­ta­do y asus­ta­do–, es el tes­ti­go del ac­to, iba a com­prar el pan y ter­mi­nó en la ca­sa del ve­cino en com­pa­ñía de las fuer­zas de se­gu­ri­dad.

En la co­mi­sa­ría le ex­pli­can que es­tá de­te­ni­do y que pue­de nom­brar un abo­ga­do, o si no le de­sig­na­rán el de­fen­sor ofi­cial. No di­ce na­da. Le to­man las hue­llas di­gi­ta­les y le in­for­man que en un ra­to más lo lle­van a una audiencia pa­ra for­mu­lar­le car­gos. “¿Y eso?”, pien­sa atur­di­do. Re­sul­ta que a eso de las 8:15 el due­ño de la des­pen­sa Xin­lu lla­ma al 911 y cuen­ta que al lle­gar al ne­go­cio en­con­tró la vi­drie­ra ro­ta. Fal­ta la ba­lan­za elec­tró­ni­ca y una mor­ta­de­la bo­cha. A las 8:30 el fis­cal llega al lu­gar. Im­par­te ór­de­nes a la po­li­cía. Bus­can tes­ti­gos. Una ve­ci­na es­cu­chó un vi­drio rom­per­se y vio a al­guien sa­lien­do de la fiam­bre­ría; no sa­be si pue­de re­co­no­cer­lo.

Ac­tuar rá­pi­do

La cá­ma­ra de se­gu­ri­dad del lo­cal –igual que la he­la­de­ra de los yo­gu­res– sue­le fun­cio­nar de a ra­tos. La re­vi­san y ven a un hom­bre de es­ta­tu­ra me­dia­na, del­ga­do, de va­que­ro y ca­mi­sa, que pasa por la ve­re­da. Se cor­ta la ima­gen y lo pró­xi­mo que ven es a al­guien sa­lien­do mor­ta­de­la en mano.

Uno de los po­li­cías sa­be que ahí cer­ca vi­ve Juan. El po­li­cía sos­pe­cha, to­ma co­ra­je y le su­gie­re al fis­cal que ahí pue­de es­tar lo que bus­can.

El fis­cal pi­de al juez una or­den pa­ra alla­nar. De­be con­ven­cer­lo de que no hay otra salida, que tie­nen al­go más que “in­tui­cio­nes” de que en esa ca­sa es­tán los ob­je­tos ro­ba­dos. Si exis­te ur­gen­cia, el fis­cal ex­pli­ca­rá esas ra­zo­nes al juez por te­lé­fono. Si no hay ur­gen­cia, ha­brá una audiencia rá­pi­da en que el juez de­be­rá de­ci­dir si le “sus­pen­de” a Juan su de­re­cho a la in­vio­la­bi­li­dad del do­mi­ci­lio.

Las ga­ran­tías

Ese juez es el representante de la Cons­ti­tu­ción y por eso es el ga­ran­te de los de­re­chos y las re­glas que co­men­té. El fis­cal no pue­de di­bu­jar los da­tos con los que pi­de alla­nar. Se jue­ga su cre­di­bi­li­dad.

Aho­ra cuen­ta con al­gu­nas evi­den­cias: la de­nun­cia, el vi­drio ro­to, un vi­deo, el re­la­to de la ve­ci­na y de los po­li­cías. Tie­ne el tes­ti­go del alla­na­mien­to y fi­nal­men­te lo tie­ne a Juan. Es­te es su ca­so.

Así Juan es lle­va­do a Tri­bu­na­les pa­ra la for­mu­la­ción de car­gos. Co­mo en las pe­lí­cu­las, el fis­cal le con­ta­rá a un juez que no co­no­ce na­da del ca­so, que tie­ne evi­den­cias pa­ra sos­te­ner que al­go pa­só en tal lu­gar y a tal ho­ra (la ro­tu­ra del vi­drio y el ro­bo en la des­pen­sa), que eso que pa­só es de­li­to (por­que es­tá pre­vis­to y des­crip­to en el Có­di­go Pe­nal) y que Juan se­ría el au­tor.

A par­tir de ese momento el fis­cal tie­ne 4 me­ses pa­ra in­ves­ti­gar y de­fi­nir si lle­va a jui­cio a Juan. Ese pla­zo es el lí­mi­te, y cuan­do se venza... se­rá co­mo los yo­gu­res de la des­pen­sa: no hay vuel­ta atrás.

Pe­ro esa... esa es otra his­to­ria.

*Abo­ga­do, es­pe­cia­li­za­do en De­re­cho Pe­nal

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