RES­CA­TE

Sophia - - SUMARIO -

EL AL­MA EN LAS MA­NOS. La obra de la ce­ra­mis­ta Lu­cie Rie ins­pi­ra y des­lum­bra des­de los museos de las gran­des ciu­da­des.

La ce­rá­mi­ca es­tá siem­pre en mi men­te”, es­cri­bió Lu­cie Rie en una carta di­ri­gi­da a Ber­nard Leach –el pa­dre de la al­fa­re­ría bri­tá­ni­ca– en 1939, cuan­do re­cién ha­bía lle­ga­do a lle­ga­do a Lon­dres hu­yen­do de los na­zis des­de su país na­tal, Aus­tria.

Es­ta ar­tis­ta ex­tra­or­di­na­ria, que ins­pi­ra a ce­ra­mis­tas de to­do el mun­do, na­ció en Vie­na en 1902 y fue la hi­ja me­nor de Ben­ja­mín Gom­perz, un mé­di­co ju­dío ase­sor de Sig­mund Freud.

Lue­go de es­tu­diar ce­rá­mi­ca en la Kunst­ge­wer­bes­chu­le, una es­cue­la de ar­tes y ofi­cios de la épo­ca, creó su pri­mer estudio en Vie­na en 1925 y ese mis­mo año ex­hi­bió en la Ex­po­si­ción In­ter­na­cio­nal de Pa­rís. Pe­ro en 1938 tu­vo que ir­se de su país; te­nía 36 años cuan­do emi­gró a In­gla­te­rra, don­de vi­vió has­ta su muer­te, en 1995.

A fi­nes de los años trein­ta, tam­bién se se­pa­ró de Hans Rie, un hom­bre de ne­go­cios con el que se ha­bía ca­sa­do, y du­ran­te años tu­vo su estudio ubi­ca­do en el 18 de Al­bion Mews, una ca­lle­ci­ta cer­ca de Hy­de Park.

En ese re­fu­gio crea­ti­vo que apa­re­ce en las fotos de li­bros y

ex­po­si­cio­nes, Lu­cie re­ci­bía vi­si­tas, y el lu­gar era co­no­ci­do por su buen am­bien­te y por có­mo el tiem­po trans­cu­rría en­tre el té, las recetas dul­ces y las char­las so­bre ar­te. En esos años tu­vo una gran in­fluen­cia so­bre la pro­duc­ción de ce­ra­mis­tas más jó­ve­nes.

Den­tro de su obra, las famosas ollas rea­li­za­das en gres o por­ce­la­na de­ja­ron huella. Pa­ra crear­las se­guía un pro­ce­di­mien­to po­co habitual en­tre los al­fa­re­ros: la ar­te­sa­na pin­ta­ba di­rec­ta­men­te los ob­je­tos en el cuer­po “ver­de”, sin fue­go, y ex­pe­ri­men­ta­ba con una am­plia ga­ma de co­lo­res, con es­mal­tes y tex­tu­ras sa­ti­na­das li­sas

o pi­ca­das, y a ve­ces en sus pie­zas ha­bía in­crus­ta­cio­nes.

Su he­rra­mien­ta de tra­ba­jo pri­mor­dial era el torno y den­tro de su obra se re­co­no­ce la ins­pi­ra­ción que sig­ni­fi­có pa­ra ella ha­ber es­ta­do cer­ca del maes­tro Ber­nard Leach, aun­que tam­bién la in­fluen­cia­ron los gran­des acon­te­ci­mien­tos del si­glo XX.

Sus fan­tás­ti­cos ta­zo­nes y bo­te­llas tie­nen for­mas par­ti­cu­la­res y se ex­hi­ben en co­lec­cio­nes co­mo la del Mu­seo de Ar­te Mo­derno de Nue­va York.

Lu­cie Rie fa­lle­ció a la edad de 93 años y en vi­da el go­bierno bri­tá­ni­co le con­ce­dió el tí­tu­lo de

da­ma. De su le­ga­do se con­ser­van tam­bién los es­mal­tes con los que tra­ba­ja­ba, así co­mo su co­lec­ción de car­tas, ma­nus­cri­tos y cua­der­nos. En Lon­dres, el estudio de Lu­cie fue re­cons­trui­do en el Vic­to­ria and Al­bert Mu­seum.

Sus pie­zas de ce­rá­mi­ca, des­de las pri­me­ras en Vie­na, de 1921 a 1938, has­ta las úl­ti­mas, de la dé­ca­da de 1990, ma­ra­vi­llan a to­do aquel que las des­cu­bre. Co­mo ra­ras jo­yas sig­na­das por la sen­si­bi­li­dad de la mano ins­pi­ra­da de quien las creó, si­guen mar­can­do ten­den­cia y apa­re­cen en pá­gi­nas de re­vis­tas mo­der­nas, co­mo Kink­folk, Ideat y Vo­gue.

Mo­der­nist Pot­ter, publicado por The Paul Me­llon Cen­tre for Stu­dies in Bri­tish Art, es so­lo un ejem­plo de los mu­chos li­bros de ar­te que re­fle­jan la trayectoria de la ce­ra­mis­ta en museos del mun­do.

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