DES­DE ADEN­TRO

Lo­re­na Fer­nán­dez tie­ne 35 años y vi­ve con sus cua­tro hi­jos en la villa 31. De ni­ña fue víc­ti­ma de abu­so y su fa­mi­lia la obli­gó a abor­tar con­tra su vo­lun­tad. Hoy se ma­ni­fies­ta pú­bli­ca­men­te pa­ra que otras chi­cas no ten­gan que pa­sar por lo mis­mo.

Sophia - - SUMARIO -

“ME RO­BA­RON LA IN­FAN­CIA, PE­RO NO LA VI­DA”. Una mu­jer que de­bió abor­tar cuan­do era ado­les­cen­te com­par­te su tes­ti­mo­nio pa­ra ayu­dar a otras.

Soy de la villa 31 y ten­go cua­tro hi­jos: Evelyn de 13, Ju­lia de 11, Da­niel de 9 y Ma­nuel de 6. La­bu­ro to­do lo que pue­do: a la no­che en un ge­riá­tri­co, de ma­dru­ga­da en­tro a la pa­na­de­ría que es­tá fren­te a don­de vi­vo. A las sie­te me cru­zo pa­ra des­per­tar a los chi­cos y que no fal­ten al co­le­gio. An­tes tam­bién co­sía pa­ra afue­ra, pe­ro ya no ten­go má­qui­na.

To­dos me di­cen que ten­go co­ra­je, pe­ro yo lo que ten­go son los ova­rios bien pues­tos. ¿Sa­bés por qué? Por­que su­frí vio­len­cia y abu­sos des­de chi­ca, pe­ro nun­ca me vic­ti­mi­cé. Al con­tra­rio, apren­dí a cu­rar mis do­lo­res so­li­ta. A mí me ro­ba­ron la in­fan­cia, pe­ro no la vi­da. A los 9 me abu­só un ve­cino, des­pués un tío. Y a los 12 me vio­ló mi pa­dras­tro. ¿Mi ma­má? Di­jo que me lo ha­bía bus­ca­do y me pe­gó con un cin­to.

Pe­ro, ojo, que de to­do se pue­de apren­der. Te lo di­go yo, que tu­ve una vi­da di­fí­cil y no me que­jo: agra­dez­co ser quien soy gra­cias a las co­sas que vi­ví. Na­cí en Bra­sil, pe­ro vi­ne de chi­qui­ta a la Ar­gen­ti­na con mi ma­má y mis dos her­ma­nas ma­yo­res. Nun­ca pu­de co­no­cer a mi pa­pá. Vi­ví en Río Ga­lle­gos has­ta que un día de­ci­dí ir­me de mi ca­sa. Fue des­pués de que me obli­ga­ron a abor­tar. Te­nía 16 años y mi ma­má y mi her­ma­na me pu­sie­ron Cy­to­tec en el va­so sin de­cir­me na­da (N. de la R.: nom­bre co­mer­cial de la dro­ga mi­so­pros­tol). No les im­por­tó que yo que­ría a ese be­bé. Lle­gué a la clí­ni­ca con do­lo­res y con­trac­cio­nes por efec­to de la pas­ti­lla. Nun­ca más qui­se sa­ber de ellas. Con­se­guí tra­ba­jo de ni­ñe­ra y me fui. An­du­ve un tiem­po en la ca­lle.

Des­pués de eso que­dé tris­te, co­mo de­pre­si­va; por eso di­go que las hue­llas son en el cuer­po y en el al­ma. Abor­tar fue lo peor que me pa­só en la vi­da. Sen­tí que me es­ta­ban sa­can­do un pe­da­zo de mi pro­pio cuer­po. Te­nía casi cin­co me­ses de em­ba­ra­zo, se mo­vía y to­do. Ras­pa­ron y me lo arran­ca­ron pe­da­zo por pe­da­zo. Lo que más me do­lió fue que co­no­cí a mi hi­jo ro­to, en una ca­ja. Des­pués mi ma­má lo en­te­rró en el pa­tio. Mu­chas ve­ces so­ñé con él: na­cía, lo te­nía en bra­zos. Me ha­bría gus­ta­do dar­le un fu­tu­ro, que fue­ra a la fa­cul­tad…

Al tiem­po me vol­ví a em­ba­ra­zar, pe­ro lo per­dí. Cuan­do que­dé de mi hi­ja ma­yor es­ta­ba con otra pa­re­ja y no qui­so sa­ber na­da; me di­jo que me lo sa­ca­ra y le pa­gó a una mé­di­ca. Fui a ver a esa doc­to­ra y le ex­pli­qué que no iba a abor­tar otra vez. Ella me en­ten­dió: “Te voy a ayu­dar”, me di­jo y me de­vol­vió la pla­ta que le ha­bía da­do él. Con eso sa­qué un pa­sa­je y me vi­ne a Bue­nos Aires. Lle­gué a Retiro y dor­mí una no­che en la ter­mi­nal, muer­ta de frío, em­ba­ra­za­da de dos me­ses. No te­nía a na­die acá ni sa­bía qué ha­cer. Una se­ño­ra que cui­da­ba co­ches me vio so­la y me ofre­ció una pie­za don­de dor­mir. Em­pe­cé a tra­ba­jar de ven­de­do­ra en On­ce y así fui pa­gan­do el al­qui­ler. Al tiem­po na­ció Evelyn, mi ne­na. Qué fe­li­ci­dad: era blan­ca co­mo el pa­pel y te­nía los ojos abier­tos, de le­chu­za. Sen­tí que por fin te­nía al­go mío.

Esa se­ño­ra que me ayu­dó cuan­do lle­gué se lla­ma­ba Do­ra y fue muy bue­na. Pe­ro al tiem­po su ex sa­lió de la cár­cel y la ma­tó de trein­ta y sie­te pu­ña­la­das. Cuan­do mu­rió co­no­cí a su her­mano y em­pe­cé sa­lir con él. Tu­vi­mos tres chi­cos jun­tos. Por pri­me­ra vez es­ta­ba en pa­re­ja es­ta­ble y vi­vía fue­ra de la villa, en un te­rre­ni­to en zo­na sur. Es­tá­ba­mos bien…

Pe­ro em­pe­za­ron los gol­pes, era muy ce­lo­so. Yo co­sía en ca­sa, ha­cía arre­glos, y con eso pa­ra­ba la olla. La vio­len­cia era ver­bal y fí­si­ca. Cuan­do es­ta­ba so­brio era una ex­ce­len­te per­so­na, pe­ro chu­pa­ba más que una as­pi­ra­do­ra. Y tam­bién se me­tía co­caí­na. Lo de­nun­cié, me die­ron el bo­tón an­ti­pá­ni­co, has­ta que un día lo eché de­fi­ni­ti­va­men­te y vol­ví a em­pe­zar de nue­vo en la villa. An­tes de ir­se me hi­zo una fea: se lle­vó mi má­qui­na de co­ser. Pe­ro yo nun­ca fui de ren­dir­me fá­cil­men­te. Por eso no en­tien­do a las mu­je­res que se ban­can to­do pa­ra que un hom­bre las man­ten­ga. A mí no me in­tere­sa de­pen­der de otro sino de mí. Pa­ra eso tra­ba­jo. Duer­mo tres ho­ras, pe­ro no ne­ce­si­to más.

Por eso, la mu­jer inú­til me cho­ca. Si te que­rés se­pa­rar, te­nés to­do en tus ma­nos pa­ra sa­lir ade­lan­te. ¡Se ne­ce­si­tan más má­qui­nas de co­ser y me­nos bo­lu­deo! Lo mis­mo con el te­ma de los em­ba­ra­zos: ha­ce vein­te años no ha­bía mé­to­dos an­ti­con­cep­ti­vos gra­tui­tos, pe­ro hoy te los ti­ran por la ca­be­za. A mí en la sa­li­ta me dan dos ca­jas de pas­ti­llas por mes.

La men­ti­ra más gran­de que es­cu­cho es que las ma­dres ha­cen abor­tar a sus hi­jas ado­les­cen­tes pa­ra que ten­gan una vi­da me­jor. Yo pien­so que si esa chi­ca de­ci­de te­ner a su hi­jo, la ma­má la tie­ne que ayu­dar pa­ra que pue­da se­guir es­tu­dian­do y no sal­ga a la­bu­rar. Des­pués ten­drá tiem­po de cui­dar­lo. ¿Qué tie­ne de ma­lo te­ner un hi­jo? ¡Un hi­jo te va a pa­sar un va­so de agua siem­pre!

Mi con­se­jo pa­ra las chi­cas es que no se en­ga­ñen, que se va­lo­ren más. Que se edu­quen y sal­gan me­nos de jo­da, que no des­per­di­cien la vi­da. Hay algunas a las que ayer veía en la es­qui­na ju­gan­do y hoy están ti­ra­das fu­man­do paco. Tam­bién hay que in­for­mar a los pa­dres pa­ra que se­pan por qué sus hi­jas e hi­jos se tie­nen que cui­dar. No es so­lo un te­ma de las mu­je­res; los pi­bes tam­bién tie­nen que en­ten­der que po­nién­do­se un fo­rro evi­tan un em­ba­ra­zo o el con­ta­gio de una en­fer­me­dad.

Y bueno, yo siem­pre di­go lo que pien­so. Ha­bla­ré vul­gar­men­te, pe­ro por lo me­nos se me en­tien­de, no an­do con bo­lu­de­ces. Yo tu­ve un abor­to y te ju­ro que no te re­cu­pe­rás. Las pi­bas pien­san que se lo ha­cen y chau, pe­ro no, el car­go de con­cien­cia es de por vi­da. A las que di­cen:

“Es mi cuer­po, yo de­ci­do”, les di­go: “Bueno, en­ton­ces, de­ci­dan bien”. Es que me da bron­ca que se cuel­guen de no­so­tras, las po­bres, con es­te te­ma. Se­re­mos hu­mil­des, pe­ro sa­be­mos lo que es ma­tar a un ser hu­mano.

Pa­ra mí, el pro­ble­ma es que las pen­de­jas pien­san con la bom­ba­cha y cuan­do se em­ba­ra­zan na­die las ayu­da. Vuel­vo a de­cir lo que di­je en el Con­gre­so: te­ne­mos que edu­car­las pa­ra que se quie­ran y no que­den pre­ña­das del pri­me­ro que pa­sa.

Yo ya vi­ví de to­do y a lo úni­co que le ten­go mie­do es a la muer­te, a de­jar a mis hi­jos so­los. Cuan­do se­pan de­fen­der­se, ya es­tá, me voy tran­qui­la, pe­ro to­da­vía no. ¿Cuál es mi sue­ño? No sé… con mis cua­tro hi­jos ya es­toy fe­liz. A lo me­jor se le­van­tan con ca­ra de cu­lo o se pe­lean en­tre ellos, pe­ro a mí me da tan­ta ale­gría te­ner­los... Los edu­co pa­ra que as­pi­ren a ser al­go el día de ma­ña­na; oja­lá crez­can y sean bue­nas per­so­nas. Y eso: mi sue­ño es es­tar con ellos, te­ner una má­qui­na de co­ser y po­der com­prar­me mi ca­sa al­gún día.

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