TROPILLERO­S.

Gui­ller­mo Duar­te com­bi­na la cien­cia ve­te­ri­na­ria con los ca­ba­llos. Con pa­cien­cia, com­pra ani­ma­les de des­car­te a los que sue­le en­con­trar­les una nue­va vi­da.

Super Campo - - SUMARIO - Por Ma­ría Lo­re­na Ro­drí­guez Fo­tos Gui­ller­mo Munt

El se­ñor de los ca­ba­llos. Por Ma­ría Lo­re­na Ro­drí­guez.

"Ven­ga, ven­ga, ven­ga...tran­qui­los...va­mos .... ven­ga, ven­ga"... las ór­de­nes son cla­ras, a tono me­dio pe­ro con voz fir­me. Gui­ller­mo Duar­te es­tá en el me­dio del co­rral ar­ma­do con ca­ños plás­ti­cos y vo­cea a su tro­pi­lla pa­ra que avan­ce si­guien­do a su ma­dri­na en un tan­dem acom­pa­sa­do. Ca­da tan­to un po­tro se re­za­ga y lue­go vuel­ta a em­pe­zar. La cam­pa­na no de­ja de so­nar en el cue­llo de la ye­gua ma­dri­na y los po­tros tro­tan, tro­tan si­guien­do el rít­mi­co so­ni­do de la voz y del ba­da­jo. "Es­to ne­ce­si­ta mu­cha pa­cien­cia", di­ce con­ven­ci­do Duar­te, que lle­ga a su cam­pi­to un día de ju­lio y co­mien­za a jun­tar la ma­na­da.

TROPILLERO, DE CO­RA­ZÓN. En me­nos de quin­ce mi­nu­tos los tie­ne a to­dos en­ce­rra­dos y arran­ca su ex­pli­ca­ción so­bre los orí­ge­nes de las tro­pi­llas. "An­ti­gua­men­te, la gen­te sa­lía a re­co­rrer el cam­po, y al lle­var a la ye­gua ma­dri­na cer­ca, se ase­gu­ra­ban ir cam­bian­do la mon­ta ca­da vez que lo ne­ce­si­ta­ban, en par­te por­que ha­cían lar­gas dis­tan­cias has­ta otros cam­pos", di­ce con ad­mi­ra­ción. "A mi los ca­ba­llos me gus­ta­ron to­da la vi­da. Pri­me­ro mi abue­lo se de­di­có a la ac­ti­vi­dad, des­pués mi vie­jo y aho­ra yo. A mí me hu­bie­ra gus­ta­do que mi abue­lo me en­se­ña­ra más to­do lo que sa­bía, pe­ro no tu­ve esa suer­te, se mu­rió cuan­do yo te­nía 10 años...y esas co­sas del des­tino, no que­ría que sus hi­jos (ni sus nie­tos) se de­di­ca­ran al cam­po. Pre­fe­ría que es­tu­dia­ran", di­ce re­sig­na­do. Pe­ro lo que el abue­lo Ro­mual­do no de­jó con he­chos, lo de­jó en la san­gre. Di­cen que los ge­nes se sue­len ex­pre­sar en las ter­ce­ras ge­ne­ra­cio­nes, y Gui­ller­mo Duar­te es buen ejem­plo, por­que el amor por los ca­ba­llos le vie­ne en el ADN.

VE­TE­RI­NA­RIO, DE PRO­FE­SIÓN. Duar­te es Mé­di­co Ve­te­ri­na­rio en Huan­gue­lén, par­ti­do de Co­ro­nel Suá­rez des­de ha­ce máss de 20 años. Tra­ba­ja a cam­po ha­cien­do clí­ni­ca ge­ne­ral "pe­rro, pa­tos, va­cas, lo que sea", ad­mi­te son­rien­te. "Cuan­do uno de­ci­de ins­ta­lar­se en un pue­blo co­mo és­te de­be re­cu­rrir a la ac­ti­vi­dad ge­ne­ral y es­tar dis­po­ni­ble pa­ra to­dos", ex­pli­ca.

Los días pue­den ser muy lar­gos y cla­ra­men­te sin ho­ra­rios pa­ra un ve­te­ri­na­rio ru­ral. En in­vierno arran­ca so­bre las 7 AM y mu­chas ve­ces tie­ne vi­si­tas pro­gra­ma­das, pe­ro siem­pre apa­re­cen ur­gen­cias. "Es­ta­mos en pleno ci­clo de pa­ri­cio­nes así que mu­chas ve­ces me lla­man pa­ra par­tos com­ple­jos, dis­to­cias, ce­sá­reas, en fin, na­ci­mien­tos que se com­pli­can".

Des­pués, a par­tir de oc­tu­bre co­mien­za la tem­po­ra­da de va­cu­na­ción con­tra la af­to­sa. "En me­nos de 3 me­ses en la cam­pa­ña

gran­de que son adul­tos y me­no­res va­cuno unas 25.000 ca­be­zas", di­ce. El res­to del tiem­po se de­di­ca a su gran amor, los ca­ba­llos.

"Hoy ten­go unos 100 más o me­nos. Me gus­ta do­mar­los de aba­jo (sin mon­tar) cuan­do son jó­ve­nes y en al­gu­nos ca­sos cuan­do

"Las tro­pi­llas te­nían su ra­zón de ser. Acom­pa­ña­ban a los ji­ne­tes en las re­co­rri­das y per­mi­tían cam­biar de mon­ta cuan­do era ne­ce­sa­rio".

ven­do me pa­gan con ca­ba­llos, en ge­ne­ral de des­car­te. Ahí em­pie­za otro tra­ba­jo que es re­edu­car­lo, por­que a ve­ces son ani­ma­les que tie­nen to­da­vía po­si­bi­li­da­des de vol­ver a la ac­ti­vi­dad, tan­to tra­ba­jo co­mo de­por­te. Es más, ten­go uno de 19 años que to­da­vía lo ha­go ju­gar al Pa­to", di­ce. Pa­ra Duar­te la al­ta exi­gen­cia de al­gu­nos de­por­tes lle­va a des­car­tar ani­ma­les que to­da­vía tie­nen mu­cho pa­ra dar. Pe­ro, con el avan­ce de la agri­cul­tu­ra ca­da vez hay me­nos ca­ba­llos en los cam­pos. "La ga­na­de­ría de cría es la ac­ti­vi­dad más de­man­dan­te de ca­ba­llos pa­ra tra­ba­jo, pe­ro las es­tan­cias gran­des tam­bién ha­cen sus ajus­tes y van sa­can­do los ca­ba­llos más ma­ñe­ros, que son bra­vos pa­ra la ac­ti­vi­dad", re­cuer­da.

LA DO­MA Y LOS TIEM­POS. Pue­de ser que en el ima­gi­na­rio po­pu­lar se pien­se en un ca­ba­llo y es­te apa­rez­ca lis­to pa­ra mon­tar­lo. Le­jos de esa idea, el ca­mino es lar­go. "Arran­ca con 11 me­ses de ges­ta­ción y un par de me­ses pre­vios de ser­vi­cios. A los 2 años y me­dio re­cién el ca­ba­llo se pue­de em­pe­zar a do­mar. Pre­vio se lo pue­de aga­rrar, aman­sar de aba­jo, pe­ro no mon­tar­lo. Lue­go, un pe­río­do de do­ma com­ple­to pue­de lle­var dos años", es­ti­ma Duar­te, pe­ro re­cuer­da que a los tres me­ses de la do­ma el ca­ba­llo apren­de el ABC, en de­fi­ni­ti­va se lo pue­de mon­tar. "Des­pués tie­ne que ma­du­rar, pre­ci­sa un tiem­po de sol­tu­ra y vol­ver a mon­tar­lo has­ta cum­plir el año pa­ra ter­mi­nar de do­mar­lo". Por otro la­do, los que van a rea­li­zar una dis­ci­pli­na re­quie­ren un par de años más de edu­ca­ción, lo que pue­de lle­var has­ta unos 6 años. Pe­ro co­mo di­ce Duar­te, "Si no hay le­sio­nes gra­ves, pue­de vi­vir y tra­ba­jar mu­chos años".

Así, pa­cien­cia y tiem­po son los alia­dos de es­te "res­ca­tis­ta" que bus­ca de­vol­ver a los ca­ba­llos al cir­cui­to co­mer­cial. Por­que co­mo el di­ce, "al ca­ba­llo ma­lo, na­die lo quie­re com­prar", mien­tras abre el co­rral pa­ra que la tro­pi­lla vue­le a la li­ber­tar de su cam­pi­to.

Gui­ller­mo Duar­te con la ma­dri­na de su tro­pi­lla de 11 po­tros. El "lu­nar" co­mo se lla­ma al di­fe­ren­te, per­mi­te re­co­no­cer la tro­pi­lla pro­pia, en­te otras.

En ro­deo ajeno. El to­biano aca­ba de lle­gar y la ca­ba­lla­da to­da­vía no le ha­ce un lu­gar. Ca­da uno pe­lea por su es­pa­cio.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Argentina

© PressReader. All rights reserved.