“Los cuen­tos tie­nen una ca­li­dad adic­ti­va”

El Deber - Brújula - - Perfiles Personajes & - ADHEMAR MAN­JÓN

El se­llo edi­to­rial Man­tis, di­ri­gi­do por las es­cri­to­ras bo­li­via­nas Gio­van­na Ri­ve­ro y Ma­ge­la Bau­doin, na­ció es­te año y tie­ne co­mo uno de sus ob­je­ti­vos pu­bli­car a au­to­ras des­ta­ca­das de la li­te­ra­tu­ra en es­pa­ñol. No so­ña­rás flores, de la uruguaya Fer­nan­da Trías, es uno de los dos li­bros (el otro es Lo que no tie­ne nom­bre, de la co­lom­bia­na Pie­dad Bon­nett) con los que Man­tis inau­gu­ró su ca­tá­lo­go y que fue­ron pre­sen­ta­dos en la pa­sa­da Fe­ria del Li­bro de San­ta Cruz.

No so­ña­rás flores con­tie­ne ocho historias que to­can lo pro­fun­do de las re­la­cio­nes en­tre per­so­nas, la pro­xi­mi­dad de la muer­te o có­mo el due­lo se que­da en­tre no­so­tros y se ma­ni­fies­ta de for­mas ex­tra­ñas, la so­le­dad y la vi­da en di­fe­ren­tes ciu­da­des del mun­do. To­do eso en el pri­mer li­bro de cuen­tos de Trías.

¿Có­mo fue ha­cer el ejer­ci­cio de ar­mar el li­bro, re­vi­sar vie­jos cuen­tos? ¿Có­mo fue re­cor­dar có­mo ha­bían nacido las ciu­da­des don­de ha­bías vi­vi­do? ¿Hu­bo mu­cha re­es­cri­tu­ra?

El pro­ce­so de co­rrec­ción no es, pa­ra mí un mal ne­ce­sa­rio, sino la esen­cia mis­ma de mi tra­ba­jo co­mo es­cri­to­ra. Co­rri­jo mu­cho, no por me­ra ob­se­sión, sino por­que en ese pro­ce­so de re­leer el bo­rra­dor, voy en­con­tran­do lo que real­men­te qui­se de­cir, no la idea ini­cial con la que arran­qué a es­cri­bir, sino lo otro, lo que es­ta­ba ocul­to y ni yo mis­ma sa­bía que ne­ce­si­ta­ba na­rrar. En­ton­ces em­pie­zo a afinar lo di­cho, a re­cor­tar, a agre­gar y, por úl­ti­mo, a tra­ba­jar el len­gua­je a ni­vel mi­cro.

En to­dos los ca­sos es­cri­bí so­bre las ciu­da­des en las que ha­bía vi­vi­do una vez que ya no es­ta­ba ahí. No mu­cho des­pués, pe­ro sí ya es­tan­do le­jos, de mo­do que po­día ver la ciu­dad y sus re­cuer­dos con cier­ta dis­tan­cia, no em­be­bi­da por las emo­cio­nes que me ha­bía ge­ne­ra­do, sino una vez de­can­ta­das las ex­pe­rien­cias. A su vez, el ejer­ci­cio de re­vi­si­tar­las así, a pos­te­rio­ri, era un ejer­ci­cio de la nostalgia.

Hay una ci­ta de Von­ne­gut ex­traí­da de las car­tas a su edi­tor, en la que dice “Aho­ra vol­ve­ré a los cuen­tos. Son unos pe­que­ños bas­tar­dos. Los odio”. ¿Có­mo te sen­tís es­cri­bien­do cuen­tos? ¿Te sen­tís más có­mo­da que es­cri­bien­do una no­ve­la? ¿Te exi­gen más?

Me da ri­sa la ci­ta de Von­ne­gut. Creo que se apli­ca per­fec­ta­men­te a mi ca­so. No, me sien­to mu­cho más có­mo­da en el gé­ne­ro de la no­ve­la bre­ve, pe­ro los cuen­tos fue­ron sa­lien­do de ma­ne­ra na­tu­ral a par­tir de la lec­tu­ra de mu­chos li­bros de cuen­tos. Ha­ce ya va­rios años que leo más cuen­to que no­ve­la. Un gran cuen­to es un mis­te­rio, por­que siem­pre me asom­bra có­mo al­go tan bre­ve pue­de con­te­ner tan­to, de­jar­nos tan­to, do­ler o re­con­for­tar tan­to. Pa­ra mí, los cuen­tos tie­nen una ca­li­dad adic­ti­va por­que ca­da vez que leo un cuen­to o que es­cri­bo uno, voy de­trás de ese mis­te­rio que nun­ca lo­gro des­en­tra­ñar, y así se re­nue­va el ci­clo. Pe­ro sin du­da me exi­ge más. No por eso que di­cen al­gu­nos es­cri­to­res, de que al cuen­to no le pue­de “so­brar una pa­la­bra”. Es­tá lleno de cuen­tos ma­ra­vi­llo­sos que les so­bran pa­la­bras. Lo di­fí­cil es

PA­BLO VIGNALI

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