Mart­ha y Gret­ha en­tre sus to­ca­dos de no­via

Au­to­di­dac­tas. En la ma­dre fue in­na­to el im­pul­so por ha­cer to­ca­dos ar­te­sa­na­les. Su hi­ja apren­dió de ver­la y hoy tie­nen una so­cie­dad

El Deber - Para ellas - - Entre Amigas - AI­DA DO­MÍN­GUEZ P. [email protected]

Mart­ha Rek y Gret­ha Iriar­te, ma­dre e hi­ja, apa­sio­na­das por el ar­te de los ac­ce­so­rios de no­vias, ya tie­nen en su his­to­ria 500 y más de­li­ca­dí­si­mos to­ca­dos de no­vias. Cuen­tan su his­to­ria y có­mo orien­tan a ele­gir el com­ple­men­to per­fec­to pa­ra el ves­ti­do de no­via.

De­ben ser po­cas las no­vias en San­ta Cruz que no sue­ñen con un to­ca­do de Mart­ha Rek. Es­ta la­bor ar­te­sa­nal y ar­tís­ti­ca em­pe­zó en la ur­be de los ani­llos en 1982 y ac­tual­men­te re­ci­be pe­di­dos de to­do el país y del ex­te­rior.

Mart­ha es hi­ja de los jo­se­sa­nos Er­win Rek y Nair Ló­pez de Rek, se ca­só con el co­cha­bam­bino Mar­ce­lo Iriar­te, en 1974; es­tu­dió ar­qui­tec­tu­ra en la uni­ver­si­dad de La Pla­ta, don­de re­si­dió jun­to con su es­po­so; no lle­gó a con­cluir la ca­rre­ra y pre­fi­rió ca­pa­ci­tar­se en cos­me­to­lo­gía

Al re­gre­sar a San­ta Cruz, nun­ca pen­só de­di­car­se a es­te ofi­cio, lle­gó con la idea de ejer­cer en el cam­po de la cos­mé­ti­ca. Jus­to en ese tiem­po se ca­sa­ba su her­ma­na me­nor y le pi­dió que ha­ga su to­ca­do, ese fue el pri­mer pa­so y el pri­mer arre­glo, des­de en­ton­ces no ha pa­ra­do. Y ya pa­sa­ron 36 años.

Ca­da obra de ar­te que ador­na la ca­be­za de la pro­ta­go­nis­ta de una bo­da es úni­ca y ex­clu­si­va. Es di­se­ña­da en la men­te de la ar­tis­ta y lue­go se plas­ma en esa jo­ya ar­te­sa­nal en for­ma de tia­ra, dia­de­ma, co­ro­na o pei­ne­ta. Son ho­ras y ho­ras de que­mar pes­ta­ñas y agu­je­rear­se los de­dos con los alam­bres y al­fi­le­res pa­ra lo­grar ca­da ma­ra­vi­lla. Al fi­nal, lo que im­por­ta es el fino aca­ba­do con lu­jo de de­ta­lles que ha­ce que ca­da no­via, quin­cea­ñe­ra, ba­chi­ller o rei­na de be­lle­za luz­ca des­lum­bran­te.

El amor de Mart­ha por lo que em­pe­zó co­mo un pa­sa­tiem­po y se con­vir­tió en un ne­go­cio hoy tie­ne una he­re­de­ra, su úni­ca hi­ja, Gret­ha, es­tá to­man­do la pos­ta. Tie­ne dos hi­jos más.

Ins­ta­la­das en el ta­ller, ubi­ca­do en una ca­lle cén­tri­ca de la ciu­dad, ellas cuen­tan las aven­tu­ras que vi­ven en­tre per­las y pie­dras se­mi­pre­cio­sas, mien­tras se en­tre­tie­nen con la lo­cu­ra apa­sio­nan­te de to­da no­via.

¿Em­pe­zó con es­ta afi­ción al po­co tiem­po de ca­sar­se? M.R.L.: No. En mar­zo del pró­xi­mo año re­cor­da­re­mos 45 años de ma­tri­mo­nio con mi es­po­so y es­te pa­sa­tiem­po lo em­pren­dí ocho años des­pués de ca­sa­da. Fue pa­ra la bo­da de mi her­ma­na Te­ri, ella me pi­dió que le ha­ga su to­ca­do y yo lo du­dé en prin­ci­pio, lue­go me animé y mi­re, le gus­tó a la gen­te lo que hi­ce y con­ti­nué.

¿Fue un ofi­cio que le per­mi­tió criar a sus hi­jos sin de­jar la ca­sa? M. R. L.: Cla­ro que sí. Lo que em­pe­zó co­mo un pa­sa­tiem­pos se con­vir­tió en un ofi­cio y un ne­go­cio, a ve­ces te­nía tan­tos pe­di­dos que so­lo des­can­sa­ba cua­tro ho­ras por las no­ches, por­que era cuan­do po­día ha­cer, cuan­do mis hi­jos dor­mían.

Ha­ce 30 años la ciu­dad era chi­ca, no ha­bía la mis­ma can­ti­dad de ha­bi­tan­tes que hay ac­tual­men­te, pe­ro aun así te­nía mu­chí­si­mos pe­di­dos, gra­cias a Dios.

Hoy te­ne­mos en­car­gos de ca­si to­do el país y del ex­te­rior, por ello he­mos he­cho una so­cie­dad con mi her­ma­na, mis so­bri­nas y mi hi­ja y cre­ci­mos.

¿Fue y si­gue sien­do ar­te­sa­nal su tra­ba­jo? M.R.L.: Sí, es ar­tís­ti­co ar­te­sa­nal, ex­clu­si­vo y per­so­na­li­za­do. Ahí ra­di­ca su va­lor. G. I. R.: Son di­se­ños ex­clu­si­vos, no se re­pi­ten, por­que es he­cho a mano, no pue­de sa­lir idén­ti­co uno con otro. No sos una má­qui­na. En es­te tra­ba­jo es muy im­por­tan­te la ca­li­dad, la ter­mi­na­ción, el aca­ba­do, el de­ta­lle, más que el ma­te­rial. No es el ma­te­rial, tie­ne que ser el tra­ba­jo lo que se des­ta­que.

¿ Có­mo in­cur­sio­nó Gret­ha en es­ta em­pre­sa? M.R.L.: Ella se for­mó co­mo abo­ga­da, hi­zo su te­sis y se desem­pe­ñó en su pro­fe­sión, pe­ro un día me di­jo: ma­dre no quie­ro tra­ba­jar en es­to, quie­ro ha­cer lo que us­ted ha­ce.

Gret­hi­ta tie­ne el gus­to y la ha­bi­li­dad ma­nual pa­ra ha­cer crea­cio­nes ma­ra­vi­llo­sas.

G.I.R.: La pri­me­ra vez que hi­ce un to­ca­do sen­ci­llo, ella di­jo: ¿có­mo?, y le con­tes­té: ma­dre he cre­ci­do sen­ta­da a tu la­do vién­do­te ha­cer es­tas co­sas.

¿Y así cre­ció la mar­ca? G.I.R.: Con mi in­cur­sión for­ma­mos una so­cie­dad, mi ma­dre y yo te­ne­mos el 50% y mi tía Te­ri con sus dos hi­jas tie­ne la otra mi­tad. Ellas se de­di­can a la mar­ca La­ma­má, de con­fec­cio­nes in­fan­ti­les pa­ra da­mas y pa­jes de bo­das, y tra­jes pa­ra bai­la­ri­nas de ba­llet, mien­tras que no­so­tras los de­co­ra­mos y ha­ce­mos los to­ca­dos o bro­ches.

Ac­tual­men­te, la mi­tad de mis clien­tes no­vias son de di­fe­ren­tes

“El tra­ba­jo que ha­ce­mos es ar­tís­ti­co ar­te­sa­nal, ex­clu­si­vo y per­so­na­li­za­do, ahí ra­di­ca su va­lor”

lu­ga­res del país, Co­cha­bam­ba, Po­to­sí, Oru­ro, Su­cre, de Be­ni y de Pan­do, se ha­cen ha­cer sus ves­ti­dos aquí y me ha­blan pa­ra que les ha­ga el to­ca­do, me en­car­gan per­so­nal­men­te o por chat.

Tam­bién man­da­mos to­ca­dos a Es­ta­dos Uni­dos, Ita­lia, Fi­li­pi­nas, Mé­xi­co, Bra­sil y mu­cha gen­te que ve en esos ma­tri­mo­nios nues­tros tra­ba­jos nos en­car­ga los arre­glos.

¿Qué otras co­sas ha­cen? G. I. R.: Ade­más de los to­ca­dos, ha­ce­mos bro­ches pa­ra los ves­ti­dos, are­tes, co­lla­res, ma­ni­llas, las co­pas y los cor­ta­do­res de torta de­co­ra­dos. La li­ga pa­ra la no­via y el arre­glo de la so­la­pa del no­vio. Ha­ce­mos ro­sa­rios pa­ra las bo­das ca­tó­li­cas pa­ra que el sacerdote una a los no­vios. To­dos los im­ple­men­tos pa­ra una bo­da. M.R.L.: Tam­bién ha­ce­mos bu­qué, a mí me gus­ta mez­clar mis arre­glos con flo­res na­tu­ra­les

¿Qué ma­te­ria­les uti­li­zan? M.R.L.: An­tes pues no ha­bía más que per­las, len­te­jue­las, cha­qui­ras y arro­ci­llo. Ha­bía que in­ge­niár­se­las y así me vol­vía más crea­ti­va. G.I.R.: Aho­ra hay más op­cio­nes, la gen­te fue tra­yen­do ma­te­rial de Bra­sil y de Chi­na. No­so­tros com­pra­mos acá, lo que en­car­ga­mos es Swa­rovs­ki, que son pie­dras se­mi­pre­cio­sas.

¿Hay ten­den­cias en los to­ca­dos de no­via? M.R.L.: En eso pue­do de­cir que mi hi­ja me ha su­pe­ra­do, es­tá más ac­tua­li­za­da en la mo­da y en los ma­te­ria­les. Si es me­jor que yo, quie­re de­cir que es­toy en­se­ñan­do bien.

¿Qué pla­nes tie­nen? M.R.L.: Yo me es­toy to­man­do la vi­da con más cal­ma, me es­toy ju­bi­lan­do de a po­co. Aún sue­ño con te­ner una es­cue­la de ar­te y de­di­car­me a pin­tar y a en­se­ñar. G.I.R.: Si Dios quie­re, quie­ro cre­cer y ex­pan­dir es­te be­llo le­ga­do más allá de nues­tras fron­te­ras.

GA­BRIEL VÁS­QUEZ

Mo­de­los. Más de 500 arre­glos pa­ra el ca­be­llo con sus ac­ce­so­rios (are­tes, ma­ni­llas y bro­ches) acre­di­tan su tra­ba­jo

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