NO ME FASTIDIÉS ¡ABRAZAME!

El Deber - Para ellas - - CHOCOLATE CALIENTE -

Lee Sha­pi­ro es un juez nor­te­ame­ri­cano re­ti­ra­do y una per­so­na ama­ble y ca­ri­ño­sa. En un mo­men­to de su carrera, se dio cuen­ta de que el amor es el po­der más gran­de. Co­mo re­sul­ta­do de ese des­cu­bri­mien­to se con­vir­tió a la re­li­gión del abra­zo y em­pe­zó a abra­zar a to­dos.

En el pa­ra­cho­ques de su au­to se lee: No me fastidiés, ¡abrazame!

Lee in­ven­tó lo que él lla­ma su Equi­po de abra­zar. La ca­ja di­ce: ‘Un co­ra­zón por un abra­zo,’ y con­tie­ne co­ra­zon­ci­tos ro­jos bor­da­dos con un ad­he­si­vo al dor­so. Lee sa­ca su equi­po, se acer­ca a la gen­te y le ofre­ce un co­ra­zón, por un abra­zo.

Gra­cias a es­ta prác­ti­ca se ha he­cho co­no­ci­do, lo invitan a con­fe­ren­cias pa­ra que com­par­ta su men­sa­je de amor in­con­di­cio­nal. En una char­la que dio en San Francisco, los me­dios de co­mu­ni­ca­ción le plan­tea­ron el reto de dar abra­zos por las ca­lles, se­gui­do de un equi­po de TV.

Lee sa­lió y vio a una jo­ven en­car­ga­da de un par­quí­me­tro que lo

¿QUE PA­SA? DI­JO LEE A LAS EN­FER­ME­RAS. “EN 20 AÑOS, ES LA PRI­ME­RA VEZ QUE VE­MOS REÍR A JHON”

es­ta­ba pa­san­do mal. Ca­mi­nó ha­cia ella y le di­jo: “Soy el juez de los abra­zos, creo que a ti te ven­día bien uno”. Ella acep­tó y son­rió.

“Vie­ne un bus”, ex­pre­só el co­men­ta­ris­ta de TV. Los cho­fe­res de au­to­bús de San Francisco son la gen­te más du­ra, des­cor­tés y mez­qui­na que hay en la ciu­dad. “A ver si con­si­gue que lo abra­cen”. El bus lle­gó a la pa­ra­da, y Lee di­jo: “Ho­la, soy el juez de los abra­zos. El su­yo de­be de ser uno de los tra­ba­jos más ago­ta­do­res del mun­do. Hoy ofrez­co abra­zos pa­ra ali­viar­les un po­co la car­ga. ¿Le ape­te­ce uno?”. El hom­bre de un 1.84 m y más de 90 ki­los, se le­van­tó del asien­to, ba­jó y le di­jo: “¿Por qué no?”. Y así pa­só el reto.

Un día, una ami­ga lla­mó a su puer­ta. “Lee, coge tus equi­pos de abra­zar y va­mos al ho­gar de in­ca­pa­ci­ta­dos”. Lle­ga­ron, co­men­za­ron a re­par­tir glo­bos, som­bre­ros y abra­zos en­tre los pa­cien­tes. Lee se sen­tía in­có­mo­do, nun­ca ha­bía abra­za­do a un en­fer­mo ter­mi­nal, ni con dis­fun­cio­nes fí­si­cas o men­ta­les.

Se su­ma­ron los mé­di­cos y las en­fer­me­ras. Lee lle­gó don­de Jhon, es­te te­nía un ba­be­ro so­bre el cual ba­bea­ba sin pau­sa. Lo mi­ró, se des­ani­mó y su ami­ga le di­jo: “Es un ser hu­mano”. Él ins­pi­ró, se in­cli­nó, lo abra­zó, y Jhon chi­lla­ba y reía. Los acom­pa­ñan­tes llo­ra­ban, ja­más vie­ron esa reacción en aquel hom­bre.

Así de sen­ci­llo es cam­biar en al­go la vi­da de la gen­te.

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