“LA SE­QUÍA RE­CRU­DE­CE EN EL PLA­NE­TA”

El director del La­bo­ra­to­rio Cli­ma­to­ló­gi­co Sud­ame­ri­cano con se­de en Tu­cu­mán (Ar­gen­ti­na), Juan Mi­net­ti, tie­ne una vi­sión apo­ca­líp­ti­ca por la se­quía y el gra­dual ca­len­ta­mien­to del pla­ne­ta. “Qui­sie­ra vol­ver al tem­plo y re­zar to­dos los días por el futuro de mi

El Deber Rural - - Entrevista - OS­WAL­DO RA­MOS ASTIBENA

Juan Leó­ni­das Mi­net­ti lle­gó a San­ta Cruz in­vi­ta­do por la Aso­cia­ción de Pro­duc­to­res de Olea­gi­no­sas y Tri­go (Ana­po) pa­ra di­ser­tar so­bre las pro­yec­cio­nes del cli­ma en 2017 y su in­ci­den­cia en la agro­pe­cua­ria. Mi­net­ti em­pe­zó a tra­ba­jar a los 14 años co­mo observador me­teo­ro­ló­gi­co noc­turno en una es­ta­ción Py­me. Con la ex­pe­rien­cia ad­qui­ri­da pa­só a ser pro­nos­ti­ca­dor. Lue­go hi­zo dos es­pe­cia­li­da­des en agro­me­teo­ro­lo­gía e hi­dro­me­teo­ro­lo­gía. Ob­te­ni­da la li­cen­cia­tu­ra abor­dó un doc­to­ra­do, to­do en la Uni­ver­si­dad de Bue­nos Ai­res. Lue­go vol­vió a Tu­cu­mán. Hoy, ade­más de director de un la­bo­ra­to­rio me­teo­ro­ló­gi­co es in­ves­ti­ga­dor del Con­se­jo Na­cio­nal de In­ves­ti­ga­cio­nes y Téc­ni­cas (Co­ni­cet) y ca­te­drá­ti­co de Cli­ma­to­lo­gía en la Uni­ver­si­dad Na­cio­nal de Tu­cu­mán. — ¿Có­mo ve el pa­no­ra­ma del cli­ma re­gio­nal, con­ti­nen­tal y mun­dial? La si­tua­ción es muy com­pli­ca­da. — ¿Por qué? Mu­chas in­ves­ti­ga­cio­nes coin­ci­den en se­ña­lar que las gue­rras en el futuro se­rán por el agua. Creo que al­go va a pa­sar en ese sen­ti­do, por­que el agua va a ser cla­ve en el desa­rro­llo y, ob­vio, pa­ra la vi­da mis­ma. Pe­ro no hay que es­pe­rar mu­cho La se­quía ya es­tá cau­san­do es­tra­gos en nues­tro con­ti­nen­te. En el úl­ti­mo de­ce­nio hu­bo pe­rio­dos de se­quía ex­tre­ma en va­rios paí­ses. Hay que abrir los ojos pa­ra ver y com­pren­der la reali­dad. — ¿Có­mo ob­ser­va la si­tua­ción de Bolivia en par­ti­cu­lar? No se la pue­de mi­rar ais­la­da­men­te, por­que for­ma par­te del con­jun­to. De los cálcu­los rea­li­za­dos veo que la zo­na oeste del país su­fri­rá ma­yor se­quía has­ta den­tro de una dé­ca­da. Es­to no es na­da nue­vo. De­bo ex­pli­car que las aguas del la­go Ti­tica­ca, en la dé­ca­da del 40 del si­glo pa­sa­do, ba­ja­ron a su mí­ni­mo ni­vel, pe­ro no to­do el país se en­te­ró. Ese ba­jón del Ti­tica­ca coin­ci­dió, en aquel en­ton- ces, con los pro­ble­mas de fal­ta de llu­via en va­rias re­gio­nes de La­ti­noa­mé­ri­ca, Es­ta­dos Uni­dos, Su­dá­fri­ca y Aus­tra­lia. Fue lo que esa vez se lla­mó la se­quía de la Se­gun­da Gue­rra Mun­dial. Des­pués vi­nie­ron fuer­tes llu­vias y el Ti­tica­ca vol­vió a de­rra­mar sus re­bal­ses al Poo­pó. Si ese la­go vuel­ve a ba­jar, no quie­ro ni pen­sar en los ries­gos que ello im­pli­ca, por­que los tiem­pos ya no son los mis­mos a los de ha­ce más de 70 años. Más allá de to­das con­si­de­ra­cio­nes o es­pe­cu­la­cio­nes, lo cier­to es que la se­quía re­cru­de­ce en el pla­ne­ta. — ¿Cuál es la ra­zón, des­de el pun­to de vis­ta de la cli­ma­to­lo­gía, pa­ra que es­to su­ce­da hoy? Hay una dis­tor­sión, co­mo ya ha ocu­rri­do en Bolivia y Ar­gen­ti­na, que tras in­ten­sas llu­vias so­bre­vie­ne la se­quía, o a la in­ver­sa. Ello se de­be a dos fe­nó­me­nos: El Ni­ño y una fa­lla en el Sis­te­ma Mon­zó­ni­co. El Ni­ño es un fe­nó­meno com­bi­na­do en­tre lo que su­ce­de en el océano y la at- mós­fe­ra que afec­ta a la dis­tri­bu­ción de las pre­ci­pi­ta­cio­nes en di­fe­ren­tes par­tes del mun­do. Pe­ro la fa­lla en el Sis­te­ma Mon­zó­ni­co pro­vo­ca una per­tur­ba­ción de ma­yor es­ca­la. Eso trans­por­ta ai­re hú­me­do a la Tie­rra de ma­ne­ra irre­gu­lar. Pa­re­ce que se abre por los cos­ta­dos del con­ti­nen­te, de­ja la ma­yor ex­ten­sión sin llu­via, lue­go cae en al­gu­nos lu­ga­res ais­la­dos pro­vo­can­do inun­da­cio­nes, y en los de­más per­ma­ne­ce la se­quía, co­mo lo que ocu­rrió ha­ce po­co en La­gu­ni­llas por ejem­plo. Es­ta fa­lla es­tá su­ce­dien­do des­de 2012. — ¿Oué se pue­de ha­cer an­te es­ta si­tua­ción? Es dra­má­ti­co, es apo­ca­líp­ti­co. Qui­sie­ra vol­ver al tem­plo y que­dar­me allí a re­zar por el futuro de mis hi­jos y mis nie­tos. El te­ma del cam­bio cli­má­ti­co o del ca­len­ta­mien­to glo­bal ha lle­ga­do a un pun­to de de­fi­ni­cio­nes que re­ba­sa a la po­lí­ti­ca. Las ci­fras di­cen una co­sa, pe­ro de un la­do y del otro del mos­tra­dor, se pe­lean por qui­tar­le o au­men­tar­le dra­ma­tis­mo a la cues­tión. No es nin­gu­na no­ve­dad que el cli­ma cam­bie. Hu­bo una gla­cia­ción ha­ce 10.000 años, pe­ro la ve­lo­ci­dad con que es­tá su­ce­dien­do ha­ce que las con­se­cuen­cias sean dra­má­ti­cas, en es­pe­cial pa­ra quie­nes ven có­mo sus con­di­cio­nes de vi­da em­peo­ran con las inun­da­cio­nes, las en­fer­me­da­des trans­mi­ti­das por vec­to­res, la ani­qui­la­ción de los cul­ti­vos. Hay mu­cho por de­cir, pe­ro lo bá­si­co es que se de­ben to­mar pre­vi­sio­nes con em­bal­ses bien re­sis­ten­tes. No mal­gas­tar el agua

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