El can­san­cio de Messi

El Deber - Séptimo Día - - Fútbol - EDMUNDO PAZ SOLDÁN

Vi ju­gar a Messi dos ve­ces en un es­ta­dio. La pri­me­ra, en el ya mí­ti­co 2-6 que le en­do­só el Bar­ce­lo­na al Ma­drid en el Ber­na­béu, allá por el 2009. Ese era el Messi que más se ve en You­tu­be, el de la gam­be­ta im­pa­ra­ble, el ju­ga­dor eléc­tri­co que no pa­ra de mo­ver­se y des­bor­dar, muy bien acom­pa­ña­do por Xa­vi, Inies­ta, Henry, Etòo. Era co­mo ver a Maradona en tur­bo. Y de pa­so, me­tía go­les; hi­zo dos esa tar­de. Yo apo­yo al Real Ma­drid y a ve­ces ten­go pe­sa­di­llas con ese par­ti­do; a ve­ces sue­ño con un enano dia­bó­li­co lis­to a arrui­nar­me la vi­da. Pe­ro me la arrui­na de la me­jor ma­ne­ra po­si­ble: dis­fru­to vien­do las co­sas que le ha­ce a mi equi­po. Hay al­go de ma­so­quis­mo Messi de la me­jor ma­ne­ra po­si­ble, sin­tien­do que no me to­ca­ba a mí la hu­mi­lla­ción, y re­co­no­cien­do sin am­ba­ges que el me­jor ju­ga­dor del mundo ju­ga­ba en el equi­po con­tra­rio.

Hay va­rios Mes­sis y a ve­ces apa­re­cen to­dos en el mis­mo par­ti­do, pe­ro no hay que for­zar­los; cuan­do un equi­po acom­pa­ña, es su­fi­cien­te con de­jar­los de­ci­dir en­tre ellos cuál sal­drá a la can­cha ese día. El pro­ble­ma de esos Messi en la se­lec­ción ar­gen­ti­na es que les pi­den que sal­gan to­dos a la can­cha al mis­mo tiem­po: que uno ha­ga el pa­se de cua­ren­ta me­tros, y que otro es­té ahí, en el área, es­pe­ran­do ese pa­se pa­ra de­fi­nir; que uno gam­be­tee a cuan­to ri­val se le pon­ga en­fren­te y lue­go le ha­ga un tú­nel al por­te­ro, que ca­paz sea el mis­mo Messi.

Apar­te, tam­bién pi­den que cam­bie de ca­rác­ter: que abra la bo­ca de una bue­na vez, que sean el tí­pi­co bo­cón del de­por­te ar­gen­tino; que sea lí­der de una ma­ne­ra eu­fó­ri­ca, con dis­cur­sos pa­ra gra­bar en la me­mo­ria de ge­ne­ra­cio­nes ve­ni­de­ras (él, que es un lí­der si­len­cio­so, por­que eso es lo que se lle­va en el Ba­rça). Si Messi per­die­ra a gri­tos qui­zás se­ría más acep­ta­do; aho­ra llo­ra, pe­ro no es lo mis­mo; tie­ne que ta­tuar­se las mar­cas de la de­rro­ta, ha­cer sín­to­ma con el sín­to­ma ar­gen­tino (co­mo di­ce, ob­via­men­te, una ami­ga, que no es psi­coa­na­lis­ta pe­ro sí es por­te­ña).

To­do lo que Messi hi­zo la úl­ti­ma dé­ca­da mues­tra que la cul­pa de los fra­ca­sos al­bi­ce­les­tes no es su­ya (bueno, ya: ese úl­ti­mo pe­nal…) Tie­ne de­re­cho a can­sar­se de que le exi­jan lo im­po­si­ble. Y no­so­tros, a ape­nar­nos de que no es­té ahí nun­ca más pa­ra des­tro­zar­nos el al­ma –y ha­cer que nos ale­gre­mos vien­do có­mo nos la des­tro­za— con la ca­mi­se­ta de su se­lec­ción

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