“El is­rae­lí, cuan­do lo en­con­tré en la sel­va, co­mió to­da la no­che; no que­ría ha­blar”

El Deber - Séptimo Día - - Informe Nacional -

Es el que, arries­gan­do su vi­da, sa­lió en su lan­cha en bus­ca de un hom­bre que no co­no­cía, pe­ro que ne­ce­si­ta­ba que al­guien que co­noz­ca la sel­va acu­da en su bús­que­da. Si­gue vi­vien­do en Ru­rre­na­ba­que y aquel epi­so­dio le cam­bió la vi­da pa­ra siem­pre.

¿Có­mo re­cuer­da el res­ca­te? Ha­ce 35 años que ocu­rrió es­to. Yo es­ta­ba muy jo­ven y fuer­te, la adre­na­li­na la te­nía a flor de piel y cual­quier co­sa que in­vi­ta­ba a una aven­tu­ra, yo es­ta­ba pres­to y lis­to. Cuan­do me ha­bla­ron de la Na­val pa­ra ha­cer una ex­pe­di­ción pa­ra bus­car al is­rae­lí Yos­si Ghins­berg, yo no du­dé ni un ins­tan­te, ni di­je cuán­to me iban a pa­gar, so­lo di­je sí, y or­ga­ni­cé to­do.

Yo sa­bía que ha­cía días cua­tro per­so­nas sa­lie­ron de Apo­lo. Dos de ellos, des­pués de na­ve­gar unos días en la bal­sa, tu­vie­ron mie­do y re­gre­sa­ron a Apo­lo por la sel­va, pe­ro se per­die­ron has­ta hoy día. Los otros dos con­ti­nua­ron, nau­fra­ga­ron y se se­pa­ra­ron. Ca­da uno pen­só que el otro ha­bía muer­to. Uno de ellos, que era es­ta­dou­ni­den­se, Ke­vin Wa­lla­ce, co­gió un tron­co y se vino na­dan­do tras del río, has­ta que unos ca­za­do­res lo tra­je­ron. Él no avi­só na­da aquí, en­ton­ces no ha­bía ca­rre­te­ra, to­do era por ra­dio y a gri­tos. Se fue a La Paz y dio par­te a las em­ba­ja­das, se preo­cu­pa­ron por es­tas per­so­nas y ahí fue cuan­do me ha­bla­ron a mí. Ya ha­bían pa­sa­do 23 días.

La co­sa es que lle­gué al lu­gar, sor­tean­do mu­chos pe­li­gros, el Tui­chi es un río muy di­fí­cil y muy po­ca gen­te se ani­ma­ba a na­ve­gar­lo y no ha­bía mu­chas em­bar­ca­cio­nes. Lle­gué al lu­gar, con los da­tos que me die­ron, y em­pe­za­mos la bús­que­da a las 16:00 de se­gun­do día de sa­lir de Ru­rre­na­ba­que lo en­con­tré a Yos­si Ghins­berg, ya es­ta­ba mu­rién­do­se el hom­bre. No po­día an­dar, se­mi­des­nu­do, no te­nía za­pa­tos, com­ple­ta­men­te des­he­cho, fla­co, pa­re­cía que ha­bía es­ta­do en un cam­po de con­cen­tra­ción, le vino un ata­que de his­te­ria, de­cía: ‘No pue­de ser, me han sal­va­do’. Le pre­gun­té en son de bro­ma: ‘¿Que­rés co­mer al­go?’ ‘Por fa­vor, mu­cho,’ di­jo. Lo sa­ca­mos a la ori­lla del río, hi­ci­mos el cam­pa­men­to, ca­cé un ve­na­do pa­ra la ce­na, pre­pa­ré arroz y té, to­da la no­che co­mió el hom­bre, no que­ría ha­blar.

Al otro día lle­ga­mos a Ru­rre­na­ba­que, lo lle­vé a Na­val, no ha­bía ro­pa gran­de pa­ra él, le pres­ta­ron unos pan­ta­lo­nes. ¿La his­to­ria no aca­bó ahí no? Yo pen­sé que la co­sa aca­ba ahí, pe­ro no fue así. Yos­si es­cri­bió la his­to­ria en un li­bro, la pri­me­ra edi­ción sa­lió en he­breo, fue un best se­ller en Is­rael. El pri­mer gru­po de Is­rael que lle­gó aquí fue de tu­ris­tas, pa­ra ver si la his­to­ria del li­bro era cier­ta. Yo no es­ta­ba, me es­pe­ra­ron una se­ma­na pa­ra ha­blar con­mi­go, los lle­vé al Tui­chi, y de ahí em­pe­zó la bo­la de nie­ve. El li­bro sa­lió en di­fe­ren­tes idio­mas. Y aho­ra se hi­zo una pe­lí­cu­la. Me cam­bió la vi­da a mí, al pue­blo, a to­dos sus ha­bi­tan­tes, a la re­gión. ¿A qué se de­di­ca­ba an­tes? Me ga­na­ba la vi­da con mi lan­cha, ha­cía trans­por­te a Puer­to Li­na­res. De ahí se traían las co­sas,

“El res­ca­te me cam­bió la vi­da a mí, al pue­blo, a to­dos sus ha­bi­tan­tes, a la re­gión. An­tes me ga­na­ba la vi­da pi­lo­tean­do una lan­cha”.

no ha­bía ca­mi­nos. Em­pe­za­ron a lle­gar más is­rae­líes, vi que es­to te­nía fu­tu­ro y que iba a ser un boom pa­ra el pue­blo y me or­ga­ni­cé con los po­cos re­cur­sos que te­nía em­pe­cé a ha­cer los tours. Lue­go lle­gó una épo­ca de los ma­de­re­ros que in­va­die­ron el Tui­chi, y lo úni­co que se es­cu­cha­ban eran rui­dos de mo­to­sie­rra por to­dos la­dos. Los tu­ris­tas no que­rían ve­nir por­que ya no ha­bía ani­ma­les, los es­ta­ban ca­zan­do. En­ton­ces bus­qué otra op­ción, la de las Pam­pas, en el río Ya­cu­ma. A los tres me­ses fue el boom. Yo des­cu­brí eso. San­ta Ro­sa me dio un per­ga­mino co­mo pio­ne­ro del tu­ris­mo. En la pri­me­ra edi­ción del li­bro, Yos­si no pu­so una his­to­ria, pe­ro des­pués ya la co­lo­có has­ta en la pe­lí­cu­la. ¿Cuál es esa his­to­ria? El úl­ti­mo día que estuvo en la sel­va, le vi­nie­ron unas ga­nas de ma­tar­se, por­que ya no que­ría su­frir más. Era épo­ca de llu­via, pleno di­ciem­bre. Aga­rró una pie­dra pa­ra gol­pear­se. De pron­to se le pre­sen­tó una chi­ca y le di­ce que no ha­ga eso, ma­ña­na te van a sal­var, más bien te voy a cons­truir una ca­si­ta por­que es­ta no­che va a llo­ver mu­cho, y lo me­tió aden­tro, estuvo con él has­ta que se dur­mió. Di­ce que fue el me­jor sue­ño que tu­vo en la sel­va, por­que dor­mía a so­bre­sal­ta­do por el rui­do de los ani­ma­les

Abe­lar­do es pro­pie­ta­rio de una agen­cia de tu­ris­mo en Ru­rre­na­ba­que

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