Tres ‘hi­jos del tur­bión’ ha­cen su for­tu­na en el úl­ti­mo ani­llo

Lle­ga­ron al Plan 3.000 sin na­da y su­pie­ron em­pren­der.

El Deber - Séptimo Día - - Sociedad Tres Historias De Éxito - ROMANETH HI­DAL­GO WWW.EL­DE­BER.COM.BO

Leo­dán Quin­te­ros Mon­ta­ño, Jhonny Ri­ve­ra Car­va­jal y Va­len­tín Flo­res Yu­cra no lle­gan a ser ni un lunar de los más de 350.000 ha­bi­tan­tes que la ciu­da­de­la más po­bla­da de San­ta Cruz de la Sie­rra ha ‘pa­ri­do’ en 34 años de vi­da. Ellos son la prue­ba de que pe­ri­fe­ria no es si­nó­ni­mo de de­lin­cuen­cia ni cre­ci­mien­to des­or­de­na­do.

Es­tos mi­gran­tes, que su­pie­ron in­ver­tir sus mo­ne­das y aho­ra tie­nen mi­llo­nes, son par­te de los ciu­da­da­nos que ma­dru­gan a co­mer un buen pla­to de cal­do ca­lien­te en el mer­ca­do Los Po­ci­tos y de los que aco­mo­dan sus pues­tos en el Ur­ku­pi­ña. Ellos tie­nen muy po­co que en­vi­diar al pri­mer ani­llo de la ciu­dad, vi­ven e in­vier­ten en un dis­tri­to de 94 uni­da­des edu­ca­ti­vas, don­de los jó­ve­nes que tra­ba­jan de día pue­den es­tu­diar de no­che en el tec­no­ló­gi­co An­drés Ibá­ñez.

En la úni­ca ciu­da­de­la que go­za de un sin­di­ca­to de mi­cros, si llue­ve y es­tos no salen a tra­ba­jar los ´to­ri­tos` o las aso­cia­cio­nes de mo­to­ta­xi, con ba­rro o sin ba­rro en las ca­lles, lle­gan a más de 150 ba­rrios de la zo­na. Así es el Plan 3.000, un lu­gar don­de to­do pue­de exis­tir, me­nos la flo­je­ra.

A Va­len­tín no se lo lle­vó el río “En vez de es­tar de flo­jo echa­do en su ca­ma, hay que ha­cer al­go en la vi­da”, di­ce Va­len­tín Flo­res, el hom­bre que na­ció el 14 de fe­bre-

Hoy tie­nen em­pre­sas prós­pe­ras, pe­ro co­men­za­ron ven­dien­do pan o co­mo ayu­dan­tes de jar­di­ne­ría. No hay se­cre­tos: hay que le­van­tar­se tem­prano, arries­gar­se, in­ver­tir y tra­ba­jar muy du­ro pa­ra sa­lir de la po­bre­za ro de 1956. Wa­sa­pean­do en su va­go­ne­ta To­yo­ta a dié­sel 2016, de $us 126.000, pi­de que Die­go Can­dia, su tra­ba­ja­dor, con­duz­ca ha­cia la quin­ta 5 Her­ma­nos, pro­pie­dad del em­pre­sa­rio na­ci­do en Su­cre. Va­len­tín tie­ne 5 hi­jos y una es­po­sa que lo ‘fle­chó’ en 1983, año de la tra­ge­dia del río Pi­raí, don­de a cau­sa de la ria­da más de 3.000 fa­mi­lias que­da­ron sin ho­gar y tu­vie­ron que ocu­par te­rre­nos bal­díos ubi­ca­dos a 12 km del cen­tro de la ciu­dad de San­ta Cruz.

El tur­bión del 83, que inun­dó ba­rrios de las ri­be­ras del río Pi­raí, fue la des­gra­cia con suer­te del hom­bre que ha­ce más de 30 años co­men­zó ven­dien­do pan y hoy es pro­pie­ta­rio de una le­che­ría, una gran­ja de cer­dos, un re­si­den­cial, un co­le­gio par­ti­cu­lar, 10 ur­ba­ni­za­cio­nes y una clí­ni­ca de ter­cer ni­vel que se­rá inau­gu­ra­da en sep­tiem­bre.

Pe­ro él no hi­zo su im­pe­rio so­lo, su es­po­sa, Mar­ta Torres, fue des­de el ini­cio la mu­jer con quien reunió su ac­tual for­tu­na. La en­fer­me­ra se de­jó con­quis­tar por Va­len­tín mien­tras cu­ra­ba las he­ri­das y aten­día a los dam­ni­fi­ca­dos del tur­bión en el Plan 3.000. Con Bs 300 de ca­pi­tal de­ci­dió, jun­to con ella, ha­cer pan pa­ra ven­der. En po­cos me­ses ob­tu­vo el pri­mer cré­di­to del ban­co, $us 5.000 que pres­tó a co­mer­cian­tes, ga­nó bue­nos in­tere­ses y re­fi­nan­ció a $us 10.000 pa­ra se­guir pres­tan­do. Po­co a po­co hi­zo cre­cer su ca­pi­tal gra­cias a los in­tere­ses de las deu­das.

Lue­go cons­tru­yó el re­si­den- cial 18 de Mar­zo, ubi­ca­do a dos cua­dras del mer­ca­do de la ro­ton­da del Plan 3.000. El 31 de di­ciem­bre de 2001 ob­tu­vo un prés­ta­mo del ban­co Ga­na­de­ro y com­pró un co­le­gio en re­ma­te, con $us 500.000 em­pren­dió en el desafío que hoy más dis­fru­ta: la edu­ca­ción.

Ya con el co­le­gio a su nom­bre, em­pe­zó a ha­cer me­jo­ras, cons­tru­yó más au­las y so­lo en el pri­mer año lle­gó a te­ner 720 alum­nos más, al prin­ci­pio so­lo eran 280 y has­ta la fe­cha son más de 2.000 los ni­ños y jó­ve­nes estudiantes del Cer­van­tino. A los 45 años Va­len­tín de­ci­dió es­tu­diar

Cuan­do se com­pró un co­le­gio, Flo­res es­tu­dió Pe­da­go­gía pa­ra es­tar a la al­tu­ra

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