No a las Bar­bies, sí a las AGU­JAS

Em­pre­sa­ria. Jés­si­ca Gu­tié­rrez pre­fe­ría cos­tu­rar, an­tes que ju­gar con mu­ñe­cas. Es­tu­dió Mar­ke­ting y Pu­bli­ci­dad, pe­ro lo su­yo es el di­se­ño de mo­das.Tie­ne tres mar­cas.

El Deber - Sociales (Bolivia) - - PORTADA - CRIS­TIAN MASSUD. TEX­TO LAU­REN WILLE. FO­TOS

Mis pa­dres de­cían que te­nía que es­tu­diar una ca­rre­ra que me die­ra pla­ta. No Di­se­ño”

Ha­ce­mos pren­das per­so­na­li­za­das. Tam­bién te­ne­mos la ta­lla plus si­ze”

Frun­ció las ce­jas. La aga­rró del ca­be­llo ru­bio y la de­jó bo­ta­da en el pi­so. Odia­ba a la Bar­bie. So­lo que­ría sus agu­jas, sus te­las y sus mol­des. Na­die pu­do cam­biar­la. Siem­pre so­ñó con ser una gran di­se­ña­do­ra. Que­ría ves­tir a otra mu­jer co­mo ella con un tra­je de ba­ño sen­sual que bri­lla­ra en una pis­ci­na o en una pla­ya.

Sus pa­dres ya la ha­bían ob­ser­va­do. Y no es­ta­ban de acuer­do. Cuan­do Jés­si­ca Gu­tié­rrez cre­ció, se fue con­tra ellos y el mundo para ha­cer pre­va­le­cer sus idea­les. “Mis pa­dres de­cían que te­nía que es­tu­diar una ca­rre­ra que me die­ra pla­ta. No eso”, cuen­ta.

Una vez, en cues­tión de ho­ras, su vi­da cam­bió. Un avión la lle­vó al otro la­do de la Tie­rra y la de­jó por 10 años en Yo­koha­ma, la se­gun­da ciudad más po­bla­da en Ja­pón. Era otra cultura, otra realidad. Tu­vo que adap­tar­se. Pe­ro siem­pre tra­ba­jó y fue au­to­di­dac­ta. Ese sue­ño de ni­ña que pa­re­cía su­per­fluo, ja­más lo fue. Nun­ca se des­co­nec­tó de lo que que­ría. Iba a las tien­das, leía las re­vis­tas, mi­ra­ba des­fi­les... Esa era ella.

Ya en San­ta Cruz es­tu­dió Mar­ke­ting y Pu­bli­ci­dad, pe­ro se sen- tía en­cap­su­la­da y a los dos años de la ca­rre­ra se me­tió a es­tu­diar Di­se­ño de Mo­das. No la ter­mi­nó, por­que lle­gó a un pun­to don­de cre­yó que ya te­nía la ba­se teó­ri­ca y era el mo­men­to de ac­tuar.

La hi­per­ac­ti­vi­dad es co­mo su som­bra. En Ja­pón es­tu­dió Di­se­ño Gráfico y en Bo­li­via pa­só por In­fo­cal y por las en­se­ñan­zas de Dan­ner Lu­na. Y no se que­dó quie­ta. Res­pi­ró en Ar­gen­ti­na, Bra­sil y Pe­rú, y en to­dos esos lu­ga­res se pre­pa­ró co­mo di­se­ña­do­ra. “Es­to de cos­tu­rar, crear... se lo de­bo a mi abue­la. Ella me pa­só su pa­sión”, re­la­ta. Y aho­ra su maes­tra ha po­di­do ver có­mo su nie­ta se trans­for­mó en una re­fe­ren­cia den­tro del mundo de la mo­da.

Di­se­ña­do­ra, no modelo

Eso de es­tar su­mer­gi­da en el ta­ller en­tre mi­les de re­ta­zos de te­las y mol­des va con ella. Eso de pa­rar­se fren­te a un len­te fo­to­grá­fi­co o una cá­ma­ra de TV, no. Pe­ro Lau­ren Wille y Al­fre­do So­la­res la con­ven­cie­ron y por pri­me­ra vez po­só co­mo ma­ni­quí con su crea­ción. Qui­zá no lo vuel­va a ha­cer.

En 2012 co­men­zó a di­se­ñar uni­for­mes ba­jo el se­llo de Ban­zai. Un año des­pués lan­zó Puppy Lo­ve, que son tra­jes para las mas­co­tas. En 2015 creó Ka­waii Swim­wear, tra­jes de ba­ño para mu­je­res y aho­ra para hom­bres; en 2019 lan­za­rá una lí­nea de­por­ti­va fit­ness. Ya lle­va cua­tro edi­cio­nes del Bo­li­via Mo­da y en la Ex­po­tex­til de Pe­rú co­se­chó aplau­sos. Apun­ta a se­guir cre­cien­do.

Na­da de to­do eso fue fá­cil. Una vez se fue a Li­ma para ad­qui­rir una má­qui­na de su­bli­ma­ción tex­til, pe­ro se la re­tu­vie­ron en la Adua­na du­ran­te ocho me­ses. Cuan­do ya la tu­vo en Bo­li­via co­men­zó a plas­mar sus crea­cio­nes en di­mi­nu­tos bi­qui­nis.

Sus ami­gas son sus gran­des clien­tes, pe­ro la mar­ca ya se ven­de sola en re­des so­cia­les. Di­ce que la mu­jer bo­li­via­na es co­que­ta y le gus­ta ser sen­sual. Ella igual. Y por eso es­tá para ves­tir­la.

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43. Para los adu­la­dos. Tie­ne di­se­ños para los pe­rri­tos4. En el Bo­li­via Mo­da. Ofre­ce va­rias op­cio­nes para las mu­je­res

1 y 2. Co­mo modelo.Se ani­mó a po­ner­se tra­je de ba­ño 3

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