Ro­mi­na: “Na­da es VER­DAD”

La mo­de­lo re­ve­la que su ‘ex’ es­tá ve­ta­do en Mé­xi­co y no sa­be na­da de él. Nie­ga ha­ber ven­di­do su cuer­po y ser par­te de un su­pues­to ‘clan de la dro­ga’.

El Deber - Sociales (Bolivia) - - PORTADA - CRIS­TIAN MASSUD. TEX­TO PA­BLO AN­DRÉS MON­TE­RO. FOTOS

Él iba al si­có­lo­go. Lo per­do­né va­rias ve­ces, por­que creía en él. Pe­ro nun­ca cam­bió"

Me ope­ré la na­riz y los pe­chos. Mis ami­gas me to­can la co­la pa­ra sa­ber si me au­men­té"

Ge­mía. Se agi­ta­ba. Pa­tea­ba. Pu­ñe­tea­ba. Unas ma­nos mez­qui­nas ‘en­car­ce­la­ban’ su cue­llo y le cor­ta­ban la res­pi­ra­ción. Que­ría za­far­se de ese mons­truo que la te­nía en sus ga­rras y que la po­seía ho­rro­ro­sa­men­te. Es­te ser le ha­bía qui­ta­do la ro­pa, se es­tru­ja­ba sobre ella y la gra­ba­ba en el ce­lu­lar. Le es­cu­pía que des­trui­ría su vi­da y que la hun­di­ría pa­ra siem­pre en el in­fierno. Eso hi­zo añi­cos su dig­ni­dad. Ese fue el epi­so­dio más es­pan­to­so que vi­vió la ex­rei­na de be­lle­za Ro­mi­na Ro­ca­mon­je. De eso y mu­cho más es lo que ha­bla en es­ta ex­clu­si­va con EL DE­BER.

La tor­men­ta

Sí. Fue pre­sa de su ex­cor­te­jo. La ja­ló de su ca­be­lle­ra y la gol­peó en mu­chas oca­sio­nes. Pe­ro esa vez que­ría ma­tar­la. Se lo di­jo con esos ojos ro­jos y ese as­pec­to en­de­mo­nia­do que ya la ru­bia ha­bía vis­to an­tes. No dur­mió. Y en un mo­men­to qui­so to­mar el te­lé­fono y huir de su pro­pia ca­sa, pe­ro él se aba­lan­zó de nue­vo sobre su cuer­po y vol­vió a cap­tu­rar­la.

Por la ma­ña­na la ex­miss Bo­li­via lo con­ven­ció pa­ra que sa­lie­ran de la ca­sa, por­que lle­ga­ría la mu­jer de servicio. En el au­to si­guió gol­peán­do­la y cuan­do la es­tre­lló sobre el vo­lan­te, se dis­pa­ró la bo­ci­na y la gen­te co­rrió a au­xi­liar­la. Un hom­bre la ja­ló por la ven­ta­ni­lla. Él hu­yó. Y el ho­rror de­sa­pa­re­ció.

Ro­mi­na cre­yó en él siem­pre. Sus se­res que­ri­dos le ha­bían ad­ver­ti­do sobre la ex­tra­ña for­ma de ser del hom­bre, pe­ro ella hi­zo oí­dos sordos. Hoy, des­pués de dos años, es­tá arre­pen­ti­da. La pri­me­ra vez que la gol­peó, él le pi­dió per­dón y ella lo acep­tó. La se­gun­da, tam­bién. Y la ter­ce­ra. Des­pués vino una es­ca­la de vio­len­cia in­fi­ni­ta. “De­bí ha­ber­lo de­te­ni­do, no en la ter­ce­ra, sino en la se­gun­da. Una mu­jer no de­be per­mi­tir que la to­quen”, se la­men­ta.

La ma­ni­quí pen­sa­ba que lle­ga­ría el día en que él cam­bia­ría. Pe­ro nun­ca lle­gó. “Él re­cu­rrió a ayu­da pro­fe­sio­nal. Pe­ro iba un tiempo y lue­go la de­ja­ba”, re­la­ta. “Siem­pre apa­re­cía con los ojos ro­jos y exal­ta­do. Creo que con­su­mía sus­tan­cias ilí­ci­tas”, si­gue. Eso de que era adic­to y dis­tri­buía dro­ga, no le cons­ta, pe­ro al pa­re­cer lo del con­su­mo sí era cier­to. “Una vez, en Can­cún, él pro­ta­go­ni­zó un es­cán­da­lo y lo de­por­ta­ron. No tie­ne pi­sa­da en Mé­xi­co”, re­ve­la.

La ver­dad

Ca­lló por­que no que­ría el me­dia­tis­mo de su dra­ma, in­clu­si­ve su ma­dre le pi­dió que no hi­cie­ra na­da. Pe­ro, an­te la vio­len­cia, acu­dió a un abo­ga­do y reali­zó un do­cu­men­to que ha­bla­ba del ca­so. Una se­ma­na an­tes de Ex­po­cruz 2018 su­ce­dió esa fa­tí­di­ca no­che. Lim­pió sus lá­gri­mas y cum­plió con su con­tra­to de mo­de­lo co­mo si na­da hu­bie­ra pa­sa­do. En esos días se to­pó con su agre­sor en un bo­li­che fue­ra de la fe­ria y él, al ver­la, la ti­ro­neó del ca­be­llo y le lan­zó una iro­nía. Ella hu­yó. Al mi­rar su ca­so en la TV, se dio cuen­ta de que ja­más de­bió ha­ber ca­lla­do. “Cuan­do me vi, me odié y lo odié a él; aho­ra le pi­do a Dios que me qui­te el odio. Soy cris­tia­na. Des­de ni­ña iba a la es­cue­la do­mi­ni­cal, aun­que mi ma­dre era ca­tó­li­ca. Leo la Bi­blia. Creo en Dios”, se­ña­la.

Des­pués co­men­zó otro cal­va­rio, la jus­ti­cia. Te­nía seis días de im­pe­di­men­to. Las mar­cas de mor­di­das en su cuer­po y su cue­llo mo­ra­do ya se per­die­ron. Una sar­gen­to lle­vó su ca­so y en­tre­gó la ci­ta­ción en la ca­sa del hom­bre. No lo en­con­tró. Pe­ro -se­gún Ro­mi­na- él es­ta­ba dan­do vuel­tas con su au­to en el ba­rrio. “Yo me pre­gun­to: ¿Por qué no lo atra­pa­ron en ese mo­men­to? Al otro día cam­bia­ron de po­li­cía”, ase­gu­ra. Y con­ti­núa: “La jus­ti­cia en Bo­li­via es co­rrup­ta. Aho­ra me doy cuen­ta por­qué hay tan­ta gen­te que su­fre en sus ca­sos. Si hu­bie­ra pa­ga­do, ya lo hu­bie­ran atra­pa­do ha­ce tiempo. Su ma­dre di­jo que que­rían ne­go­ciar con­mi­go, pe­ro que bo­rre la de­man­da. ¡Qué atre­vi­mien­to!”.

Él es­tá pró­fu­go. Ro­mi­na no lo tie­ne ocul­to, co­mo di­cen las malas len­guas. No han ha­bla­do

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