Ho­me­na­je a la inigua­la­ble dio­sa del soul, Aret­ha Fran­klin.

El jue­ves. Aret­ha Fran­klin mu­rió a los 76 años de edad en su ca­sa de De­troit, des­pués de lu­char con­tra el cán­cer. Lu­cha. Lle­va­ba años tra­tan­do de com­ba­tir la en­fer­me­dad, lo que hi­zo que se vie­ra obli­ga­da a apar­tar­se de los es­ce­na­rios el pa­sa­do año.

Los Tiempos - Lecturas - - Portada - JO­SÉ M. GÓ­MEZ EL MUN­DO

Ya sa­ben que una de las cla­ves de la mú­si­ca nor­te­ame­ri­ca­na es la que une el cie­lo con el in­fierno. Lo sa­gra­do y lo pro­fano. Los can­tos de las igle­sias con el cru­ce de ca­mi­nos en el que el dia­blo ten­tó al blues­man. Pa­ra unos, una del­ga­da lí­nea que se­pa­ra la vir­tud y el pe­ca­do; pa­ra otros, un lar­go e inevi­ta­ble ca­mino. Du­ran­te sus pri­me­ros años en Memp­his, Aret­ha es la hi­ja del pre­di­ca­dor Cla­ren­ce L Fran­klin y de la can­tan­te de gos­pel, Bar­ba­ra Fran­klin que aban­do­nó el ho­gar cuan­do Aret­ha te­nía seis años y mu­rió cuan­do la fu­tu­ra Rei­na del Soul te­nía 10. Aret­ha tie­ne su pri­mer hi­jo a los 12, el se­gun­do a los 14. Muy pron­to su pa­dre des­cu­bre el ta­len­to y las ca­pa­ci­da­des de Aret­ha; el pre­di­ca­dor era un hom­bre se­ve­ro con ten­den­cia a los líos de fal­das que ven­día mu­chos dis­cos con sus ser­mo­nes.

Una igle­sia

En De­troit el pre­di­ca­dor ha­bía fun­da­do una igle­sia bap­tis­ta y es­ta­ba muy bien re­la­cio­na­do, era ín­ti­mo de Mar­tin Lut­her King y las gran­des fi­gu­ras del gos­pel ( Maha­lia Jack­son y Cla­ra Ward) eran ha­bi­tua­les en su ca­sa. Re­su­mien­do, co­mo en el jazz y en el blues, los ar­tis­tas gos­pel emi­gran del sur al nor­te. Louis Ams­trong y Muddy Wa­ters fue­ron a Chica­go en di­fe­ren­tes mo­men­tos y cir­cuns­tan­cias, y el jazz y el blues evo­lu­cio­na­ron, Aret­ha tam­bién pe­ro tie­ne pre­ce­den­tes: Ray Char­les, Sam Coo­ke o Jac­kie Wil­son trans­for­ma­ron lo sa­gra­do en pro­fano y el ór­gano de las igle­sias ( el B3) se fue a los clu­bes. John Ham­mond ( el des­cu­bri­dor de Bi­llie Ho­li­day) la fi­cha pa­ra el se­llo Co­lum­bia, don­de ha­ce dis­cos no­ta­bles, na­da com­pa­ra­do con la ver­da­de­ra tran­si­ción que sig­ni­fi­ca su des­em­bar­co en el se­llo Atlan­tic.

La voz y el so­ni­do de una lu­cha

Aret­ha se con­vier­te en la voz y el so­ni­do de la lu­cha por los de­re­chos ci­vi­les. Su ver­sión de la com­po­si­ción de Otis Red­ding Res­pect se con­vier­te en el ca­mino a se­guir. El 4 de abril de 1968 ase­si­nan a Mar­tin Lut­her King y Aret­ha en­to­na un gri­to pri­ma­rio y des­ga­rra­dor en el fu­ne­ral, po­cos días más tar­de se em­bar­ca en una gi­ra que la lle­va al nor­te de Eu­ro­pa, ac­túa en Sue­cia y Ho­lan­da pe­ro al lle­gar a Ita­lia su voz se rom­pe, la gi­ra se sus­pen­de. Qui­zá fue ahí don­de sin­tió el pri­mer vér­ti­go. En enero de 1972, Aret­ha gra­ba en di­rec­to un dis­co de gos- pel, Ama­zing Gra­ce, la cul­mi­na­ción de un es­ti­lo, el fi­nal del ca­mino. Na­die vol­ve­rá a gra­bar un dis­co se­me­jan­te, nun­ca un dis­co de gos­pel lle­gó a tan­ta gen­te y nun­ca tan­tos ag­nós­ti­cos es­tu­vie­ron de acuerdo en que no im­por­ta­ba que el te­ma fue­ra, o no, re­li­gio­so, im­por­ta­ba el có­mo. No hay en la mú­si­ca an­glo­sa­jo­na otro ejem­plo igual de éx­ta­sis co­lec­ti­vo.

La gra­cia di­vi­na

Aret­ha can­ta a la gra­cia di­vi­na y a la des­gra­cia hu­ma­na y lo ha­ce des­de el atril del pre­di­ca­dor con un ami­go de su pa­dre: Ja­mes Cle­ve­land y el co­ro de la co­mu­ni­dad del sur de Ca­li­for­nia. Afor­tu­na­da­men­te, ade­más del dis­co, Sid­ney Po­llack gra­ba el con­cier­to que ha per­ma­ne­ci­do iné­di­to has­ta ha­ce tres años por desave­ne­cias en­tre la can­tan­te y los pro­duc­to­res. Un vi­deo en el que apa­re­ce Mick Jag­ger pre­so del fer­vor gos­pel del mo­men­to. Aret­ha nun­ca can­tó aquí. En Es­pa­ña las ga­nas de Iña­ki Añua di­rec­tor del fes­ti­val de jazz de Vi­to­ria por con­tra­tar a la Rei­na del Soul fue­ron inú­ti­les. Añúa ha­bía con­se­gui­do que las gran­des di­vas del jazz pa­sa­ran por el fes­ti­val. Ella Fit­ge­rald, Sa­rah Vaug­han y Car­men McRae pa­sa­ron por Vi­to­ria pe­ro to­dos los in­ten­tos por con­tra­tar a la Fran­klin siem­pre cho­ca­ban con un ar­gu­men­to de sus re­pre­sen­tan­tes: Aret­ha tie­ne mie­do a vo­lar.

“Aret­ha se con­vier­te en la voz y el so­ni­do de la lu­cha por los de­re­chos ci­vi­les.”

Du­ran­te su ju­ven­tud. Aret­ha Fran­klin, la gran di­va del soul.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Bolivia

© PressReader. All rights reserved.