LA PIEL DE MER­CURY

Caras (Chile) - - LA FOTO - Por Al­fre­do López

Soy gay co­mo un nar­ci­so”, di­jo Fred­die Mer­cury en los años ‘80 cuan­do los ru­mo­res de su vi­da se­xual aca­pa­ra­ban la por­ta­das sen­sa­cio­na­lis­tas con más afán de mor­bo que de aper­tu­ra mo­ral. Lí­der de una ban­da que hi­zo re­fe­ren­cia des­de sus ini­cios a su ma­triz ho­mo­se­xual, di­cen que res­pon­día con la irre­ve­ren­cia de un prín­ci­pe en su cor­te. Co­mo Queen, la ban­da, eran el gri­to de una es­ce­na do­mi­na­da por las rei­nas de la noche, las mis­mas que en­cum­bra­das en ta­co­nes cen­te­llean­tes y pe­lu­cas aleo­na­das, can­ta­ban

I want to break free, esa can­ción que in­vi­ta­ba con pa­sos roc­ke­ros a dar un sal­to de li­ber­tad.

Esas bo­fe­ta­das so­cia­les y reivin­di­ca­ti­vas eran lo que más apa­sio­na­ba a Mer­cury. En­ga­la­na­do con ar­mi­ño y co­ro­na en la ca­be­za, era un em­pe­ra­dor des­de las ori­llas. Un hi­jo de in­mi­gran­tes que ve­nían de Zan­zí­bar, una is­la que al­gu­na vez fue per­sa, lue­go bri­tá­ni­ca y fi­nal­men­te que­dó nom­bra­da co­mo Tan­za­nia. En sus orí­ge­nes, en­con­tró más fuer­za pa­ra acep­tar la di­fe­ren­cia y des­de esa ve­re­da co­men­zó el re­clu­ta­mien­to de quie­nes se­rían sus com­pa­ñe­ros en es­te nue­vo ca­mino. Pa­ra ini­ciar­lo de­jó su nombre de na­ci­mien­to, Fa­rrokh Bul­sa­ra, y lo cam­bió por Fred­die Mer­cury, en ho­nor a una can­ción que su ma­má le in­ven­tó pa­ra can­tár­se­la. En Bohe­mian Rhap­sody, la pe­lí­cu­la del di­rec­tor Br­yan Sin­ger que se es­tre­na es­te 1 de no­viem­bre, es el ac­tor de ori­gen egip­cio Ra­mi Ma­lek quien en­car­na a es­te hé­roe de re­sis­ten­cia. Se con­cen­tró en su vi­da, pe­ro tam­bién en sus con­tor­neos y so­bre to­do en ese tim­bre im­po­si­ble de imi­tar. Las más de cua­tro oc­ta­vas de la voz de Mer­cury son has­ta aho­ra un mis­te­rio vo­cal. Ni te­nor ni ba­rí­tono, su con­di­ción de roc­ke­ro ope­rá­ti­co lo con­vier­ten en un alie­ní­ge­na en la his­to­ria de la mú­si­ca, le­jos de la cien­cia.

Los pro­duc­to­res del fil­me pro­me­ten que esa po­ten­cia es­ta­rá en el re­la­to. Lo­grar­lo es un fin. Los fa­ná­ti­cos es­pe­ran la cin­ta con de­vo­ción des­de ha­ce más de diez años, un pro­yec­to que ha si­do trun­ca­do por las di­fe­ren­cias en­tre pro­duc­to­res y los miem­bros de la ban­da, que tra­ta­ban de equi­li­brar sus ro­les fren­te a la fuer­za de Fred­die que, ade­más, era el com­po­si­tor de la ma­yo­ría de los clá­si­cos. El ex Harry Pot­ter, Daniel Rad­clif­fe, fue otro de los lla­ma­dos pa­ra en­car­nar al can­tan­te. Pe­ro fue con­si­de­ra­do una op­ción ‘po­co es­pon­tá­nea’. Las ex­pec­ta­ti­vas son al­tas y un va­cío es ca­si im­per­do­na­ble. ¿Es­ta­rá la fi­gu­ra de Mary Aus­tin, la me­jor ami­ga de Mer­cury que he­re­dó la ma­yo­ría de sus bie­nes por or­den tes­ta­men­ta­ria? Ella, la mu­jer que fue más fuer­te que sus pa­re­jas y aman­tes, es la úni­ca que sa­be el pa­ra­de­ro de su án­fo­ra de ce­ni­zas, una re­li­quia del pri­me­ro que pu­so voz de aler­ta pa­ra ven­cer el Sida, esa epi­de­mia que des­pués ame­na­zó con de­vo­rar­lo to­do.

LA FO­TO

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