TE REVELAMOS EL CA­MINO A LA SATISFACCIÓN.

LO QUE NO SABÍAS DE TUS ZO­NAS ERÓGENAS

Cosmopolitan (Chile) - - CONTENTS - Por Ma­ría del Car­men Ló­pez

Esos pun­tos de pla­cer que to­dos se mue­ren por des­cu­brir se han con­ver­ti­do en mi­tos,y se­gu­ro quie­res en­te­rar­te de ca­da de­ta­lle pa­ra al­can­zar el cie­lo con tu Mr Big. Aquí te revelamos los se­cre­tos del

ca­mino a la satisfacción.

Al­re­de­dor del se­xo hay mu­chos mi­tos y una reali­dad ex­ten­di­da de que, pa­ra lle­gar al clí­max en to­do su es­plen­dor, hay que po­ner aten­ción a las lla­ma­das zo­nas erógenas. Sin em­bar­go, pe­se a su po­pu­la­ri­dad es po­co lo que se sa­be so­bre ellas, así co­mo de la for­ma de des­cu­brir­las y es­ti­mu­lar­las, eso sin con­tar que pa­ra hom­bres y mu­je­res son dis­tin­tas y, por en­de, hay cier­ta con­fu­sión, ¡o mu­cha!

Lo co­mún es es­cu­char que el cue­llo y las boobs (en nues­tro ca­so) son los pun­tos más cla­ros de pla­cer y es un he­cho que po­drás afir­mar que así es. No obs­tan­te, más allá de lo ob­vio y de lo que las pe­lí­cu­las hot te ha­cen creer, te de­ci­mos que de­trás del pla­cer hay una vas­ta área de co­no­ci­mien­to tan­to de ti mis­ma co­mo de tu pa­re­ja, la que de­bes tra­ba­jar, de es­ta ma­ne­ra tu se­xua­li­dad se con­ver­ti­rá en to­da una ex­pe­rien­cia.

El pla­cer es de quien lo tra­ba­ja

Bus­car­lo en to­das sus ex­pre­sio­nes es par­te de la na­tu­ra­le­za hu­ma­na. Hay al­gu­nas co­sas que ge­ne­ran pla­cer gra­cias a que apren­de­mos que tal o cual si­tua­ción, sa­bor o sen­sa­ción nos lo pro­vo­ca, co­mo es el ca­so de al­gu­nos ali­men­tos o ex­pe­ri­men­tar con los cin­co sen­ti­dos, pe­ro con el se­xo es una pro­gra­ma­ción con la que ya se na­ce y –con el pa­so del tiempo y la ex­pe­rien­cia– se apren­de o no a po­ten­ciar.

Algo que no es del do­mi­nio pú­bli­co es que el prin­ci­pal cen­tro de pla­cer se en­cuen­tra en el ce­re­bro. “Ahí se se­gre­ga una sus­tan­cia quí­mi­ca lla­ma­da do­pa­mi­na y su ori­gen es­tá en las cé­lu­las ner­vio­sas que se ac­ti­van pa­ra ‘avi­sar­le’ al cuer­po que de­be pre­pa­rar­se pa­ra el dis­fru­te”, ex­pli­ca el neu­ro­cien­tí­fi­co Da­vid Lin­den en su li­bro El com­pás

del pla­cer. Y aquí hay una re­gla que nun­ca de­bes de ol­vi­dar: a mayor do­pa­mi­na más pla­cer, y si de­jas de es­ti­mu­lar su pro­duc­ción, blo­quea­rás la ca­pa­ci­dad de sen­tir­lo.

A par­tir de aquí, el pri­mer re­su­men se­ría que el prin­ci­pal pun­to de ex­ci­ta­ción y, por lo tan­to, una zo­na eró­ge­na, es el ce­re­bro, así que a pro­mo­ver la pro­duc­ción de do­pa­mi­na, pe­ro ¿có­mo lo­grar­lo? Es­ti­mu­lan­do los sen­ti­dos, es por es­to que se vuelve tan im­por­tan­te crear el am­bien­te idó­neo pa­ra el se­xo: un es­pa­cio ín­ti­mo, con bue­nos aro­mas, una ilu­mi­na­ción te­nue, un lu­gar có­mo­do y aco­ge­dor, y que tan­to tú co­mo tu pa­re­ja re­sul­ten atrac­ti­vos el uno pa­ra el otro.

El efec­to de es­to no ne­ce­si­ta ex­pli­ca­ción: cuan­do uno de los dos en­cuen­tra in­quie­tan­te algo, co­mo un olor des­agra­da­ble o un rui­do, le­jos de cen­trar la aten­ción en el momento, su men­te em­pe­za­rá a di­va­gar y la magia se rom­pe­rá; en cam­bio, si to­do lo que les ro­dea es­tá pen­sa­do con ese fin, ten por se­gu­ro que en su pie­za ex­plo­ta­rán los fue­gos ar­ti­fi­cia­les.

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