Miedo a bo­rrar­se

Ellas (Chile) - - Salud - Por: Ma­ría An­gé­li­ca Re­yes Bravo

“No sé si po­lo­leé con Juan, no sé si me ca­sé, no sé si debo le­van­tar­me, ten­go to­do con­fu­so, ¿yo tra­ba­jo to­da­vía cier­to?, ¿y tú eres mi hi­ja?, ¿qué día es hoy?, por al­go im­por­tan­te te lla­mé y se me ol­vi­dó, quie­ro ir­me a mi ca­sa, ya es tar­de, es­ta no es mi pie­za, ¿dón­de es­toy?, ¿y las lla­ves?, ¿dón­de de­jé el re­me­dio?...y de pron­to, en­cuen­tra las pa­pas en el clo­set, la ensalada en el horno de la co­ci­na, di­ne­ro en una olla, un paño de se­car lo­za en el ba­ño y el tiem­po se le acor­ta, no al­can­za a rea­li­zar lo que su­pues­ta­men­te de­be ha­cer, se de­mo­ra más de lo nor­mal en ves­tir­se, en ba­ñar­se. No re­cuer­da que es lo que te­nía que ha­cer en el día y se le­van­ta cin­co ve­ces al ba­ño du­ran­te la no­che, otros días se sien­te de mal olor, otras, se en­cuen­tra llo­ran­do o ju­gan­do con un pa­pel, a ve­ces cree que la vie­nen a bus­car para sa­lir y es­pe­ra, es­pe­ra ho­ras pe­ga­da en la ven­ta­na, mu­chas ma­ña­nas ama­ne­ce en otra pie­za, otra ca­ma… al lla­mar a sus hi­jos, a su es­po­so, na­die res­pon­de… es­tá en un cuar­to al fon­do del pa­tio y es el me­dio­día, pa­re­ce que se es­tá bo­rran­do, sien­te que es­tá per­dién­do­se.

No es novela, no es poe­sía, es la reali­dad de una mu­jer re­cién ju­bi­la­da, es una na­rra­ción en vi­vo y en di­rec­to de una lin­da mu­jer que vi­ve con un hi­jo y su ma­ri­do y ya es­tá bo­rra­da co­mo ma­dre y es­po­sa, ya mo­les­ta, ya no sir­ve, to­da su vi­da ha ido des­apa­re­cien­do y en me­dio de su con­fu­sión, ella es­tá ate­rra­da por­que na­die se da cuen­ta. No pue­de jun­tar pa­la­bras para ex­pre­sar­se es­cri­bien­do, no pue­de en­con­trar un lá­piz y cuan­do lo en­cuen­tra, co­mien­za a bus­car un pa­pel y cuan­do lo en­cuen­tra, se ol­vi­dó don­de de­jó el lá­piz y cuan­do lo en­cuen­tra, se ol­vi­dó para que lo que­ría.

¿Es la vi­da?, es la sen­ten­cia por el so­lo he­cho de vi­vir, es el fi­nal, ol­vi­dar has­ta el tono de voz, que­dar en si­len­cio, sa­ber que al fren­te es­tán los se­res que­ri­dos in­ter­ac­tuan­do, rien­do y fes­te­jan­do sin mi­rar si­quie­ra a ese rincón. Es no te­ner la ca­pa­ci­dad de equi­li­brar el cuer­po con la men­te, con la voz. Es que­dar pa­ra­li­za­da y des­va­li­da, pe­ro vi­va, a ve­ces cons­cien­te, pe­ro inex­pre­si­va y es en­ton­ces cuan­do in­va­de la tris­te­za y se sien­te el aban­dono, cuan­do na­die te acom­pa­ña a to­mar esa ta­za de té mal ser­vi­da que no re­cuer­das si es tu­ya y se en­fría o te que­mas. To­dos pa­san cer­ca, co­rren, ríen, mue­ven la si­lla de rue­da so­lo co­mo es­tor­bo del ca­mino y na­die la to­ca, na­die le ha­bla, es ig­no­ra­da.

A ve­ces es me­jor un ho­gar de an­cia­nos, don­de no se­rás cri­ti­ca­da, don­de no se­rás un es­tor­bo, o se­rás otro es­tor­bo más con quié­nes pue­des in­ter­ac­tuar, a que­dar­se den­tro de la fa­mi­lia que por ali­via­nar la con­cien­cia te tie­nen en esa ca­sa, pe­ro pa­sas a per­der­te, a ser un en­te y esa so­le­dad y tris­te­za ter­mi­nan por bó­rra­te y qui­tar­te el po­co y ma­la vi­da que lle­vas. Eso te en­ve­je­ce más el cuer­po y el al­ma, eso te en­fer­ma y en­mu­de­ce al no ser es­cu­cha­da, al no ser to­ca­da, “Una Ca­ri­cia dia­ria, una mi­ra­da dia­ria, una to­ma­da de mano con ca­ri­ño, una pre­gun­ta o un beso en la me­ji­lla, un te quie­ro, cuán­to cues­ta por Dios”. Lo die­ron to­do, lo tu­vie­ron to­do, abra­za­ron, acu­rru­ca­ron, cal­ma­ron las pe­nas de sus hi­jos, los be­sa­ron, los cui­da­ron y se pos­ter­ga­ron por ellos y es el fi­nal de to­do an­ciano, el aban­dono, ser ig­no­ra­dos, ser re­cha­za­dos por oler mal, por no ha­blar, por la in­cohe­ren­cia en­tre el ce­re­bro, el pen­sar, el ha­blar, pe­ro, la vi­da te de­vuel­ve to­do tal cual co­mo ac­tuas­te.

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