LA OLA

SE CA­PEA CON LA PA­SIÓN DE AR­TU­RO SO­TO

La Cuarta - Aniversario - - Cronología Del Año -

De la es­qui­na a la pla­ya. Edu­ca­do por las olas. Li­te­ral­men­te, Ar­tu­ro So­to (35), fun­da­dor del pro­yec­to Bu­deo, pa­só cua­tro años sur­fean­do so­lo, ale­ján­do­se de la mi­se­ria que lo ro­dea­ba pa­ra trans­for­mar­se en un agen­te de cam­bio en las po­bla­cio­nes y en el plano eco­nó­mi­co de An­to­fa­gas­ta.

“Un día nos sus­pen­die­ron las cla­ses y fui­mos a Pla­ya Ama­ri­lla con un ami­go. Ahí vi a un chi­co sur­fear y que­dé ma­ra­vi­lla­do”, con­tó emo­cio­na­do.

Pe­ro las cir­cuns­tan­cias no eran fa­vo­ra­bles, por eso, a los 13 años aban­do­nó su ho­gar y se fue a otro: una ca­sa aban­do­na­da en la po­bla­ción El Gol­fo, don­de vi­vía su abue- li­ta. Allí ex­pe­ri­men­tó el lim­bo y pu­do con­ver­tir­se en un de­lin­cuen­te, tra­fi­can­te o dro­ga­dic­to, co­mo pa­sa con un mon­tón de ni­ños de esa zo­na hu­mil­de y os­cu­ra de An- to­fa­gas­ta.

“Pe­ro cuan­do ba­jé aquí (don­de hoy es­tá su es­cue­la de body­board, a unas tres cua­dras de la po­bla­ción), me pu­se a sur­fear… Hi­ce una co- ne­xión con el mar, por­que es­tu­ve sur­fean­do cua­tro años so­lo. Vi un mon­tón de co­sas y mis pro­ble­mas se que­da­ban en el mar. La ca­li­dad de mi vi­da fue di­fe­ren­te vien­do a los del­fi­nes, las aves, un mon­tón de co­sas”, re­ve­la. Sin em­bar­go, ha­cer reali­dad su sue­ño de vi­vir del de­por­te fue di­fí­cil. No se co­no­cía el body­board en la Per­la del Nor­te y no ha­bía mar­cas que los res­pal­da­sen.

En­ton­ces, un día pu­so un le­tre­ro afue­ra de su ca­sa que de­cía “Se ha­cen cla­ses de body­board”, y ba­jó con un gru­po de ni­ños con pro­ble­mas so­cia­les si­mi­la­res a los su­yos en un ca­rro ver­du­le­ro car­ga­do de tra­jes y ta­blas vie­jas. Les en­se­ñó gra­tis que, en vez de ser de­lin­cuen­tes o tra­fi­can­tes, po­dían cam­biar esa vi­da por el de­por­te. Aun­que no to­dos to­ma­ron es­ta op­ción, sí lo si­guie­ron los bue­nos. Re­cuer­da que se han uni­do más de 100 per­so­nas y ac­tual­men­te su es­cue­la tie­ne 40 alum­nos que re­ci­ben una for­ma­ción de­por­ti­va y fi­lo­só­fi­ca dis­tin­ta a lo for­mal.

- ¿Qué te en­se­ñó el mar?

- Que es po­si­ble ha­cer lo que quie­ra. No te­nía pa­dres que me apo­ya­ran pa­ra que me di­je­ran que po­día ha­cer lo que yo qui­sie­ra. Eso tra­ta­mos de en­tre­gar­les a los ni­ños. Es en­tre­te­ni­do al fi­nal de cuen­tas. Yo es­toy en el me­jor lu­gar, ha­cien­do lo que más me gus­ta.

- Eres to­do un pro­fe­sor...

- Hoy mu­chos di­cen “ne­ce­si­to te­ner sa­lud y to­do ase­gu­ra­do en mi vi­da”. Las per­so­nas no en­tien­den que eso va a lle­gar igual, que eso va a ser una con­se­cuen­cia de se­guir tu sue­ño y esos son cam­bios im­por­tan­tes.

- ¿Qué fal­ta pa­ra que la gen­te de An­to­fa­gas­ta sea más fe­liz?

- Cuan­do tú le di­ces a un ni­ño o hi­jo qué quie­re, cuál es su fe­li­ci­dad. Y cuan­do di­gan “yo quie­ro ser ra­pe­ro, quie­ro ser in­ge­nie­ro, sur­fis­ta o ir a la lu­na”, de­ben es­cu­char un “hi­jo yo te apo­yo, pe­ro de­bes ir a la es­cue­la pa­ra te­ner edu­ca­ción y co­no­ci­mien­to pa­ra lle­gar don­de quie­res ir”. En­ton­ces, un ni­ño que bus­ca su fe­li­ci­dad es di­fe­ren­te al que va a la es­cue­la y no sa­be a qué. Lo que le fal­ta a la gen­te de An­to­fa­gas­ta es sa­ber que la ca­li­dad de vi­da no la ha­ce el di­ne­ro, la ha­ce lo fe­liz que eres.

www.la­cuar­ta.com BR­YAN SAA­VE­DRA Co­rres­pon­sal enAn­to­fa­gas­ta

Ar­tu­ro So­to OCU­PA­CIÓN: Ins­truc­tor de body board

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