Por ope­rar­se la ca­yu­ya per­dió a su ama­da, que lo des­co­no­ció en pleno ring del amor

La Cuarta - - CRÓNICA -

Doc­tor Ca­ri­ño:

Ca­da vez que me mi­ro al espejo me odio, pe­ro a con­cho. Me veo rico, pe­ro me ba­ja la ra­bia y ya van tres cristales que rom­po. Me pa­sa es­to des­de que me gas­té una po­rra­da de pla­ta co­rri­gién­do­me la tre­men­da ca­yu­ya que me gas­ta­ba, que me acom­pa­ñó des­de mi ado­les­cen­cia -cuan­do cre­ció co­mo la de Pi­no­cho- has­ta ha­ce cua­tro me­ses, cuan­do me ope­ré. ¿Por qué la fu­ria? Por­que pen­sé que mi mu­jer me desea­ría más, ya que ella, can­sa­da y to­do, se pa­ra­ba pa­ra aplau­dir­me tras el se­xo... pe­ro yo que­ría más, que­ría te­ner una ca­ra nor­mal, bo­ni­ta y no con ese pe­pino en­tre los ojos. Cuan­do me sa­ca­ron las ven­das, es­ta­ba hin­cha­do y ella no di­jo na­da, pe­ro a me­di­da que me fui nor­ma­li­zan­do, ella se pu­so fría y una noche, en me­dio de la lu­cha amo­ro­sa, me di­jo “pa­ra, no quie­ro, te veo y eres otro”. Des­pués, me pa­teó. Es­toy de­ses­pe­ra­do.

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