PO­CO

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más de seis años lle­va­mos vi­vien­do en es­te lu­gar. Nos cos­tó un po­co de­jar el an­te­rior ba­rrio, cer­ca de los co­le­gios y la vi­da ur­ba­na, pe­ro el hom­bre es un ani­mal de cos­tum­bres. ¿Qué nos ani­mó al cam­bio? Ade­más de la ubi­ca­ción a pa­sos de la au­to­pis­ta y ale­ja­da del rui­do de la ciu­dad, fue el es­pí­ri­tu de ca­sa de cam­po lo que más nos en­tu­sias­mó. El co­rre­dor que co­nec­ta ha­cia el ex­te­rior y la ex­qui­si­ta bri­sa que so­pla so­bre la co­pa de al­tos peu­mos, pa­ta­guas y otras es­pe­cies na­ti­vas de es­te sec­tor fun­da­cio­nal de Lo Bar­ne­chea trans­mi­ten una gran des­co­ne­xión.

Es­te con­tex­to suel­to, en­tre chi­leno y sil­ves­tre, es una fór­mu­la que nos iden­ti­fi­ca bas­tan­te co­mo fa­mi­lia. Los es­pa­cios per­fec­tos aquí no co­rren mu­cho, sino los múl­ti­ples usos que se les dan. Pa­ra mi gus­to, no hay na­da más tris­te que las ca­sas lin­das, pe­ro va­cías, sin al­ma. Y esa vi­da se lo­gra ge­ne­ran­do am­bien­tes que in­vi­ten a que­dar­se. La mú­si­ca es un gran ga­ti­lla­dor. Fe­li­pe, mi ma­ri­do, es me­ló­mano y con el tiem­po nues­tros tres hi­jos y yo nos he­mos ido con­ta­gian­do. El so­ni­do de las te­clas en el piano y la agu­ja so­bre el vi­ni­lo en la tor­na­me­sa ha­cen del li­ving un lu­gar abier­to a la ex­pe­ri­men­ta­ción y a la ale­gría al mis­mo tiem­po.

“UNA MU­ÑE­CA CUZQUEÑA, una pie­dra ta­lla­da de Huas­co y la clá­si­ca ca­ja de bo­to­nes de mi abue­la son re­cuer­dos que tie­nen un va­lor ne­ta­men­te emo­ti­vo”.

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