Im­per­fec­ción

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De­be ser por la año­ran­za de las na­vi­da­des ‘ame­ri­ca­nas’ (mi ma­má es grin­ga) que amo de­di­car­le tiem­po a la de­co­ra­ción de Na­vi­dad. Mi tía ha­cía una ce­re­mo­nia de “el día de ador­nar el ár­bol”, con co­mi­da y cham­pag­ne, una mi­ni­fies­ta. Mi ma­má co­men­za­ba a prin­ci­pios de di­ciem­bre con ca­len­da­rios de ad­vien­to y de­co­ra­ción. Mien­tras vi­ví en el sur y los ni­ños eran chi­cos lo lo­gra­ba un po­co más; ha­cía­mos ma­nua­li­da­des, la de­co­ra­ción del ár­bol y el pe­se­bre, has­ta que un día, co­mo si fue­se una pe­lí­cu­la infantil en que lle­ga una nu­be ne­gra o un em­bru­jo, ya nun­ca más me re­sul­tó. Co­rrien­do por la ciu­dad con suer­te al­can­zo a com­prar los re­ga­los de ami­go se­cre­to dos días an­tes. Pe­ro lo­gré des­ci­frar el por­qué... en Es­ta­dos Uni­dos, Na­vi­dad no coin­ci­de con el cie­rre de año aca­dé­mi­co, con la PSU, con los shows de fin de año, dis­fra­ces, re­ga­li­tos para las pro­fes, gra­dua­cio­nes, pa­seos de cur­sos, ese al­guien que se va y que hay que ha­cer­le una des­pe­di­da, la re­co­lec­ción es­co­lar de ali­men­tos para el ho­gar de abue­li­tos, la pla­ni­fi­ca­ción de las va­ca­cio­nes y la so­lu­ción de qué ha­cer con los ni­ños mien­tras uno tra­ba­ja... ¿ago­ta­dos?, per­fec­to, ese es mi pun­to. Que­rer te­ner la ca­sa con olor a ca­ne­la y de­co­ra­ción lin­da co­mo en Pin­te­rest o en los blogs ex­tran­je­ros es un desafío mu­cho ma­yor para no­so­tros en el he­mis­fe­rio sur. Se­ría ideal que ofi­ci­nas y co­le­gios de­ja­ran va­rias de sus ac­ti­vi­da­des para no­viem­bre o mar­zo, pe­ro mien­tras eso no su­ce­da, in­ten­tar no exi­gir­nos tan­to es fun­da­men­tal, ba­jar­le im­por­tan­cia al dis­fraz de fin de año, res­tar­le im­por­tan­cia a to­do. Vi­vi­mos en una so­cie­dad don­de la per­fec­ción es­tá so­bre­va­lo­ra­da, por so­bre la im­pro­vi­sa­ción, por so­bre lo ca­sual, lo es­pon­tá­neo, co­mo si fué­se­mos me­jo­res an­fi­trio­nas si nues­tra me­sa es­tá pues­ta más lin­da que la energía con la que re­ci­bi­mos a las vi­si­tas. Ape­lo a la im­per­fec­ción, para dis­fru­tar de ver­dad. El dic­cio­na­rio in­di­ca que si­nó­ni­mo de es­pon­ta­nei­dad es: na­tu­ra­li­dad, sen­ci­llez, fa­mi­lia­ri­dad, sin­ce­ri­dad, fran­que­za. ¿Hay al­go más im­por­tan­te a la ho­ra de ce­le­brar?

PORTAVELAS DE MA­DE­RA, HE­CHOS CA­DA UNO A MANO EN MA­DE­RA DE LENGA, COIHUE, CAS­TA­ÑO, RAULÍ O AROMO. SU FOR­MA CO­RRES­PON­DE A UNA CON­CEP­CIÓN GRÁ­FI­CA DE LAS OS­CI­LA­CIO­NES DE UNA LLA­MA.

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