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ami­gas me di­cen que es­ta casa es co­mo en­trar al jue­go Dón­de es­tá Wally”, cuen­ta la due­ña en­tre ri­sas, cuan­do in­ten­ta ex­pli­car la can­ti­dad de ob­je­tos que ha ido su­man­do y co­lec­cio­nan­do con el tiem­po en los in­nu­me­ra­bles pe­ri­plos por el mun­do.

En­car­ga­da por más de 15 años de com­prar ves­tua­rio pa­ra una mul­ti­tien­da, la due­ña cuen­ta que fue­ron los pio­ne­ros en ir a Eu­ro­pa, Chi­na y la In­dia. En ese en­ton­ces no exis­tía la can­ti­dad y va­rie­dad de pro­duc­tos de de­co­ra­ción que hay ac­tual­men­te en Chi­le. “To­do ese mun­do le­jano, de ob­je­tos pro­ve­nien­tes de cul­tu­ras mi­le­na­rias, era una no­ve­dad en nues­tro país, por eso era im­pen­sa­ble no traer­me más de un re­cuer­do de ca­da via­je”. Fue así co­mo fue­ron apa­re­cien­do las co­lec­cio­nes de hue­so, las ca­ji­tas pin­ta­das a mano chi­nas, los ca­ma­feos egip­cios, los caf­ta­nes y las al­fom­bras tur­cas, en­tre otras pie­zas.

So­bre su ex­pe­rien­cia en el re­tail, la due­ña cuen­ta que com­pra­ba pa­ra Chi­le en los mis­mos fa­bri­can­tes de Anth­ro­po­lo­gie to­dos los ac­ce­so­rios. “Ha­ce 20 años te­nía que ha­cer­se en los mis­mos pe­di­dos de Eu­ro­pa, ya que no te­nía­mos can­ti­dad. Pa­ra ha­cer pe­di­dos in­di­vi­dua­les so­lo era fac­ti­ble en In­dia, en Chi­na era im­po­si­ble, pe­ro año a año fue abrién­do­se esa po­si­bi­li­dad”. En­tre to­das las co­sas que se tra­jo en sus ma­nos en el avión du­ran­te esos años, en las con­di­cio­nes más in­creí­bles, es­ta­ban los sol­da­dos de te­rra­co­ta des­de Chi­na. “Me com­pré un bol­so es­pe­cial, por­que pe­sa­ban una to­ne­la­da, fue ago­ta­dor… y seis me­ses des­pués lle­ga­ron a las tien­das a Chi­le. Me que­ría mo­rir. Era ma­ra­vi­llo­so des­cu­brir co­sas que aún no lle­ga­ban, pe­ro du­ró po­co, so­lo diez años, y de ahí na­da nue­vo. In­ter­net fa­ci­li­tó to­do. Hoy pue­des traer lo que se te ocu­rra”, di­ce. Agre­ga que las me­jo­res ex­pe­rien­cias de vi­da fue­ron con los pro­vee­do­res in­dios. “Son gente de una ca­li­dad hu­ma­na in­creí­ble, con los años alo­ja­ba en sus ca­sas en vez de ir­me a hoteles. Ten­go con­tac­to con ellos has­ta el día de hoy”.

Pu­bli­cis­ta de pro­fe­sión, la due­ña de es­ta casa con­fie­sa que siem­pre ha te­ni­do una cla­ra in­cli­na­ción por el ar­te, el diseño y las ma­nua­li­da­des, que se ve re­fle­ja­da en los dis­tin­tos espacios. “Soy bien Handy Manny - di­ce–, de las que aga­rro el ta­rro de pintura, me pon­go los guan­tes qui­rúr­gi­cos y voy pin­tan­do to­do sin nin­gún mie­do”. Así fue co­mo se de­ci­dió y pin­tó ella mis­ma el mu­ro del comedor ne­gro. Me gusta ese co­lor, por­que es lim­pio, me­nos en el sue­lo. No se po­dría creer que los si­llo­nes tie­nen tres años gra­cias al ne­gro”, afir­ma.

LA DUE­ÑA de es­ta casa usa una he­rra­mien­ta muy su­til y que nun­ca fa­lla: to­ma dis­tin­tas te­las de sus via­jes y las si­túa en dis­tin­tos asien­tos del li­ving pa­ra dar­le un to­que de co­lor y jue­go.

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