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apro­pia­da la elec­ción de la pa­la­bra. Ma­ca­re­na Go­rro­ño di­ce que la ro­pa en sus tien­das de Santiago y Za­pa­llar “la re­pre­sen­tan”. Es al­go que pa­sa tam­bién con su ca­sa y en es­pe­cial con su co­ci­na. Hay una con­gruen­cia en to­do, un hi­lo con­duc­tor que pa­ra ella se­ría el amor por la crea­ción y lo be­llo (po­ca gen­te sa­be que es­tu­dió es­té­ti­ca en la PUC). Tam­bién in­flu­yen en su vi­sión los via­jes, que ella ha­ce coin­ci­dir con even­tos co­mo la se­ma­na de la mo­da o de la mú­si­ca en Pa­rís, y por su­pues­to el di­se­ño.

La ca­sa en la que vi­ve ha­ce cin­co años ya te­nía más de 30 exis­tien­do y mi­ran­do a un club de golf. Cuan­do lle­gó hi­zo cam­bios pro­fun­dos y en­tre ellos, co­mo gran prio­ri­dad, se am­plió la co­ci­na. “Con­fie­so que me car­ga co­ci­nar pe­ro me gus­ta que mis ami­gos co­ci­nen. Me gus­ta re­ci­bir bien. Siem­pre tu­ve la idea de que la co­ci­na iba a ser así, y se ha trans­for­ma­do en el cen­tro de reunión de la ca­sa. He he­cho co­mi­das gran­des en la te­rra­za y al fi­nal ter­mi­nan to­dos en la co­ci­na. Me die­ron la idea de que fue­ra ne­gra, pe­ro yo te­nía muy cla­ro có­mo que­ría que fue­ran los es­pa­cios; yo in­sis­tí en es­te ma­de­rón de de­mo­li­ción que es el me­són. To­dos los ador­nos los com­pré an­tes de en­con­trar la ca­sa, pen­san­do ‘es­to va es­tar en mi co­ci­na’. Ele­gí el pi­so; cuan­do to­do el mun­do se opo­nía y de­cía, ‘pe­ro có­mo tan fuer­te’, yo res­pon­día ‘no, eso es lo quie­ro’”, re­cuer­da Ma­ca­re­na.

Tie­ne ex­pe­rien­cia crean­do es­pa­cios aco­ge­do­res que la gen­te no ol­vi­da. Lo pue­den con­fir­mar sus mu­chas clien­tas en La Ca­sa Blan­ca, a la en­tra­da de Za­pa­llar, que hi­zo co­no­ci­da por sus pi­sos pin­ta­dos blan­cos, don­de lle­gó le­van­tán­do­se de uno de esos tan­tos em­ba­tes que le ha pre­sen­ta­do la vi­da. Le gus­ta pen­sar so­bre sí mis­ma que es una gue­rre­ra, una muy fe­me­ni­na. “Prác­ti­ca­men­te no ha­bía tien­das en Ca­cha­gua. Gol­peé puer­ta por puer­ta. To­dos me mi­ra­ba co­mo di­cien­do ‘es­tá lo­ca’. Fi­nal­men­te di con una ca­sa aban­do­na­da. En ese tiem­po em­pe­cé a traer ro­pa de Eu­ro­pa; an­tes yo di­se­ña­ba y con­fec­cio­na­ba. Me di cuen­ta de que a la gen­te le gus­ta­ba lo que a mí, al­go que no era el tra­je de dos pie­zas. Fue un ali­vio. Mi clien­ta se iden­ti­fi­ca con mi ro­pa”.

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