CO­MI­DA DE TA­LLER

MÁS ALLÁ DE LIENZOS, COMPUTADORES, LÁPICES, PIN­CE­LES Y HAS­TA AGU­JA E HI­LO, HAY QUE CO­MER, EL CUER­PO LO EXI­GE Y LA MEN­TE TAM­BIÉN. QUI­SI­MOS SA­BER DEL ALI­MEN­TAR­SE EN UN TA­LLER, ESE ES­PA­CIO DON­DE SE CREA Y DON­DE, POR SU­PUES­TO, DA HAM­BRE, AL ME­NOS CO­MO ALER­TA

La Tercera - MasDeco Full Diseno - - PERSONAJES - AL­BER­TO MONTT, ILUS­TRA­DOR

En un mes sal­drá el li­bro ilus­tra­do de con­ver­sa­cio­nes con su hi­ja. An­da via­jan­do en una exi­to­sa gi­ra jun­to a Li­niers en un stand up ilus­tra­do crea­do por ellos. Pu­bli­ca se­ma­nal­men­te en Qué Pa­sa y en do­sis­dia­rias.com (su blog de vi­ñe­tas ha­ce años) sa­lu­da pe­rió­di­ca­men­te. Es un hom­bre ocu­pa­do y su es­cri­to­rio/ta­ller, un es­pa­cio vi­vo, pro­pio, con un rin­cón a mo­do de trono que tie­ne dos computadores. En uno crea y en el otro de­ja co­rrer do­cu­men­ta­les va­rios y has­ta se­ries de te­le­vi­sión. Su ca­be­za es co­mo una do­ble antena pen­dien­te de es­tí­mu­los, ideas, in­tere­ses. Par­te de lo que usa pa­ra crear esos di­bu­jos con diá­lo­gos que sa­can son­ri­sas, per­so­na­jes y tam­bién co­mi­da (in­clu­yen­do li­bros com­ple­tos de re­ce­tas y su pro­pia au­to- bio­gra­fía, lla­ma­da Achio­te). En reali­dad Montt tie­ne una ter­ce­ra antena, la de la gua­ta, esa que lo obli­ga a te­ner al­gu­na co­sa que pi­co­tear du­ran­te el día, par­te de an­sie­dad, ham­bre y pre­sen­cia que le re­cuer­da que la co­mi­da “es la ra­zón de la vi­da, la ba­se de la amis­tad, el pi­lar de to­do. Sá­quen­me el se­xo, si quie­ren, pe­ro no to­quen la co­mi­da”, de­cla­ra. “Lo que más co­mo aquí son ga­lle­ti­tas y por­que­rías así. Oreo, la clá­si­ca, con un va­so de le­che al la­do”. Una fas­ci­na­ción que vie­ne de chi­co, cuan­do vi­vía en Ecua­dor y a eso de los cin­co años lle­ga­ron es­tas ga­lle­tas desatan­do es­ta in­que­bran­ta­ble pa­sión. Tam­bién hay maíz tos­ta­do, pla­ta­ni­tos dul­ces, chi­cha­rrón, go­lo­si­nas de su otro país. A ve­ces lo mi­man con sánd­wi­ches en el es­cri­to­rio y siem­pre hay un al­muer­zo ca­se­ro en el co­me­dor de su ca­sa. Sa­le mu­cho. ¿Ham­bur­gue­sas? “Me en­can­tan, por aquí las del Whi­te Rab­bit o Un­cle Fletch”, se su­ma una cos­tum­bre con el Olán de Con­dell (recuerdo de su an­ti­gua ca­sa) y el Don­ka­me Yo­ko, la nue­va sen­sa­ción ja­po ca­se­ra. De Chi­le ce­le­bra el eri­zo (“me en­lo­que­ce”), las os­tras y la em­pa­na­da (la se­gun­da me­jor de Amé­ri­ca, an­tes la sal­te­ña). El pa­raí­so es es­tar ba­jo un ár­bol de ce­re­zas co­mien­do sin pa­rar y sin tra­gar­se las pe­pas. Es un hom­bre de cam­po, chi­leno y ecua­to­riano, lleno de re­cuer­dos pla­ga­dos de co­mi­da, fres­cu­ra y cos­tum­bres. Pa­ra com­prar, al­gu­nas co­sas del sú­per, otras de la fe­ria de San­ta Ma­ría y, con una or­ga­ni­za­ción ma­yor, la Ve­ga.

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