Jai­me Ha­les, ta­ro­tis­ta

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Fun­dé Syn­cro­nia, la pri­me­ra aca­de­mia de es­tu­dios ho­lís­ti­cos en Chi­le.

Lo hi­ce en los 90, cuan­do de­jé de tra­ba­jar de abo­ga­do. Es­to es lo que más me apa­sio­na, un sue­ño que ten­go des­de ni­ño. An­tes los ta­ro­tis­tas eran prác­ti­ca­men­te per­se­gui­dos en Chi­le, pe­ro hoy ha­be­mos mu­chos. Si to­dos los chi­le­nos supieran leer el ta­rot, to­do se­ría muy dis­tin­to.

Hay gen­te que di­ce ser ta­ro­tis­ta, pe­ro es­to no es es­pon­tá­neo, es co­sa de pre­pa­ra­ción.

A mí el te­ma me gus­ta des­de ni­ño. Pri­me­ro me in­tere­sé por las lí­neas de las ma­nos, lue­go por la as­tro­lo­gía y los te­mas es­pi­ri­tua­les. Con el ta­rot em­pe­cé a los 15 años. Tu­ve que leer­lo to­do, lo bueno y lo ma­lo, por­que an­tes no ha­bía mu­cha in­for­ma­ción. No sé si los ta­ro­tis­tas que apa­re­cen en te­le­vi­sión son chan­tas. Yo he ido y no lo soy.

Cuan­do ni­ño vi­ví en Bo­li­via, pe­ro no hi­ce nin­gún ami­go bo­li­viano.

Mi pa­so por ese país no fue fá­cil. Nom­bra­ron a mi pa­pá em­ba­ja­dor y nos fui­mos to­dos a La Paz. Fue una épo­ca in­ten­sa, con co­sas muy bo­ni­tas y otras muy du­ras. Tu­ve un pro­fe­sor que gol­pea­ba a mis com­pa­ñe­ros chi­le­nos, pe­ro con­mi­go no lo ha­cía, por­que era el hi­jo del em­ba­ja­dor. Los de­fen­dí en la cla­se. Ten­go el do­lo­ro­so re­cuer­do de nun­ca sen­tir­me in­te­gra­do por los bo­li­via­nos que co­no­cí.

A los nue­ve años tu­ve que vol­ver a apren­der a ca­mi­nar.

Su­frí un ac­ci­den­te bru­tal que me sig­ni­fi­có va­rios me­ses en ca­ma. Ve­nía en una lie­bre muy chi­ca, éra­mos 30 ni­ños, to­dos api­la­dos en los asien­tos. Al cru­zar la ca­lle apa­re­ció un au­to que nos em­bis­tió, la mi­cro dio dos vuel­tas y en la úl­ti­ma sa­lí dis­pa­ra­do por la ventana. La mi­cro me ca­yó en­ci­ma. Eso me li­qui­dó, por­que yo que­ría ser fut­bo­lis­ta. Era un te­ma que me apa­sio­na­ba. Aún si­go sien­do hin­cha fa­ná­ti­co de Ca­tó­li­ca y de los gran­des ju­ga­do­res de la dé­ca­da del 50.

En el co­le­gio una vez en­ce­rra­mos a un cu­ra en un cló­set.

Lo que pa­sa es que no­so­tros te­nía­mos una ara­ña que era nues­tro sím­bo­lo y el cu­ra di­jo que eso era un sa­cri­le­gio. Rom­pió la ara­ña y la bo­tó. En­ton­ces nos ti­ra­mos en­ci­ma y lo en­ce­rra­mos. Lue­go me echa­ron del co­le­gio por re­vol­to­so, nos por­tá­ba­mos muy mal. Es­ta­ba en un plano to­tal de re­bel­día.

En Vi­lla Gri­mal­di me in­te­rro­gó el bri­ga­dier (R) Mi­guel Krass­noff.

Me de­tu­vie­ron cuan­do ve­nía sa­lien­do de mi ofi­ci­na, tres ti­pos armados me subieron a una ca­mio­ne­ta. La pa­ten­te era JDK13, la re­cuer­do has­ta hoy. El se­cues­tro se su­po an­tes de lo que ellos que­rían. Eduar­do Frei Mon­tal­va era ami­go de mi pa­dre y pu­so un re­cur­so de am­pa­ro, fue un mo­vi­mien­to tre­men­do. No tu­vie­ron más re­me­dio que de­jar­me en li­ber­tad de in­me­dia­to.

En De­re­cho fui com­pa­ñe­ro de Gu­ten­berg Mar­tí­nez, So­le­dad Al­vear y Ricardo Is­rael.

Tam­bién co­no­cí al mi­nis­tro del In­te­rior, el “Pe­ta” Fer­nán­dez, que es­ta­ba un año an­tes que no­so­tros, pe­ro re­pi­tió y fue nues­tro com­pa­ñe­ro. Yo es­ta­ba ahí, pe­ro no que­ría ser abo­ga­do. Una vez sa­lien­do de la uni­ver­si­dad que­ría ha­cer clases, pe­ro vino el Gol­pe Mi­li­tar y me echa­ron. Es­ta­ba re­cién re­ci­bi­do y no me que­dó otra co­sa que tra­ba­jar de abo­ga­do. Ahí me fui vin­cu­lan­do con el te­ma de los de­re­chos hu­ma­nos.

Los con­ce­ja­les en Chi­le no tie­nen fa­cul­ta­des pa­ra ha­cer na­da.

Sa­lí elec­to con­ce­jal por Ñu­ñoa el 2004, pe­ro al fi­nal me can­sé. Los mu­ni­ci­pios son un mo­de­lo dic­ta­to­rial crea­do por la Con­cer­ta­ción, don­de el al­cal­de tie­ne el 99% del po­der. Con­se­guí al­gu­nas co­sas, pe­ro fue­ron por­que me hi­ce ami­go del al­cal­de Sa­bat, pe­se a las gran­des di­fe­ren­cias po­lí­ti­cas que ha­bía en­tre no­so­tros.

A mis nie­tos los dis­fru­to me­nos de lo que me gus­ta­ría.

Una tie­ne 19 años, me di­ce que me echa de me­nos, pe­ro en reali­dad tie­ne su vi­da de uni­ver­si­ta­ria. Al de 10 so­lo le in­tere­san el fútbol y los jue­gos de compu­tador. Lo voy a de­jar a sus en­tre­na­mien­tos, eso sí. La me­nor tie­ne ocho años y con ella pue­do es­tar más tiem­po. Si hay que re­ga­lo­near, lo ha­go. Me de­di­co a go­zar de la vi­da. Soy in­ten­sa­men­te go­za­dor. Me en­can­ta cuan­to sien­to el vien­to, el sol y el mar.

Una vez en­ce­rré a un cu­ra en un cló­set.

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