Pa­tri­cio Na­via, cien­tis­ta po­lí­ti­co

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No me sien­to una per­so­na egó­la­tra ni va­ni­do­sa.

No me creo más de lo que soy, to­mo to­dos los días el me­tro pa­ra ir a tra­ba­jar. Ten­go cier­tas cre­den­cia­les y una ca­rre­ra aca­dé­mi­ca res­pe­ta­ble, pe­ro son co­sas que no ten­go por qué echár­se­las en la ca­ra a la gen­te.

Na­cí en Pe­rú y lue­go pa­sé por cin­co ciu­da­des dis­tin­tas en Chile.

Cre­cí en har­tos lu­ga­res di­fe­ren­tes, por­que mi pa­pá es pas­tor de la Igle­sia Ad­ven­tis­ta y via­ja­ba mu­cho. La gen­te siem­pre te pre­gun­ta có­mo era esa vi­da, co­mo si lo nor­mal fue­se so­lo la for­ma en que ellos cre­cie­ron. Lo nor­mal era cam­biar de ca­sa ca­da dos o tres años y me pa­re­cía per­fec­ta­men­te en­tre­te­ni­do. En­cuen­tro abu­rri­da la idea de cre­cer en un so­lo lu­gar to­da la vi­da.

Mi vi­da en Es­ta­dos Uni­dos fue la de un in­mi­gran­te.

Lle­ga­mos a un su­bur­bio de Chica­go sin sa­ber na­da de in­glés. Su­pon­go que me sen­tí dis­cri­mi­na­do por ser la­tino. Es­ta­dos Uni­dos es co­mo una selva, siem­pre lo vi así. Es un país di­fí­cil, pe­ro que te ofre­ce opor­tu­ni­da­des y si tra­ba­jas las pue­des con­se­guir. Me en­can­ta­ría que Chile se pa­re­cie­ra más a Es­ta­dos Uni­dos en un mon­tón de di­men­sio­nes. Si me das a ele­gir, pre­fie­ro vi­vir en Nue­va York que en Chile.

En­cuen­tro una ver­güen­za los hi­jos ma­mo­nes, que tie­nen más de 20 años y vi­ven con sus pa­dres.

Yo de­jé de vi­vir con los míos a los 18 años. Tra­ba­ja­ba, es­tu­dia­ba y pa­ga­ba mis co­sas. A esa edad hay que ir­se. ¿Te van a es­tar la­van­do la ro­pa? ¿Te van a ha­cer la co­mi­da? Pon­lo así: si no vi­ves so­lo, no tie­nes de­re­cho a vo­to. A mi hi­jo lo voy a edu­car de esa ma­ne­ra, pa­ra que sea in­de­pen­dien­te.

Soy ami­go de ME-O.

Con­ver­sa­mos siem­pre, aun­que cla­ra­men­te no es­tá en su me­jor mo­men­to. Tam­bién ten­go amis­tad con Manuel Jo­sé Os­san­dón. Mi mu­jer tra­ba­ja en su co­man­do, pe­ro per­so­nal­men­te no ten­go re­la­ción con su equi­po. Es más, dis­cre­po de va­rias de las co­sas que ha­cen.

Si no tie­nes una bue­na cuen­ta troll en Twit­ter no eres na­die.

Los trolls son ad­mi­ra­do­res que te de­di­can mu­cho tiem­po. Son ti­pos enamo­ra­dos de ti, co­mo los ni­ños que em­pu­jan a las com­pa­ñe­ras que les gus­tan. La cuen­ta de Duck Na­via es muy bue­na. Esa per­so­na tie­ne to­do mi res­pe­to, ad­mi­ra­ción y agra­de­ci­mien­to. Lo to­mo co­mo una es­pe­cie de ho­me­na­je.

Lo que ha­ce Axel Kai­ser es equi­va­len­te a lo que ha­ce Al­ber­to Ma­yol.

A Ma­yol le ten­go más ca­ri­ño, me re­cuer­da a los pas­to­res evan­gé­li­cos que pre­di­can el fin del mun­do. En 2011 anun­ció que se aca­ba­ba el mo­de­lo y aho­ra anun­cia que se aca­ba la eli­te. Si­gue pro­me­tien­do lo mis­mo, co­mo los bra­si­le­ños que in­ten­tan pre­de­cir los te­rre­mo­tos. Es igual a Kai­ser, que di­ce que en cual­quier mo­men­to vie­nen los co­mu­nis­tas a co­mer­se a los ni­ños. Am­bos son ac­ti­vis­tas y no aca­dé­mi­cos.

La carta fil­tra­da apo­yan­do a Pi­ñe­ra no sig­ni­fi­có mu­cho pa­ra mí.

Los po­lí­ti­cos son in­con­ti­nen­tes y na­tu­ral­men­te se fil­tró esa carta. En ese mo­men­to era co­lum­nis­ta de La Ter­ce­ra y la fil­tró El Mer­cu­rio. No me arre­pien­to de esa carta ni de lo que pro­vo­có. Hu­bo mu­cha gen­te de la Con­cer­ta­ción que se enojó, co­mo si hu­bie­se si­do cul­pa mía que la ma­yo­ría de los chi­le­nos vo­ta­ran por Pi­ñe­ra. Le man­dé un mail a su co­rreo per­so­nal ex­pre­sán­do­le mi apo­yo, es evi­den­te que la fil­tra­ción co­rrió por su cuen­ta.

Se­bas­tián Pi­ñe­ra siem­pre te di­ce ton­te­ras.

Es un ti­po con muy po­ca in­te­li­gen­cia emo­cio­nal. Una vez me lo en­con­tré, pre­gun­tó si me iba de via­je, le di­je que sí y me res­pon­dió: “No se preo­cu­pe, yo le cui­do a su es­po­sa”. Siem­pre ha­ce esas ta­llas des­ubi­ca­das. Si me das a ele­gir, pa­ra ir­me sen­ta­do al la­do den­tro de un avión, pre­fie­ro a Ba­che­let. Ella sa­bría que quie­res ir en si­len­cio un ra­to y no te va a mo­les­tar. Pi­ñe­ra, en cam­bio, te va a in­te­rrum­pir ca­da cin­co mi­nu­tos con sus chis­tes. Cla­ro que pa­ra ma­ne­jar el avión pre­fie­ro a Pi­ñe­ra.

Una vez un periodista se enojó por­que no le di mi co­rreo elec­tró­ni­co.

Yo es­ta­ba en Nue­va York, me lla­mó por te­lé­fono y me pre­gun­tó si me po­día ha­cer unas pre­gun­tas. Le di­je que me es­cri­bie­ra un co­rreo, que es­ta­ba ocu­pa­do. Me pre­gun­tó mi di­rec­ción y no se la di. ¿Por qué me voy a arre­pen­tir de eso? ¿Te pue­des con­se­guir el te­lé­fono de al­guien y no su email? ¡Hay que ser bien ahueo­na­do!

Si no tie­nes una bue­na cuen­ta troll en Twit­ter no eres na­die.

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