Ig­na­cio Gu­tié­rrez, con­duc­tor de te­le­vi­sión

La Tercera - Reportajes - - APUNTES - POR FREDI VELÁSQUEZ OJE­DA FO­TO­GRA­FÍA: JUAN FA­RÍAS

Tras mi sa­li­da de Chi­le­vi­sión es­tu­ve en­ce­rra­do dos me­ses en mi ca­sa. Fue una si­tua­ción ho­rren­da. No po­día sa­lir, no que­ría ver a na­die y no me ser­vían los abra­zos. Cuan­do te pa­san si­tua­cio­nes lí­mi­tes, la gen­te te pi­de mu­chas res­pues­tas. Y uno a ve­ces no tie­ne res­pues­tas pa­ra lo que sien­tes. Du­ran­te ese tiem­po no fui ca­paz de ver te­le­vi­sión. Aho­ra es­toy in­ten­tan­do vol­ver a con­fiar en la gen­te, no quie­ro pen­sar que pa­ra tra­ba­jar en te­le­vi­sión ha­ya que ser des­ho­nes­to. Es­toy mu­cho más re­la­ja­do que an­tes, ya no hay na­da que la au­dien­cia no se­pa de mí.

Cuan­do lle­gué a Santiago me hi­cie­ron le­so va­rias ve­ces. Cre­cí en Cons­ti­tu­ción, una ciu­dad muy aco­ge­do­ra, don­de to­dos se co­no­cen y no hay des­con­fian­za. Vi­ne a es­tu­diar a Santiago y fue un gran cam­bio. Una vez iba en mi­cro y me sa­qué la cres­ta, por­que no estaba acos­tum­bran­do a an­dar en mi­cro. Me ba­jé con el vehícu­lo en mo­vi­mien­to, ter­mi­né de­ba­jo del pa­ra­de­ro y me rom­pí el co­do. Ahí en­ten­dí lo que ha­bía im­pli­ca­do lle­gar a Santiago.

Fue im­pac­tan­te ver la de­mo­li­ción de mi ca­sa.

Pa­ra el te­rre­mo­to de 2010 la ca­sa que­dó en el sue­lo. Ahí vi­vían mis pa­pás y ellos se le­van­ta­ron de la na­da pa­ra sa­lir ade­lan­te. Apren­dí mu­cho de esa for­ta­le­za. Me acuer­do per­fec­to el día de la de­mo­li­ción. No que­dó na­da.

Es­tu­ve de in­ter­cam­bio un año en Es­ta­dos Uni­dos.

Fue un cam­bio bien gran­de. Era un co­le­gio al sur de Min­nea­po­lis, no ha­bía in­ter­net y mis compañeros me pre­gun­ta­ban si en Chi­le exis­tían los au­tos o si te­nía­mos te­le­vi­so­res. Eso me mo­les­ta­ba, me sen­tía dis­tin­to. Era el úni­co que te­nía el pe­lo os­cu­ro y que ha­bla­ba en es­pa­ñol. Ten­go gran­des ami­gos de esa épo­ca. Aho­ra tú vas al co­le­gio y hay una ban­de­ra de Chi­le en la en­tra­da.

Siem­pre su­pe que mi des­tino era ani­mar un ma­ti­nal.

Cuan­do en­tré a Pe­rio­dis­mo te­nía cla­ro que lo mío era la te­le, que que­ría es­tar en un ma­ti­nal y que ese ma­ti­nal era el Bue­nos Días a To­dos.

Felipe Ave­llo es el me­jor co­me­dian­te de Chi­le.

Me acuer­do de ha­ber te­ni­do gran­des dis­cu­sio­nes en SQP so­bre su ca­pa­ci­dad. Me de­cían que era un pe­rio­dis­ta y yo res­pon­día que era un co­me­dian­te y ha­bía que dar­le es­pa­cio. Ave­llo ha­cía stand up cuan­do eso no exis­tía. El pró­xi­mo año de­be es­tar sí o sí en el Fes­ti­val de Vi­ña del Mar.

Ha­go me­di­ta­ción tres ve­ces al día.

Al prin­ci­pio pen­sa­ba que no me iba a ser­vir, que me iba a que­dar dor­mi­do, pe­ro he des­cu­bier­to un mon­tón de be­ne­fi­cios. Me­di­to en la ma­ña­na, an­tes de tra­ba­jar; lue­go en la tar­de, y ter­mino en la no­che. Tam­bién ha­go Bi­kram Yo­ga, sal­go a co­rrer y a na­dar. Son co­sas que me per­mi­ten des­co­nec­tar­me.

No soy muy va­ni­do­so.

An­tes lle­ga­ba an­tes al ca­nal pa­ra que me ma­qui­lla­ran, y cuan­do iba a un lu­gar me preo­cu­pa­ba de usar la te­ni­da per­fec­ta. Aho­ra es­toy más re­la­ja­do, sal­go con lo pri­me­ro que en­cuen­tro, y si ten­go al­go im­por­tan­te, voy con mi po­le­ra y mis jeans.

El fe­mi­nis­mo de­be ser ra­di­cal.

No creo que las ra­di­ca­li­za­cio­nes sean ma­las, por­que eso nos obli­ga a to­dos a avan­zar. Si el mo­vi­mien­to no fue­ra ra­di­cal, el fe­mi­nis­mo no ge­ne­ra­ría pren­sa ni de­ba­te. Cuan­do una mu­jer di­ce que le in­co­mo­dan so­bre­ma­ne­ra los pi­ro­pos, ¿por qué no la pue­do res­pe­tar?

En un cum­plea­ños un ti­po me co­rrió mano.

Me ha­bían in­vi­ta­do a un res­tau­ran­te en Be­lla­vis­ta y lo hi­zo un ti­po que estaba cu­ra­do. Pen­sé que se ha­bía con­fun­di­do, me di vuelta y le pre­gun­té qué le pa­sa­ba. Y me res­pon­de: “Ay, que eres ma­la on­da”. Des­pués me que­dé en blan­co y me fui del cum­plea­ños.

Me es­toy pre­pa­ran­do pa­ra de­bu­tar en tea­tro.

Ha­ce años fui a ver una co­me­dia y ha­bía un per­so­na­je de un ta­xis­ta que te­nía un TOC, ahí di­je: “Me gus­ta­ría ha­cer ese rol”. Es­te año un di­rec­tor le ofre­ció una obra a mi pro­duc­to­ra. Y me di­jo que yo era ideal pa­ra ha­cer uno de los per­so­na­jes. Acep­té sin pen­sar­lo.

“Ya no hay na­da que la au­dien­cia no se­pa de mí”.

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