De­ni­se Ro­sent­hal, can­tan­te

La Tercera - Reportajes - - APUNTES - POR FRE­DI VE­LÁS­QUEZ OJE­DA FO­TO­GRA­FÍA: PA­TRI­CIO FUEN­TES Y.

Hay gen­te que si­gue pen­san­do que ten­go 18 años.

Tam­po­co es­toy tan vie­ja, ten­go 27 años, pe­ro ya pa­só un ci­clo. He tra­ta­do de des­cu­brir o ge­ne­rar mi pro­pia iden­ti­dad du­ran­te los años que han pa­sa­do. Es­tas son co­sas que un ar­tis­ta vi­ve en in­ti­mi­dad, pe­ro en mi ca­so, co­mo par­tí des­de tan chi­ca, to­do ha si­do muy ex­pues­to. La gen­te ha po­di­do ver to­das mis fa­llas, mis bús­que­das y mis re­tro­ce­sos.

Lo que bus­co a tra­vés de mi mú­si­ca es tras­cen­der, de­jar una hue­lla en el mun­do.

Es sú­per am­bi­cio­so, pe­ro esa es mi me­ta des­de lo más pro­fun­do de mi co­ra­zón. No ha­go mú­si­ca pa­ra sa­tis­fa­cer­me a mí, sino que pa­ra co­nec­tar con el pú­bli­co. Des­cu­brí que a tra­vés de eso hay una he­rra­mien­ta pa­ra po­der ge­ne­rar emo­cio­nes que es­tán un po­co per­di­das en la ac­tua­li­dad. Mis am­bi­cio­nes son gran­des, por­que quie­ro cam­biar el mun­do. Y pa­ra eso ten­go que lle­gar a la ma­yor can­ti­dad de gen­te po­si­ble.

Cuan­do ni­ña era co­mo un pe­que­ño mons­trui­to.

Te­nía una per­so­na­li­dad bas­tan­te ex­tro­ver­ti­da y lle­va­da a mis ideas. Se­gu­ra­men­te por­que era la me­nor y eso mar­có mi per­so­na­li­dad. Era una ni­ña que re­que­ría mu­cha aten­ción. So­lo me en­ten­día con la gen­te que se da­ba el tiem­po de en­ten­der­me, de es­cu­char­me y com­pren­der­me. Me sen­tía un po­co mar­gi­na­da de mi en­torno, por­que me gus­ta­ban otras co­sas y me ex­pre­sa­ba dis­tin­to.

No ten­go co­sas en co­mún con la ma­yo­ría de los jó­ve­nes de mi edad.

Mi pri­mer dis­co lo gra­bé de ma­ne­ra ama­teur a los 14 años; en­tré a la te­le­vi­sión y can­té en el Fes­ti­val de Vi­ña cuan­do era ado­les­cen­te. Vi­ví mu­chas co­sas an­ti­ci­pa­das, co­mo ga­nar mu­cha pla­ta y te­ner que li­diar con pre­sio­nes po­co co­mu­nes pa­ra al­guien de mi edad. Eso es al­go que me ha­ce ser quien soy, en­ton­ces lo abra­zo y le ten­go mu­cho ca­ri­ño a esa eta­pa.

No con­fío mu­cho en los ex­po­nen­tes que exis­ten en po­lí­ti­ca.

Más que sen­tir­me iden­ti­fi­ca­da con al­gún par­ti­do, creo que voy desa­rro­llan­do mis pro­pias creen­cias pa­ra po­der ge­ne­rar un lu­gar me­jor pa­ra vi­vir. A tra­vés de mi mú­si­ca pue­do ser un agen­te de cam­bio. No me vincu­lo con par­ti­dos o con la po­lí­ti­ca tra­di­cio­nal.

Asu­mí que Aman­go, el pro­gra­ma de te­le­vi­sión in­fan­til en el que par­tí, era un pro­duc­to con fe­cha de ex­pi­ra­ción y yo no que­ría eso pa­ra mí.

En ese mo­men­to de­ci­dí que que­ría de­di­car­me a la mú­si­ca. Ha­bía es­ta­do en va­rios pro­yec­tos de te­le­vi­sión con ape­nas 18 años, pe­ro te­nía la sen­sa­ción de que to­do eso iba a ex­pi­rar. No que­ría que mi pro­yec­to fue­ra así de in­tras­cen­den­te y por eso me fui a es­tu­diar mú­si­ca a Ar­gen­ti­na.

Cuan­do es­toy de gi­ra me dis­trai­go te­jien­do.

Tra­to de te­ner mis pa­li­llos siem­pre que sal­go a can­tar. La ver­dad es que no me que­da tiem­po li­bre pa­ra un hob­bie. Cuan­do ten­go un ra­to, tra­to de des­can­sar o lo in­vier­to en se­guir apren­dien­do nue­vas he­rra­mien­tas pa­ra dar­le más fuer­za a mi dis­cur­so co­mo co­mu­ni­ca­do­ra.

Los me­dios de co­mu­ni­ca­ción son sú­per se­xis­tas.

Siem­pre las por­ta­das ha­cia las mu­je­res tie­nen que ver por có­mo se vio, có­mo tie­ne el pe­lo o si subió o no de pe­so. Mu­chas ve­ces me he sen­ti­do vin­cu­la­da a ese ti­po de si­tua­cio­nes. Y no es por­que mi mú­si­ca no sea bue­na o no la es­cu­che na­die. La­men­ta­ble­men­te, vi­vi­mos en una so­cie­dad que res­ca­ta ese ti­po de co­sas. Soy fe­mi­nis­ta, tra­ba­jar en una ban­da so­lo con mu­je­res es mi for­ma de in­cen­ti­var cam­bios so­bre la equi­dad de ge­ne­ro.

Mi peor fra­ca­so en los es­ce­na­rios fue a los ocho años.

Es­ta­ba en un asa­do fa­mi­liar y lla­mé a to­dos mis tíos pa­ra que vie­ran mi show. Pre­pa­ré el li­ving, te­nía una co­reo­gra­fía y to­do. Me pu­se a bai­lar el “Cha Cha Cha”, que es­ta­ba de mo­da, y de re­pen­te me fui pa­ra atrás: que­bré to­da la me­sa. Fue muy tris­te.

Tra­to de te­ner com­pa­sión con la gen­te que me tro­lea en re­des so­cia­les.

A ve­ces leo los co­men­ta­rios que me lle­gan a Twit­ter y al­gu­nos son muy fuer­tes. Creo que las per­so­nas ma­lin­ten­cio­na­das ne­ce­si­tan un po­co de amor. No ten­go ra­bia con ellos. Es­toy sú­per segura de mi tra­ba­jo, de mi fí­si­co y de lo que val­go, en­ton­ces no me afec­ta ma­yor­men­te.

“Lo que bus­co a tra­vés de mi mú­si­ca es cam­biar el mun­do”.

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