¿De­be­mos te­ner un zoo­ló­gi­co?

La Tercera - Reportajes - - PORTADA - POR CAR­LA PÍA RUIZ PE­REI­RA FO­TO­GRA­FÍA PA­TRI­CIO FUEN­TES Y.

Ha­ce 93 años se creó el Zoo­ló­gi­co Na­cio­nal y en po­co tiem­po más pa­sa­rá a lla­mar­se “Eco­par­que”. Pe­ro las co­sas han cam­bia­do y son po­cos los que quie­ren ver ani­ma­les en cau­ti­ve­rio. ¿De­be­rían des­apa­re­cer los zoo­ló­gi­cos? ¿Tie­ne una ra­zón el en­cie­rro de los ani­ma­les?

Tres can­gu­ros. Es me­dio­día y son va­rios los ni­ños que hoy vi­si­tan el Zoo­ló­gi­co Na­cio­nal. Se acer­can a la re­ja. La mis­ma que mar­ca el lí­mi­te en­tre el cau­ti­ve­rio y la li­ber­tad. Hay un car­tel ver­de. “Há­bi­tat: lla­nu­ras abier­tas, ar­bo­la­das y zo­nas ro­co­sas”. Pe­ro el lu­gar no es ni abier­to ni ro­co­so. Me­nos “ar­bo­la­do”. Ape­nas unos pa­los ci­lín­dri­cos pin­ta­dos de ver­de de­co­ran el lu­gar.

-¡Hay una puer­ta! ¿Por qué no se es­ca­pan? ¿Por qué el can­gu­ro no ha­ce na­da? -le di­ce un ni­ño a su ma­má.

Los tres can­gu­ros, ti­ra­dos, apa­ren­te­men­te abu­rri­dos, se apo­yan en un pa­nel. El mis­mo que ta­pa la ciu­dad.

Una his­to­ria man­cha­da

Fue en 1875 cuan­do sur­gie­ron las pri­me­ras ideas de al­go más o me­nos pa­re­ci­do a un zoo­ló­gi­co. Una ex­po­si­ción de ani­ma­les exó­ti­cos en la Quin­ta Nor­mal de Agri­cul­tu­ra fue un éxi­to. Y en 1882 se inau­gu­ró el pri­mer pro­yec­to de zoo­ló­gi­co en la Quin­ta Nor­mal. Eran ani­ma­les y pe­ces na­ti­vos de Chi­le.

Pe­ro re­cién el 1 de sep­tiem­bre de 1925 el Pre­si­den­te Ar­tu­ro Ales­san­dri Pal­ma fir­mó el De­cre­to Su­pre­mo 4.273. Y el 12 de di­ciem­bre de ese año se inau­gu­ró lo que hoy se co­no­ce co­mo Zoo­ló­gi­co Na­cio­nal. Eran 4,8 hec­tá­reas en los te­rre­nos del ce­rro San Cris­tó­bal. Las mis­mas 4,8 hec­tá­reas que hoy ha­bi­tan 880 ani­ma­les.

El pri­mer di­rec­tor del zoo­ló­gi­co fue Car­los Reed. El ob­je­ti­vo era bien cla­ro: un si­tio ade­cua­do pa­ra que las fa­mi­lias obre­ras pu­die­ran en­tre­te­ner­se sa­na­men­te y, ade­más, un lu­gar pro­pi­cio pa­ra el res­guar­do y con­ser­va­ción de las es­pe­cies na­ti­vas que se en­con­tra­ban en pe­li­gro de extinción.

Seis mil per­so­nas asis­tie­ron al ac­to de inau­gu­ra­ción. El mis­mo que se vio en­som­bre­ci­do por el com­por­ta­mien­to de al­gu­nos vi­si­tan­tes que gol­pea­ron con bas­to­nes y pa­los a los ani­ma­les.

La pren­sa de la épo­ca cuen­ta que en ese en­ton­ces el zoo­ló­gi­co ya en sus pri­me­ros me­ses pre­sen­ta­ba pro­ble­mas. “Desas­tro­sa im­pre­sión que nos cau­sa una vi­si­ta efec­tua­da al Jar­dín Zoo­ló­gi­co del San Cris­tó­bal”, ti­tu­la­ba un dia­rio. En enero de 1926 se afir­ma­ba que los ani­ma­les es­ta­ban ex­pues­tos al sol, sin agua pa­ra ba­ñar­se y be­ber y to­tal­men­te ha­ci­na­dos.

Y ocu­rrió la pri­me­ra tra­ge­dia. Una boa argentina, pro­ve­nien­te de Bue­nos Ai­res, ha­bía muer­to, se­gún la pren­sa, por ne­gli­gen­cia del zoo­ló­gi­co.

Las no­ti­cias más ac­tua­les tam­bién plan­tea­ron que­jas. “Tras ser cap­tu­ra­do, fa­lle­ció pu­ma que se es­ca­pó del zoo­ló­gi­co”. Abril de 2002. Chin­ga, el pu­ma, se es­ca­pó de su jau­la. Te­nía 20 años, era un “ejem­plar muy va­lio­so”. Mu­rió por un pa­ro car­dio­rres­pi­ra­to­rio por es­trés. “Era la vi­da de Pam­pa o la de Jo­sé”. Ju­lio de 2012. Era un ma­cho de ocho años y uno de los tres tigres blan­cos que te­nía el Zoo­ló­gi­co Na­cio­nal. Ata­có a uno de los cui­da­do­res. Lo tu­vie­ron que sa­cri­fi­car a ti­ros. “Ma­tan a dos leo­nes del zoo­ló­gi­co de Santiago pa­ra res­ca­tar a hom­bre que en­tró a su jau­la”. Ma­yo de 2016. Fla­ca y Ma­no­lo ha­bían na­ci­do en el zoo­ló­gi­co. Te­nían 22 años. El hom­bre que se in­ten­tó sui­ci­dar, en­tran­do a su jau­la, con­cre­tó el des­tino de los leo­nes. Mu­rie­ron a ba­la­zos.

Pe­ro des­de la inau­gu­ra­ción del Zoo­ló­gi­co Na­cio­nal, en 1925, has­ta hoy, las co­sas han cam­bia­do. Es­pe­cial­men­te a ojos de los vi­si­tan­tes. Hoy na­die quie­re ver ani­ma­les en cau­ti­ve­rio.

Pa­só en Bue­nos Ai­res.

Las de­nun­cias por aban­dono y mal­tra­to de ani­ma­les se acu­mu­la­ron por mon­to­nes. El año 2015 fue dra­má­ti­co: mu­rie­ron dos lo­bos ma­ri­nos, una ma­ra y una cría de ji­ra­fa. Has­ta el go­bierno lo re­co­no­ció. “El Zoo no da pa­ra más”. Y de­ci­die­ron crear un “Eco­par- que”. Pa­ra eso ce­rra­ron el zoo en 2016 y es­te año co­men­za­ron la re­ubi­ca­ción. No ter­mi­nó bien.

Fa­lle­cie­ron tres cier­vos que ha­bían si­do re­ubi­ca­dos y 11 pe­ces de car­pas. In­clu­so, tras­cen­dió que se ha­bía eva­lua­do eu­ta­na­siar a 200 tor­tu­gas, pe­ro no pa­só. Pe­ro lue­go la mo­les­tia po­pu­lar estalló cuan­do se su­pie­ron los mon­tos por los que el zoo es­ta­ba li­ci­tan­do la re­mo­de­la­ción de los edi­fi­cios pa­tri­mo­nia­les y el di­se­ño de ca­jas pa­ra re­ubi­car ani­ma­les. Al­gu­nos sin si­quie­ra te­ner la cer­te­za de que po­drán ser tras­la­da­dos.

Un re­co­rri­do cual­quie­ra

Lo pri­me­ro que se es­cu­cha al en­trar al zoo­ló­gi­co no es el tri­nar de los pá­ja­ros o el ba­rri­to de los ele­fan­tes. Me­nos el gru­ñi­do de los tigres. Qui­zás, y so­lo qui­zás, si al­guien es ca­paz de agu­di­zar lo su­fi­cien­te el oí­do, po­dría oír los chi­lli­dos de los mo­nos.

Pe­ro no. Lo pri­me­ro que se es­cu­cha al en­trar al zoo­ló­gi­co no son ani­ma­les.

Es el so­ni­do de los au­tos que aceleran por las ca­lles ale­da­ñas. Es el so­ni­do de un mon­ta­car­gas que trans­por­ta ma­te­ria­les de aquí pa­ra allá en una cons­truc­ción cer­ca­na. Gol­pe, gol­pe, gol­pe. Es el so­ni­do de un mar­ti­llo. Pa, pa, pa.

En un día nor­mal de se­ma­na son va­rios los ni­ños que pa­sean por el lu­gar. La ma­yo­ría vie­ne a mo­do de “pa­seo de cur­so”. Y esa mis­ma ma­yo­ría, ob­via­men­te, es­tá emo­cio­na­da. Un martes en la ma­ña­na, por ejem­plo, hay ni­ños de se­gun­do y cuar­to bá­si­co. O sea, ni­ños de en­tre ocho y 10 años. La ge­ne­ra­ción Z, la ge­ne­ra­ción que na­ció con in­ter­net, vien­do vi­deos en You­Tu­be de ani­ma­les exó­ti­cos. De ele­fan­tes, co­co­dri­los, ser­pien­tes.

Los ni­ños co­rren por el re­cin­to que va en subida, al es­tar ubi­ca­do en un ce­rro. Co­rren y gri­tan. Co­rren y gol­pean las ven­ta­nas. Pa­ran y mi­ran, aho­ra, a los chim­pan­cés.

–Mi­ren el mo­ni­to. Tie­ne frío, es­tá bus­can­do sol­ci­to –ex­pli­ca una pro­fe­so­ra a dos ni­ñas.

Un ni­ño con len­tes le replica:

–Es­tá so­lo. Es­tá tris­te.

–¿Y por qué no se mue­ve el mono? –se apu­ra en de­cir otro.

Va­rios me­tros más allá, un ni­ño es­tá acom­pa­ña­do de su ma­má. Tie­ne cin­co años y usa un som­bre­ro pa­ra pro­te­ger­se del sol. Se le cae ape­nas le­van­ta la ca­be­za lo más que pue­de pa­ra mi­rar a las ji­ra­fas.

–Son enor­mes –di­ce.

Pe­ro, ob­je­ti­va­men­te, son ani­ma­les gi­gan­tes en es­pa­cios pe­que­ños. Es un rec­tán­gu­lo que, aun­que cum­ple con las exi­gen­cias in­ter­na­cio­na­les, tie­ne po­cos me­tros.

Mau­ri­cio Fabry -en­car­ga­do del “Eco­par­que” y ex­di­rec­tor del Par­que Me­tro­po­li­tano– es­tá sen­ta­do en una de las sa­las de reunio­nes del cuar­to pi­so del edi­fi­cio del Mi­nis­te­rio de Vi­vien­da y Ur­ba­nis­mo (Min­vu), or­ga­nis­mo que es­tá a car­go del Zoo­ló­gi­co Na­cio­nal. Lo pri­me­ro que di­ce es que hay que ha­cer una dis­tin­ción en­tre lo que se sa­be de las es­pe­cies en cau­ti­ve­rio versus lo que una per­so­na sien­te cuan­do ve a un ani­mal en cau­ti­ve­rio.

–Efec­ti­va­men­te, el es­pa­cio de las ji­ra­fas es pe­que­ño. Sin em­bar­go, es­te zoo­ló­gi­co es el que más ji­ra­fas ha re­pro­du­ci­do en La­ti­noa­mé­ri­ca. Las que es­tán en Pe­rú, Ecua­dor y Argentina han si­do re­pro­du­ci­das acá. Pe­ro la ex­pe­rien­cia del vi­si­tan­te al mi­rar­las no es una ex­pe­rien­cia bue­na –di­ce.

En el zoo­ló­gi­co lo ex­pli­can co­mo el “pa­ra­dig­ma de la ca­li­dad del es­pa­cio versus la can­ti­dad del es­pa­cio”. En sim­ple: la ca­li­dad, di­cen en el zoo, es mu­cho más im­por­tan­te.

–La idea es ser un ar­ca de Noé y re­po­blar. Por­que el am­bien­te na­tu­ral es ca­da vez más pe­que­ño. La na­tu­ra­le­za tam­bién es un eu­fe­mis­mo. Se nos ol­vi­dó la ley del más fuer­te, ya no tie­ne una con­no­ta­ción po­si­ti­va. Tú tie­nes una ji­ra­fa en la na­tu­ra­le­za y la ma­ta el ca­za­dor fur­ti­vo. Ma­ta­ron 87 la se­ma­na pa­sa­da -di­ce Ale­jan­dra Mon­tal­ba, di­rec­to­ra del

Seis mil per­so­nas asis­tie­ron a la inau­gu­ra­ción del zoo en 1925. Al­gu­nos vi­si­tan­tes gol­pea­ron con bas­to­nes y pa­los a los ani­ma­les.

Lo pri­me­ro que di­ce el en­car­ga­do del “Eco­par­que” es que hay que ha­cer una dis­tin­ción en­tre lo que se sa­be de las es­pe­cies en cau­ti­ve­rio versus lo que una per­so­na sien­te cuan­do ve a un ani­mal en cau­ti­ve­rio.

Zoo­ló­gi­co Na­cio­nal.

Pe­ro la his­to­ria de Ta­co ge­ne­ró de­ba­te. El oso po­lar lle­gó a Chi­le en 1998, lue­go de na­cer en 1996 en Ho­lan­da. “Mue­re Ta­co, el oso po­lar que so­por­tó va­rias olas de ca­lor en el Zoo­ló­gi­co Na­cio­nal de Santiago”, así ti­tu­la­ba la pren­sa la muer­te del ani­mal, el vier­nes 17 de abril de 2015. Fue­ron va­rios los que atri­bu­ye­ron la muer­te al po­co es­pa­cio que te­nía y las al­tas tem­pe­ra­tu­ras que de­bía so­por­tar. In­clu­so, se pen­só que po­dría ha­ber muer­to por es­trés.

Pe­ro Ta­co, se­gún la ne­crop­sia, mu­rió por una in­su­fi­cien­cia re­nal. Le fun­cio­na­ba ape­nas el 10% de sus ri­ño­nes.

Lo que no se ve

La pri­me­ra pre­gun­ta es ob­via: ¿Cuán­tos ani­ma­les de los que es­tán en ex­hi­bi­ción en el Zoo­ló­gi­co Na­cio­nal vie­nen de la vi­da sil­ves­tre?

La res­pues­ta no es tan ob­via: nin­guno. De he­cho, el 60% de la po­bla­ción del zoo­ló­gi­co vie­ne del trá­fi­co ani­mal. Un ejem­plo son los fla­men­cos.

Lle­ga­ron de­co­mi­sa­dos. Peor aún: arri­ba­ron con sus alas ampu­tadas. Esos mis­mos fue­ron li­be­ra­dos ha­ce po­cos me­ses en San Pedro de Ata­ca­ma. An­tes, otros seis fla­men­cos na­ci­dos en cau­ti­ve­rio tam­bién ha­bían lle­ga­do al lu­gar.

Pe­ro esa in­for­ma­ción no es co­no­ci­da por to­dos. Ade­más, los lu­ga­res a los que pue­de ac­ce­der un vi­si­tan­te cual­quie­ra son res­trin­gi­dos. Por ejem­plo, no pue­de en­trar al lu­gar don­de se re­cu­pe­ra­ron los fla­men­cos: el cen­tro de reha­bi­li­ta­ción que tie­ne el zoo­ló­gi­co.

Seis­cien­tos 42 ani­ma­les en 2017. Es de­cir, 1,75 ani­ma­les chi­le­nos en pro­me­dio por día re­ci­bió el zoo­ló­gi­co na­cio­nal. Ani­ma­les na­ti­vos y he­ri­dos. Ani­ma­les que son re­vi­sa­dos, reha­bi­li­ta­dos y re­in­ser­ta­dos en la vi­da sil­ves­tre por el zoo­ló­gi­co.

Hay ani­ma­les que lle­gan por trá­fi­co, de­co­mi­sa­dos por el SAG. Hay otros que ingresan intoxicados, atro­pe­lla­dos. In­clu­so, lle­gan ani­ma­les con dis­pa­ros. Al­gu­nos de ellos no lo­gran ser reha­bi­li­ta­dos. Y mue­ren.

Del to­tal de los ani­ma­les que se re­cu­pe­ran, cer­ca del 90% pue­de vol­ver a su há­bi­tat na­tu­ral.

–Rein­tro­du­cir­los es lo pri­mor­dial. Un ani­mal, lue­go de ser reha­bi­li­ta­do, lo me­jor que le pue­de pa­sar es que vuel­va a la na­tu­ra­le­za –di­ce Ale­jan­dra Mon­tal­ba, di­rec­to­ra del Zoo­ló­gi­co Na­cio­nal.

En el re­cin­to se tra­ba­ja con va­rios ani­ma­les en pe­li­gro. Por ejem­plo, con el cón­dor an­dino, el pin­güino de Hum­boldt y la ra­ni­ta de Dar­win se desa­rro­lla la re­pro­duc­ción pa­ra po­der sal­var es­tas es­pe­cies. Hay, por ejem­plo, cón­do­res que han na­ci­do en el zoo­ló­gi­co y han si­do re­in­te­gra­dos a la vi­da sil­ves­tre. Fabry lo re­su­me así:

–No exis­te una ins­ti­tu­ción más ani­ma­lis­ta que el Zoo­ló­gi­co Na­cio­nal. El tra­ba­jo de con­ser­va­ción de es­pe­cies en pe­li­gro no lo ha­ce nin­gún gru­po ani­ma­lis­ta.

Los pin­güi­nos de Hum­boldt es­tán ads­cri­tos a un pro­yec­to de con­ser­va­ción. Una de las ta­reas es re­cu­pe­rar hue­vos aban­do­na­dos y re­pro­du­cir­los en el zoo­ló­gi­co. Se tra­ba­ja con mez­clas de pa­re­jas que sean ge­né­ti­ca­men­te com­pa­ti­bles.

¿Qué ha­cer?

El do­min­go 2 de sep­tiem­bre, el Pre­si­den­te Se­bas­tián Pi­ñe­ra anun­ció la trans­for­ma­ción del Zoo­ló­gi­co Na­cio­nal en un “Eco­par­que”.

Pe­ro la idea del “Eco­par­que” no es nue­va. Na­ció en 2012, cuan­do se pro­pu­so un plan cen­te­na­rio pa­ra el Par­que Me­tro­po­li­tano. Se iba a re­no­var y am­pliar el zoo­ló­gi­co. Se hi­cie­ron al­gu­nos re­cin­tos, co­mo el de los tigres blan­cos. Mien­tras, en 2013, co­men­zó el di­se­ño del “Eco­par­que”, en el que tra­ba­jan dos co­mi­tés: uno téc­ni­co-cons­truc­ti­vo y otro

En el nue­vo pro­yec­to los lla­ma­dos “me­ga­ma­mí­fe­ros ca­ris­má­ti­cos” -ele­fan­tes, ji­ra­fas, en­tre otros- no se­rán re­no­va­dos. Los que hay van a mo­rir de vie­jos.

bio­ló­gi­co, al que apor­tan ONG ex­ter­nas.

De zoo­ló­gi­co a “Eco­par­que”. Aun­que, en sim­ple, am­bos guar­dan la mis­ma esen­cia: una co­lec­ción de ani­ma­les.

–Pe­ro más que una co­lec­ción de ani­ma­les, lo que que­re­mos es un “Eco­par­que” que pro­mue­va la con­ser­va­ción de la fau­na na­ti­va y la edu­ca­ción de la po­bla­ción en el mis­mo te­ma. Que la gen­te vea có­mo reha­bi­li­ta­mos ani­ma­les, que vean la clí­ni­ca. Un zoo­ló­gi­co ya no es co­mo en el si­glo XVIII, que es­ta­ba el con­cep­to de “so­me­ter a las fie­ras”. Los zoo­ló­gi­cos ha­cen un va­lor a la con­ser­va­ción enor­me. A mí me im­por­tan los ani­ma­les en es­ta­do sil­ves­tre -di­ce el en­car­ga­do del “Eco­par­que”.

El pi­ca­flor de Ari­ca, por ejem­plo, es­tá en pe­li­gro de extinción. En 2015, ape­nas se con­ta­ron 405 ejem­pla­res. El zo­rro de Dar­win, tam­bién en pe­li­gro, ape­nas tie­ne 600 ejem­pla­res. Seis de ca­da 10 es­pe­cies na­ti­vas chi­le­nas es­tán en al­gu­na ca­te­go­ría de ame­na­za.

–Pe­ro la gen­te no sa­be eso. En­ton­ces, la idea de la ex­hi­bi­ción es con­tar esa his­to­ria -di­ce Fabry.

Ade­más, ha­brá cam­bios es­truc­tu­ra­les. Las 4,8 hec­tá­reas que hoy ocu­pa el zoo­ló­gi­co se­rán du­pli­ca­das. Más es­pa­cio, aun­que no por eso ani­ma­les.

Ale­xis Castillo, pre­si­den­te y fun­da­dor de Edra (Equi­po de De­fen­sa y Res­ca­te Ani­mal), di­ce que, a pe­sar de que el pro­yec­to del “Eco­par­que” es­tá re­cién sien­do pu­bli­ci­ta­do, el cam­bio no pa­sa so­lo por va­riar el nom­bre. Hay que ha­cer, di­ce, un cam­bio po­ten­te.

–Lo que sé es que el es­pa­cio que hay hoy en el zoo es po­co. Se sa­be ha­ce tiem­po que no es am­plio, no es gran­de. Si me pre­gun­tan si los ani­ma­les son bien cui­da­dos, yo di­ría que sí. Den­tro de los que pue­den cui­dar en el es­pa­cio que tie­nen, y son mu­chos ani­ma­les que no de­be­rían es­tar en Chi­le. Tie­ne ai­re ca­lien­te, ca­le­fac­ción, muy bue­nos ve­te­ri­na­rios, pe­ro el es­pa­cio es na­da. En ese sen­ti­do yo creo que hay un cam­bio pro­fun­do que ha­cer, pe­ro el cam­bio no pa­sa por cam­biar el nom­bre –co­men­ta Castillo.

La pri­me­ra eta­pa del “Eco­par­que” es “Chi­le Na­ti­vo”, una se­lec­ción de flo­ra y fau­na chi­le­na que es­tá en pe­li­gro, y que va a te­ner una ló­gi­ca geo­grá­fi­ca. Re­co­rrer el país a tra­vés de los ani­ma­les.

–Y mos­trar lo que ha­ce­mos. Que los ani­ma­les ten­gan re­cin­tos que no es­tán ma­los, pe­ro que la gen­te per­ci­ba que son bue­nos. Hay una co­sa de per­cep­ción. No­so­tros po­de­mos te­ner un re­cin­to que sea chi­co, que sea sú­per bueno pa­ra el ani­mal, con sú­per bue­nas con­di­cio­nes de bie­nes­tar. Pe­ro mu­chas ve­ces la gen­te, que no sa­be, per­ci­be otra co­sa. En­ton­ces, lo que bus­ca el “Eco­par­que” es que la gen­te per­ci­ba que el ani­mal es­tá bien, a pe­sar de que siem­pre es­tu­vo bien –ex­pli­ca la di­rec­to­ra del zoo­ló­gi­co.

La cons­truc­ción del “Eco­par­que”, di­cen, no im­pli­ca ce­rrar el zoo­ló­gi­co –co­mo lo que pa­só en Bue­nos Ai­res. La idea es la con­ser­va­ción de la bio­di­ver­si­dad y la edu­ca­ción, pa­ra que es­ta con­ser­va­ción sea po­si­ble. La cons­truc­ción va a ser por eta­pas, has­ta fi­na­li­zar en 2025, cuan­do el Zoo­ló­gi­co Na­cio­nal, en ese en­ton­ces “Eco­par­que”, cum­pla 100 años.

Sin em­bar­go, los ani­ma­les exó­ti­cos de otros con­ti­nen­tes tam­bién es­tán con­tem­pla­dos en el plan. Pe­ro no los lla­ma­dos “me­ga­ma­mí­fe­ros ca­ris­má­ti­cos”. Los ele­fan­tes, las ji­ra­fas, en­tre otros. Ellos, ex­pli­can des­de el zoo­ló­gi­co, no tie­ne sen­ti­do vol­ver a re­no­var­los. Los que hay ac­tual­men­te, por su edad, es di­fí­cil re­ubi­car­los.

– Mo­ver­los es un su­fri­mien­to pa­ra ellos -di­ce Fabry, y agre­ga: –Que se va­yan a su há­bi­tat no es op­ción. Es im­po­si­ble. Se­ría un cri­men con­tra el ani­mal. Eso es no en­ten­der na­da. Esos ani­ma­les van a mo­rir de vie­jos. Co­mo la Men­chi. La hi­po­pó­ta­mo de 40 años, que lle­va el nom­bre por su lu­gar de ori­gen. Lle­gó des­de Men­do­za, de in­ter­cam­bio.

–Ella es una de las no­ni­tas, es una se­ño­ra ma­yor –di­ce An­drea Caioz­zi, etó­lo­ga y coor­di­na­do­ra del Zoo­ló­gi­co Na­cio­nal.

¿Son ne­ce­sa­rios los zoo­ló­gi­cos?

Die­go Mon­te­cino y Wi­lliam San Martín, can­di­da­to al PhD en epi­de­mio­lo­gía y PhD en his­to­ria, res­pec­ti­va­men­te, son los fun­da­do­res de Co­nS­cien­tiaG­roup, una ONG orien­ta­da a sin­te­ti­zar co­no­ci­mien­to cien­tí­fi­co y aca­dé­mi­co so­bre pro­ble­mas am­bien­ta­les y de bie­nes­tar ani­mal en Chi­le. Des­de Es­ta­dos Uni­dos ex­pli­can que la esen­cia de la ins­ti­tu- ción, a pe­sar de una mo­der­ni­za­ción, se man­tie­ne. “Una ins­ti­tu­ción de en­tre­ten­ción me­dian­te la ex­hi­bi­ción de ani­ma­les”, di­cen. Y la pro­pues­ta de “Eco­par­que”, de ser un es­pa­cio de edu­ca­ción pa­ra los ni­ños, ex­pli­can, no es un buen ar­gu­men­to.

–Los es­tu­dios se­ña­lan que las vi­si­tas a los zoo­ló­gi­cos no ge­ne­ran co­no­ci­mien­to res­pec­to de las es­pe­cies que los vi­si­tan­tes ob­ser­va­ron –di­cen.

Sin em­bar­go, des­de el Zoo­ló­gi­co Na­cio­nal ex­pli­can que hay más ra­zo­nes pa­ra se­guir cus­to­dian­do a los ani­ma­les en es­tas ins­ti­tu­cio­nes.

–Los zoo­ló­gi­cos son más ne­ce­sa­rios que nun­ca. Es­ta­mos en la sex­ta ola de extinción en ma­sa, que es pro­vo­ca­da por el hom­bre. La quin­ta fue la de los di­no­sau­rios. En es­te mi­nu­to los ani­ma­les se es­tán per­dien­do al mis­mo ni­vel que des­apa­re­cie­ron los di­no­sau­rios. Pe­ro es­to es pro­vo­ca­do por el hom­bre. Lo otro fue pro­vo­ca­do por un me­teo­ri­to –di­ce la di­rec­to­ra.

An­tes de ir a mo­ni­to­rear el res­to de los ani­ma­les, la etó­lo­ga An­drea Caioz­zi se ha­ce una pre­gun­ta:

–¿Có­mo no es­ta­mos ras­gan­do ves­ti­du­ras por­que aho­ra otro pu­dú aca­ba de ser muer­to por pe­rros? ¿ Có­mo es­ta cues­tión no nos due­le en el al­ma? Y esos son ani­ma­les que no va­mos a po­der re­cu­pe­rar.

Caioz­zi ha­ce un si­len­cio de tres se­gun­dos y di­ce:

–Y aho­ra ma­ta­ron a otro más.

El pe­que­ño es­pa­cio que al­ber­ga a los dos ele­fan­tes del zoo ha si­do cues­tio­na­do por ani­ma­lis­tas.

Las su­ri­ca­tas son ju­gue­to­nas, es­cu­rri­di­zas y en­can­tan a los ni­ños.

El fla­men­co chi­leno es una es­pe­cie vul­ne­ra­ble, pe­ro que ha si­do re­in­tro­du­ci­da por el zoo en su há­bi­tat.

A la clí­ni­ca ve­te­ri­na­ria del zoo­ló­gi­co lle­gan más de 600 ani­ma­les anual­men­te pa­ra ser reha­bi­li­ta­dos.

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