Cons­tan­za San­ta Ma­ría, pe­rio­dis­ta

La Tercera - Reportajes - - REPORTAJES - POR FRE­DI VE­LÁS­QUEZ FO­TO: JUAN FA­RÍAS

Me gus­ta­ría al­gún día vol­ver a su­bir­me a un es­ce­na­rio a can­tar.

No sé si lo voy a po­der ha­cer, pe­ro me en­can­ta­ría. Cuan­do te­nía 15 años era vo­ca­lis­ta de una ban­da que to­ca­ba te­mas de The Doors. Quie­ro re­to­mar eso. Quie­ro te­ner un ra­to de ser una ar­tis­ta.

Cuan­do te­nía 15 años me atro­pe­lla­ron y ca­si pier­do una pier­na.

Es un trau­ma en mi vi­da. Re­cuer­do per­fec­ta­men­te ese día. Cru­cé en me­dio de una ca­lle y me atro­pe­lló un ca­mión de he­la­dos de Cha­mo­nix. Que­dé ti­ra­da en la ca­lle, se­mi­in­cons­cien­te, y un ti­po me re­co­gió y me lle­vó al hos­pi­tal. Te­nía prin­ci­pio de gan­gre­na, me sal­va­ron de ampu­tar­me y me di­je­ron que iba a usar mu­le­tas pa­ra to­da la vi­da.

Ri­car­do La­gos me de­jó llo­ran­do des­pués de una en­tre­vis­ta.

Fue pa­ra un 19 de sep­tiem­bre. Yo era chi­ca y que­ría ha­cer una en­tre­vis­ta di­fe­ren­te. Fui sú­per du­ra en mis pre­gun­tas. La­gos me con­tes­tó mal y me tra­tó pé­si­mo. Me sen­tí mi­ra­da en me­nos: por ser mu­jer, chi­ca e ig­no­ran­te. Hi­ce una pa­ta­le­ta afue­ra de La Mo­ne­da, me sen­tí nin­gu­nea­da.

Ya no me cuel­go del cue­llo del en­tre­vis­ta­do.

Me cri­ti­ca­ban mu­cho de que no los de­ja­ba ha­blar. Ha­bía un po­co de ma­chis­mo en esos co­men­ta­rios. La mu­jer en te­le­vi­sión tie­ne que ser más dul­ce, mien­tras que el hom­bre pue­de ser más du­ro. No so­por­ta­ba que no me con­tes­ta­ran las pre­gun­tas. Con los años en­ten­dí que el que pier­de en una en­tre­vis­ta es el que se enoja.

De re­pen­te soy muy en­gru­pi­da con el pe­rio­dis­mo.

Me fas­ci­na lo que ha­go y lo dis­fru­to, creo fir­me­men­te en el rol del pe­rio­dis­ta co­mo ac­tor so­cial. Aho­ra, eso sí, es­toy mu­cho me­nos en­gru­pi­da que an­tes.

Mi vi­da es un caos. Tra­to de arre­glár­me­las con eso. Me pa­san co­sas que a na­die más le pa­san. El otro día ca­si me que­do afue­ra de mi ca­sa an­tes de via­jar a Bo­li­via. No te­nía lla­ves ni ce­lu­lar y de­bía en­trar a bus­car mis ma­le­tas. Abrí la puer­ta de una pa­ta­da, en­tré y me fui co­rrien­do al ae­ro­puer­to. Al otro día mi her­mano me lla­mó pa­ra de­cir­me que mis dos pe­rros se ha­bían da­do cuen­ta de que la puer­ta es­ta­ba mal ce­rra­da. Des­cuar­ti­za­ron to­dos los osos de pe­lu­che y se acos­ta­ron en mi ca­ma. Era co­mo si unos oku­pas hu­bie­ran pa­sa­do.

Mis hi­jos me re­cla­man que son los úni­cos que no se sa­ben las can­cio­nes de mo­da. Y les di­go que ten­gan mu­cho or­gu­llo. Aun­que sue­ne con­ser­va­dor, son can­cio­nes sú­per or­di­na­rias, que de­ni­gran a la mu­jer y no co­rres­pon­de que los ni­ños chi­cos las can­ten. Yo bai­lo de to­do, me­nos reg­gae­tón.

En mi ca­sa no se es­cu­cha reg­gae­tón.

Ten­go un ho­ra­rio sú­per ex­tre­mo y siem­pre me pre­gun­tan: ¿Con quién de­jas a los ni­ños?

Te ase­gu­ro que a Ra­món Ulloa, que sa­le a la mis­ma ho­ra que yo, no le pre­gun­tan esas co­sas. Mis hi­jos son lo más im­por­tan­te. Los fi­nes de se­ma­na son pa­ra ellos. He tra­ta­do de edu­car­los en eso, que es im­por­tan­te que los dos tra­ba­jen y se de­di­quen a las la­bo­res do­més­ti­cas, in­de­pen­dien­te de su gé­ne­ro.

Se­ría in­jus­to que me sin­tie­ra una víc­ti­ma del ma­chis­mo.

Me ha pa­sa­do que he te­ni­do to­das las opor­tu­ni­da­des y nun­ca me he sen­ti­do dis­mi­nui­da por ser mu­jer. Pe­ro en­tien­do que es un pri­vi­le­gio y que hay mu­je­res a las que aún les cues­ta mu­cho.

No sen­tí que fué­ra­mos adu­la­do­res con el Pa­pa Fran­cis­co.

Le pe­dí que ben­di­je­ra un ro­sa­rio que me ha­bían pa­sa­do y no vi pro­ble­ma en eso. No po­día­mos ha­cer­le pre­gun­tas de con­tin­gen­cia en ese mo­men­to. Va­lía es­tar ahí, con las pri­me­ras imá­ge­nes de Pa­pa. Des­pués fui­mos sú­per crí­ti­cos. Fui la pri­me­ra que en­tre­vis­tó a Juan Ba­rros en el Par­que O’Hig­gins. Ca­da vez que pu­de fui cues­tio­na­do­ra. Me sien­to sú­per tran­qui­la con la pe­ga que hi­ci­mos.

“Ri­car­do La­gos me de­jó llo­ran­do”.

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