SE­BAS­TIÁN PI­ÑE­RA

“El po­der es por esen­cia pa­sa­je­ro”

La Tercera - Reportajes - - REPORTAJES - POR FO­TO­GRA­FÍA PA­TRI­CIO FUEN­TES Y.

AS­CA­NIO CA­VA­LLO

El Pre­si­den­te Se­bas­tián Pi­ñe­ra se pre­pa­ra pa­ra to­mar un fin de se­ma­na lar­go al­go más des­can­sa­do. En las úl­ti­mas sie­te se­ma­nas no ha pa­ra­do ni un so­lo día. He­re­dó de su pa­dre la ca­pa­ci­dad de dor­mir po­co, pe­ro nin­gún día pa­re­ce su­fi­cien­te. Des­pués de es­ta en­tre­vis­ta, ce­rra­rá la jor­na­da con ¡sie­te! “mi­ni­rreu­nio­nes”. De to­dos mo­dos, su idea del des­can­so es más que dis­cu­ti­ble: dos pi­las de car­pe­tas -me­dio me­tro de al­to- se irán con él a la playa. Qué dia­blos: ha si­do ele­gi­do la per­so­na con ma­yor in­fluen­cia en Chi­le.

Pre­si­den­te, lo ven­go a en­tre­vis­tar co­mo el hom­bre más po­de­ro­so de Chi­le. Pe­ro aca­bo de oír­le que la pa­la­bra no le gus­ta...

No, la pa­la­bra po­de­ro­so me pro­du­ce re­cha­zo.

Pe­ro es así, ¿no?

cier­to

Sé que es lo que di­ce la en­cues­ta. Pe­ro si yo soy po­de­ro­so, en­ton­ces mi mu­jer es mu­cho más.

¿Us­ted tie­ne una de­fi­ni­ción de ese po­der? ¿Pa­ra qué sir­ve? ¿Es una sa­tis­fac­ción o una res­pon­sa­bi­li­dad?

Creo que el po­der es un po­co co­mo el di­ne­ro. Tie­ne dos ca­ras. Si uno lo to­ma co­mo un fin en sí mis­mo, se trans­for­ma en un ele­men­to de es­cla­vi­tud, por­que lo úni­co que quie­re es acu- mu­lar más y más, y cuan­do lo lo­gra... lo man­dan a lla­mar del otro mun­do. En cam­bio, si uno lo to­ma co­mo un me­dio pa­ra ha­cer co­sas que uno cree que son bue­nas, es un ele­men­to de li­ber­tad. Y es mu­cho más sa­tis­fac­to­rio no de­pen­der tan­to del po­der. Por­que el po­der es por esen­cia pa­sa­je­ro. Nun­ca hay que acos­tum­brar­se al po­der, ni mu­cho me­nos en­va­ne­cer­se con él: cuan­do uno pa­sa por las ave­ni­das del po­der, hay que sa­ber uti­li­zar­lo con sa­bi­du­ría, con pru­den­cia y con vi­sión, y eso es lo que tra­to de ha­cer co­mo Pre­si­den­te de Chi­le.

Nor­ber­to Bob­bio di­ce que la de­mo­cra­cia con­sis­te en que a uno le en­tre­gan el po­der, pe­ro no se lo pue­de lle­var pa­ra la ca­sa, tie­ne que de­vol­ver­lo. Pe­ro los pre­si­den­tes de Chi­le se han que­ja­do de que los tiem­pos son muy cor­tos. ¿Cua­tro años es po­co?

He­mos te­ni­do ocho años, des­pués cua­tro, des­pués seis, de nue­vo cua­tro. He­mos pro­ba­do to­dos los pe­río­dos. Cuan­do uno es Pre­si­den­te siem­pre cree que es po­co, pe­ro sos­pe­cho que mu­chos de los que es­tán afue­ra pien­san que es de­ma­sia­do. Y re­cuer­do lo que de­cía Abraham Lin­coln: si quie­res co­no­cer a un hom­bre, da­le po­der. Ahí lo vas a ver en su esen­cia, en su na­tu­ra­le­za. Hay al­gu­nos que con el po­der se ob­nu­bi­lan, se en­can­di­lan, cam­bian, pier­den la sim­ple­za, la cer­ca­nía y se trans­for­man en mons- truos.

En­ton­ces, es­ta se­gun­da vez, los cua­tro años ya no le pa­re­cen cor­tos ni na­da.

No, a mí me pa­re­cen cor­tos. Lo que di­go es que sos­pe­cho que a al­gu­nos de afue­ra les pue­den pa­re­cer una eter­ni­dad y los com­pren­do.

Hob­bes pen­sa­ba que el po­der se en­car­na en un ac­tor que no­so­tros ele­gi­mos pa­ra re­pre­sen­tar­nos y re­pre­sen­tar un pa­pel. Pe­ro ten­go la im­pre­sión de que us­ted pre­fie­re ser más es­pon­tá­neo. Que le gus­ta más... ser Se­bas­tián Pi­ñe­ra.

Hay mu­chos que me cri­ti­can por eso. ¿Có­mo me voy a trans­for­mar en una per­so­na que no soy? Me gus­tan las re­la­cio­nes ho­ri­zon­ta­les, di­rec­tas, me gus­ta la con­fron­ta­ción de ideas, ejer­cer un li­de­raz­go… Creo que el ver­da­de­ro li­de­raz­go de­be ser más ins­pi­ra­dor. El lí­der tie­ne que te­ner al­go de vi­sio­na­rio, los ojos pues­tos en el cie­lo, pe­ro los pies en la tie­rra. El que a mí me gus­ta es el que tra­ta de ser con­vo­can­te, y que bus­ca con­ven­cer, pe­ro tam­bién es­tá dis­pues­to a ser con­ven­ci­do, que pue­de par­tir en una reunión con una po­si­ción y cam­biar­la sin sen­tir­se me­nos­ca­ba­do.

En los años que yo lo co­noz­co, Pre­si­den­te -¿se­rán unos 30?-, no ha cam­bia­do su es­ti­lo, pe­ro aho­ra lo veo más con­tro­la­do, más cal­cu­la­do. No ha da­do ni si­quie­ra es­pa­cio pa­ra las pi­ñe­ri­co­sas...

Le voy a de­cir una co­sa, pro­fun­da y sen­ti­da­men­te: pa­ra mí no exis­te la vi­da sin amor y sin hu­mor. Creo que lo di­jo Mar­tin Lut­her King: si una per­so­na no tie­ne una cau­sa por la cual es­tá dis­pues­to a mo­rir, no es­tá preparado pa­ra vi­vir. A to­do es­to, soy cui­da­do­so con las ci­tas, por­que me en­can­ta San Pablo y lo he leí­do mu­cho, por­que pa­ra mí es una fi­gu­ra apa­sio­nan­te.... Ha­brá leí­do El Reino, su­pon­go.

Sí. Y lo ci­ta­ba mu­cho, has­ta que un día es­cu­ché a mi mu­jer que de­cía en un dis­cur­so: ‘Co­mo di­ce mi ma­ri­do y re­pi­te San Pablo…’. A par­tir de ese ins­tan­te nun­ca más lo ci­té. Pe­ro sí creo que un lí­der de­be ser vi­sio­na­rio, tra­tar de ir un pa­so más ade­lan­te, guian­do, ilu­mi­nan­do el ca­mino. Tie­ne que su­bir­se a los hom­bros de un gi­gan­te, co­mo de­cía New­ton, y ver qué hay más allá del ho­ri­zon­te, qué vie­ne.

Y ya que ha­bla­mos de ima­gi­na­ción: si su po­der al­can­za­ra pa­ra su­pri­mir al­go, lo que me­nos le gus­ta de Chi­le, ¿qué sa­ca­ría?

Me mo­les­ta la fal­ta de al­tu­ra, de ra­cio­na­li­dad, de bue­na vo­lun­tad en el de­ba­te po­lí­ti­co.

¿Le pa­re­ce que ese ras­go do­mi­na la política o es al­go ac­ce­so­rio?

Te­ne­mos que preo­cu­par­nos, por­que si nos des­cui­da­mos va a ser el do­mi­nan­te. Cuan­do uno ve que la gen­te no lee, no ana­li­za y an­tes de

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