Ja­vie­ra Suá­rez, pe­rio­dis­ta

¡Có­mo quie­ren que pa­gue lo que cues­ta es­ta en­fer­me­dad!”.

La Tercera - Reportajes - - APUNTES - POR FRE­DI VE­LÁS­QUEZ OJE­DA FO­TO­GRA­FÍA: MA­RIO TELLEZ

Hay gen­te que me acu­sa de lu­crar con el cán­cer.

Hay mu­cha gen­te que me ti­ra bue­na on­da y son po­cos los que te cri­ti­can. De­be­ría no en­gan­char, pe­ro igual me dan ga­nas de res­pon­der: ¿¡Có­mo quie­ren que pa­gue lo que cues­ta es­ta en­fer­me­dad!? ¡Ten­go que tra­ba­jar! Y en es­te ca­so tra­ba­jo ha­cien­do cam­pa­ñas y con mar­cas. Si no te gus­ta, no me si­gas. Aho­ra he op­ta­do por blo­quear a esas per­so­nas.

La vi­da es co­mo un co­lum­pio: la ve­lo­ci­dad del vue­lo y cuán­do se de­tie­ne la po­nes tú.

Se me ocu­rrió esa fra­se mien­tras me co­lum­pia­ba. Me en­can­ta có­mo co­rre el vien­to en la ca­ra. Se te abre la ni­ña in­ter­na que uno tie­ne. A ella hay que ha­cer­le ca­ri­ño.

Re­cuer­do ha­ber ido al babys­ho­wer de Ma­teo, el hi­jo de Leo­nor Va­re­la.

So­mos ami­gas des­de ha­ce seis años, nos co­no­ci­mos y en­gan­cha­mos. Uno nun­ca se pue­de pre­pa­rar pa­ra la muer­te de un hi­jo, pe­ro sien­to que la Leo, con su for­ta­le­za y va­len­tía, no es­ta­ba vien­do la muer­te co­mo un enemi­go, sino co­mo par­te de la vi­da. Ma­teo lo es­ta­ba pa­san­do muy mal úl­ti­ma­men­te. He ha­bla­do con ella y es­tá muy tran­qui­la. La fe que tie­ne la abra­za.

Le re­zo a la Vir­gen de los Mi­la­gros por per­so­nas que no co­noz­co.

Lo he he­cho con una ma­má que tie­ne un hi­jo con leu­ce­mia y aho­ra lo es­toy ha­cien­do con un ga­llo que tie­ne sar­co­ma. He vi­vi­do esos mi­la­gros de la Vir­gen. En­ton­ces, co­mo una for­ma de de­vol­ver­le la mano, es que ha­go ora­ción por los de­más.

Me en­can­ta Se­bas­tián Piñera.

Pa­ra al­gu­nas per­so­nas in­cul­tas ser pro Piñera es lo mis­mo que ser pro Pi­no­chet. No me voy a po­ner a ex­pli­car las di­fe­ren­cias. Me en­can­ta có­mo lo ha­ce, me da se­gu­ri­dad. Qui­zás le fal­ta el ca­ris­ma de otros, pe­ro es un ga­llo que tra­ba­ja y es bien in­te­li­gen­te. Si tu­vie­ra que de­fi­nir­me, soy más de de­re­cha que de iz­quier­da.

Ten­go la suer­te de po­der pa­gar­me un tra­ta­mien­to, pe­ro tam­bién lo pa­so mal y me mue­ro de mie­do.

Mo­rir por no te­ner pla­ta pa­ra cu­rar­te es te­rri­ble. ¿Qué hay que ha­cer con eso? ¿Hay que ti­rar­le mier­da a la per­so­na que tie­ne un po­co más y pue­de pa­gar un se­gu­ro? Eso me pa­sa con las crí­ti­cas. Lo que de­be­mos ha­cer es mo­ver­se pa­ra que se pro­mul­gue una Ley del Cán­cer. Ti­rar mier­da en Twit­ter no apor­ta en na­da. Si hay al­go en que la pla­ta no te sir­ve de na­da, por muy mi­llo­na­rio que seas, es sa­nar­te de cán­cer.

Cuan­do chi­ca que­ría ser ac­triz de Holly­wood.

Pen­sé en es­tu­diar Tea­tro, pe­ro la ma­lla cu­rri­cu­lar me pa­re­cía una la­ta. Pen­sa­ba en ac­tuar pa­ra ci­ne. Ex­pre­sión cor­po­ral y esas cues­tio­nes, di­je: “Chao, qué la­ta”. Ahí en­tré a es­tu­diar Pe­rio­dis­mo.

La épo­ca del co­le­gio fue la me­jor del mun­do.

Las gran­des ami­gas y ami­gos que ten­go son del co­le­gio. Re­cuer­do to­das las ton­te­ras que uno ha­cía. Me gus­ta­ba un ga­llo de dos cur­sos más arri­ba y me es­ca­pa­ba de la sa­la pa­ra ver­lo en los pa­si­llos. Lo pa­sa­ba muy bien.

Mi hi­jo Pe­dro tie­ne una luz es­pe­cial.

Voy a so­nar muy co­mo una ma­má que le quie­re ha­cer ba­rra a su hi­jo, pe­ro sien­to que es es­pe­cial. Una ami­ga me di­jo que es pu­ra son­ri­sa, por­que sa­be có­mo va a ter­mi­nar to­do. Sa­be que su ma­má se va a me­jo­rar y la va a te­ner pa­ra ra­to, en­ton­ces no tie­ne nin­gu­na de las preo­cu­pa­cio­nes que no­so­tros te­ne­mos.

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