LA PE­SA­DI­LLA DE SER CHI­LENO

La Tercera - Tendencias - - APUNTES -

POR An­drés Be­ní­tez

Si Mar­ce­lo Ríos fue­ra ar­gen­tino, es­ta­ría a la al­tu­ra de Ma­ra­do­na. Se­ría un ído­lo sin dis­cu­sión, un hom­bre ele­va­do a es­ta­dos su­pe­rio­res y con una ba­rra bra­va que lo de­fen­de­ría in­clu­so cuan­do cae en des­gra­cia.

Pe­ro Ríos, la­men­ta­ble­men­te, es chi­leno. Un país cha­que­te­ro, cu­yo úni­co de­por­te es ma­tar a sus ído­los. El Chino ha si­do testigo de aque­llo siem­pre, pe­ro es­pe­cial­men­te es­ta se­ma­na, cuan­do se cum­plie­ron 20 años de su épi­co triun­fo frente Agas­si, aquel que lo lle­vó a la ci­ma del te­nis mun­dial. ¿Có­mo lo ce­le­bró Chi­le? Mal, muy mal.

Pri­me­ro, por­que la ma­yo­ría ca­yó en la ton­te­ra de si su logro era real­men­te im­por­tan­te, to­da vez que nun­ca ga­nó un Gran Slam. ¡Por fa­vor! Fue el nú­me­ro uno del MUN­DO. Eso so­bra en cual­quier par­te del pla­ne­ta; me­nos en Chi­le.

Se­gun­do, por­que ni el go­bierno an­te­rior, ni el ac­tual, se dig­na­ron a apo­yar su idea de ce­le­brar los 20 años con un par­ti­do de ho­me­na­je frente Agas­si. “Por su ca­rác­ter”, di­cen alu­dien­do a su de­sen­fa­do, mal ge­nio y com­por­ta­mien­to fue­ra de la can­chas. ¿Se­re­mos ta­ra­dos aca­so? El hom­bre no es un de­lin­cuen­te ni na­da pa­re­ci­do. ¿Aca­so al­guien se ima­gi­na a los ar­gen­ti­nos cas­ti­gan­do a Ma­ra­do­na por su for­ma de ser? Y eso que Ríos es un niño de pe­cho al la­do del fult­bo­lis­ta tras­an­dino.

Ade­más, yo no veo na­da de ma­lo en el ca­rác­ter de Ríos. In­clu­so, me pa­re­ce atrac­ti­vo. Cla­ro, es un ti­po deslenguado, me­dio pe­sa­do, a ve­ces mal educado, pe­ro la ver­dad es que la ma­yor par­te de las ve­ces tie­ne ra­zón en lo que di­ce. Y di­ga­mos las co­sas co­mo son: tie­ne to­do el de­re­cho de ser co­mo quie­ra. Se lo ga­nó.

Pe­ro aun­que al­gu­nos no es­tén de acuer­do con él, to­dos de­be­mos re­co­no­cer que el Chino pro­vo­có mu­cho más ale­grías que pe­nas. Es­ta­mos en deu­da con él. Y to­da­vía es­ta­mos a tiem­po de pa­gar nues­tras cul­pas, or­ga­ni­zan­do el ho­me­na­je que me­re­ce. Si el go­bierno no quie­re, se de­bie­ra ha­cer una suer­te de Te­le­tón pa­ra es­to. O qui­zás Far­kas se anime.

El te­ma no es me­nor ni anec­dó­ti­co. Te­ner in­di­vi­duos des­ta­ca­dos es fun­da­men­tal pa­ra la so­cie­dad. Son ellos los que en­can­tan, se­du­cen y en­tu­sias­man a otros a se­guir sus pa­sos. Son los que mue­ven las co­sas más allá de lo esperado. En su­ma, una fuen­te de ins­pi­ra­ción, au­toes­ti­ma y or­gu­llo que un país no pue­de per­der. Ríos me­re­ce el tra­to de ído­lo, tan­to co­mo Chi­le me­re­ce te­ner un ído­lo gran­de.

Y pa­ra no dis­cu­tir más, me que­do con las pa­la­bras de Agas­si lue­go de su de­rro­ta: “Nun­ca pen­sé que vol­ve­ría­mos a ver un te­nis­ta tan bueno. Trae otra di­men­sión al te­nis”. Ído­lo.

CLA­RO, ES UN TI­PO DESLENGUADO, ME­DIO PE­SA­DO, A VE­CES MAL EDUCADO, PE­RO LA VER­DAD ES QUE LA MA­YOR PAR­TE DE LAS VE­CES TIE­NE RA­ZÓN EN LO QUE DI­CE.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Chile

© PressReader. All rights reserved.