“Ten­go tri­lli­zos e in­ten­to no per­der la cal­ma”

“Soy una ma­má zom­bi, pe­ro pue­do vi­vir. El 90% de mi día son ellos, el 100% de mi suel­do es pa­ra ellos. Ha si­do me­jor de lo que pen­sé, pe­ro ten­go cla­ro que sin los gru­pos de apo­yo no ha­bría po­di­do”.

La Tercera - Tendencias - - COSAS DE LA VIDA - ENVÍANOS TUS HIS­TO­RIAS A: co­sas­de­la­vi­da@la­ter­ce­ra.com POR JA­VIE­RA SÁN­CHEZ FO­TO RUDY MU­ÑOZ

Con Jo­sé Mi­guel nos ca­sa­mos ha­ce tres años, des­pués de sie­te años de po­lo­leo. Al po­co tiem­po tu­vi­mos a Cle­men­te, que tie­ne dos años. Que­ría­mos dar­le un her­ma­ni­to. Si la vi­da a fu­tu­ro nos son­reía y am­bos que­ría­mos, íba­mos a ir por el con­chi­to.

En es­te se­gun­do in­ten­to que­dé em­ba­ra­za­da sú­per rá­pi­do. Pe­ro me sen­tí mal des­de el co­mien­zo. Cuan­do fui al mé­di­co me di­je­ron que te­nía seis se­ma­nas y eran dos gua­guas. A mí me dio un ata­que de ri­sa. Ape­nas sa­li­mos les con­ta­mos a nues­tras ma­más y las dos se rie­ron. Que­dó co­mo una anéc­do­ta. A la se­ma­na si­guien­te fui a ha­cer­me otra eco­gra­fía y el doc­tor nos di­jo que ya no eran dos… sino tres. Le aga­rré el bra­zo a mi ma­ri­do y le pre­gun­té qué íba­mos a ha­cer. Me pu­se a llo­rar. Él me di­jo que me que­da­ra tran­qui­la, que to­do iba a sa­lir bien. Me sen­tí co­mo la peor ma­má del mun­do por­que no sen­tí fe­li­ci­dad. Me ba­jó to­do el pá­ni­co. De in­me­dia­to em­pe­cé a pen­sar en cua­tro jar­di­nes in­fan­ti­les, cua­tro co­le­gios, cua­tro uni­ver­si­da­des, cua­tro de to­do.

No­so­tros vi­vía­mos en un de­par­ta­men­to pe­que­ño y no sa­bía dón­de íba­mos a me­ter a to­da esa gen­te o qué íba­mos a ha­cer con el au­to. Mi ma­ri­do lla­mó a mi sue­gra pa­ra con­tar­le las no­ve­da­des, yo no po­día ha­blar.

Nun­ca pen­sé en te­ner cua­tro hi­jos. Fue un shock tre­men­do. Te­nía mie­do del em­ba­ra­zo que se ve­nía por de­lan­te. Mi doc­tor me ase­gu­ró que iba a sen­tir to­do mul­ti­pli­ca­do por tres. Si te­nía as­co iba a ser por tres y si te­nía do­lo­res, tam­bién.

Cuan­do te­nía cua­tro me­ses de em­ba­ra­zo nos cam­bia­mos a una ca­sa más gran­de. Al mes ya es­ta­ba con li­cen­cia en mi ca­sa por ser un em­ba­ra­zo de al­to ries­go. Un día me ani­mé a co­no­cer el ba­rrio. Ca­mi­né co­mo pin­güino dos cua­dras y no pu­de más. Me do­lía el cuer­po y no era ca­paz de se­guir ca­mi­nan­do. Me de­mo­ré una ho­ra en lle­gar a la ca­sa.

A los seis me­ses nos en­te­ra­mos de que uno de los ni­ños te­nía una fi­su­ra la­bio-pa­la­ti­na. El doc­tor nos re­co­men­dó que fuéramos a la fun­da­ción Gantz a re­sol­ver nues­tras du­das pa­ra es­tar más tran­qui­los an­tes de que na­cie­ran. De a po­co fui ave­ri­guan­do so­bre lo que se de­bía ha­cer con un ni­ño con esa fi­su­ra.

Me me­tí a Ins­ta­gram a bus­car otras ma­más con tri­lli­zos. Las em­pe­cé con­tac­tar di­cién­do­les “Ho­la, es­toy em­ba­ra­za­da de tri­lli­zos. Ayú­da­me”. Así lle­gué a la Ca­ro­la, una ma­má de tri­lli­zos que me in­vi­tó a su ca­sa y me ex­pli­có to­do. Me agre­gó a un gru­po de What­sApp lla­ma­do ‘So­mos tri­lli­zos’, don­de otras ma­más tam­bién me aco­gie­ron. Me di­je­ron que sin una red de apo­yo no se pue­de. Así de sim­ple.

A las 30 se­ma­nas mi gua­ta es­ta­ba más gran­de que la de tér­mino con Cle­men­te. No po­día ni po­ner­me los za­pa­tos. Ya no aguan­ta­ba más. El día an­tes de que na­cie­ran es­ta­ba fe­liz y asus­ta­da. Que­ría co­no­cer­los, pe­ro te­nía mie­do de si iban a es­tar bien; y ner­vios de co­no­cer la ca­ri­ta de Pe­dro con su fi­su­ra. El día de la ce­sá­rea llo­ré co­mo una Mag­da­le­na en el hom­bro de mi ma­má.

Na­cie­ron los tres por ce­sá­rea el 29 de enero de es­te año. Mar­tín pe­só 2,07 ki­los y los ge­me­los, Pe­dro y Pas­cual, 1,6 ki­los. Al prin­ci­pio no sa­bía có­mo íba­mos a que­rer a tres de una. Pe­ro ape­nas los vi, me enamo­ré.

A los cin­co días me die­ron el al­ta y só­lo me pu­de lle­var a Mar­tín. Los ge­me­los se tu­vie­ron que que­dar en neo­na­to­lo­gía por­que eran más chi­qui­ti­tos. A la se­ma­na si­guien­te lle­va­mos a Pas­cual a la ca­sa. Lue­go lle­gó Pe­dro. Al prin­ci­pio Cle­men­te, el her­mano ma­yor, de­cía “que lin­da las gua­guas, les pon­go el te­te”. Era muy tierno con ellos, pe­ro co­men­zó una gue­rra con no­so­tros. Eran llan­tos ex­plo­si­vos con ira. Tu­vi­mos que con­te­ner­lo. Si pa­ra no­so­tros ya era un shock, pa­ra él más.

Los pri­me­ros seis me­ses mis sue­gros nos man­da­ron a una en­fer­me­ra pa­ra que me ayu­da­ra con to­dos los te­mas mé­di­cos, que fue cla­ve pa­ra orien­tar­me. Mar­tín na­ció con una pla­gio­ce­fa­lia y tor­tí­co­lis que lo te­nían mi­ran­do pa­ra el la­do. No es una en­fer­me­dad y tam­po­co es gra­ve, pe­ro re­quie­re tiem­po. Tie­ne ki­ne­sió­lo­go dos ve­ces a la se­ma­na pa­ra es­ti­rar­le el cue­llo y las ar­ti­cu­la­cio­nes.

Con Pe­dro me an­gus­tia­ba el te­ma del tiem­po que tendría que de­di­car­le, por­que sa­bía que iba a ser más. Las en­fer­me­ras me en­se­ña­ron có­mo dar­le la le­che. A él le cos­tó mu­cho apren­der, por­que le sa­lía por la na­riz o se aho­ga­ba. En ju­lio lo ope­ra­ron del la­bio y que­dó sú­per bien. Ade­más tie­ne cin­co se­sio­nes de te­ra­pia al día.

Pas­cual, que es el otro ge­me­lo, no tie­ne na­da. So­lo un po­co de re­tra­so si­co­mo­tor co­mo sus dos her­ma­nos, pe­ro se so­lu­cio­na­rá con el tiem­po.

En los pri­me­ros me­ses llo­ra­ban to­dos jun­tos. Des­de el ter­cer mes se tur­nan pa­ra ha­cer­lo: uno llo­ra, uno duer­me, uno mi­ra. He apren­di­do con el tiem­po a no es­tre­sar­me con el llan­to. Con Cle­men­te era un rui­do y lo aga­rra­ba. Con los tri­lli­zos tu­ve que cam­biar to­do el sis­te­ma. Tu­ve que blo­quear mi sen­sor de llan­to. Ya sé cuál es el de ur­gen­cia, pe­ro el de ale­ga­to no lo pes­co. Sí, ten­go tri­lli­zos e in­ten­to no per­der la cal­ma.

Des­de el ini­cio fue una no­ti­cia tras otra pa­ra no­so­tros: ho­la, tie­nes tri­lli­zos; ho­la, uno tie­ne una fi­su­ra la­bio­pa­la­ti­na; bien­ve­ni­do al mun­do de los hi­jos con esa fi­su­ra; es­te ni­ño tie­ne es­to en el cue­llo y tam­bién ne­ce­si­ta ki­ne- sió­lo­go… Yo de­cía “por fa­vor, pa­ren, no quie­ro más gue­rra”. Al prin­ci­pio te­nía mu­cha pre­sión so­bre mí, pe­ro de po­co he ido apren­dien­do a sol­tar. He­mos he­cho un buen equi­po con mi ma­ri­do. Mi ma­má tam­bién ha si­do fun­da­men­tal: nos lle­va co­mi­da ca­se­ra pa­ra que no nos preo­cu­pe­mos de co­ci­nar, me ayu­da con las gua­guas y se ha en­car­ga­do de con­te­ner­me.

No he po­di­do vol­ver a tra­ba­jar -soy di­se­ña­do­ra- y el es­trés más gran­de que ten­go es mi li­cen­cia. Ne­ce­si­to las lu­cas, se me mul­ti­pli­có la fa­mi­lia en un se­gun­do, gano lo mis­mo y el in­gre­so fa­mi­liar es el mis­mo. No pue­do per­der mi tra­ba­jo y que­dar­me en la ca­sa. Pe­ro tam­bién es un pro­ble­ma vol­ver a tra­ba­jar, por­que ¿quién se ha­ce car­go? No pue­do man­dar a Pe­dro a una sa­la cu­na por­que hay que de­di­car­le mu­cho tiem­po.

Es­ta­ba muy an­gus­tia­da por­que no me iban a pa­gar o me iban a echar por la li­cen­cia. No po­día vol­ver y tam­po­co te­nía otras al­ter­na­ti­vas. Ade­más, los ni­ños tu­vie­ron vi­rus sin­ci­cial y Pe­dro es­tu­vo hos­pi­ta­li­za­do diez días. Nos lle­gó la cuen­ta que se em­pe­zó a acu­mu­lar con las se­sio­nes de ki­ne­sió­lo­go y los doc­to­res. Fui al psi­quia­tra por­que en un minuto ya no da­ba más. Una de mis me­jo­res ami­gas co­men­zó una ri­fa se­cre­ta pa­ra ayu­dar­me con los gas­tos. Se vi­ra­li­zó mu­cho y me lla­mó un po­co asus­ta­da por la mag­ni­tud que ha­bía al­can­za­do. Yo es­ta­ba an­gus­tia­dí­si­ma y no sa­bía có­mo agra­de­cér­se­lo. Gra­cias a eso pu­di­mos pa­gar las se­sio­nes de ki­ne­sió­lo­go y el tiem­po en la UCI de Pe­dro.

Soy una ma­má zom­bi, pe­ro pue­do vi­vir. El 90% de mi día son ellos, el 100% de mi suel­do es pa­ra ellos. Ha si­do me­jor de lo que pen­sé, pe­ro ten­go cla­ro que sin los gru­pos de apo­yo no ha­bría po­di­do. De re­pen­te mi ma­ri­do se ago­bia por­que es el pa­dre de fa­mi­lia y sien­te esa pre­sión, pe­ro le di­go que te­ne­mos que pen­sar en lo ba­ca­nes que son nues­tros hi­jos y que sea lo que sea que ten­ga­mos que ha­cer, es­to va a pa­sar. Que te­ne­mos que apro­ve­char­los por­que no va­mos a te­ner más hi­jos y ellos son tan ri­cos.T

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