Tam­bo­res con­tra el en­cie­rro

El gru­po Los Reales, la pri­me­ra ba­tu­ca­da del Cot­to­len­go, lle­va va­rios años pre­pa­ran­do un nú­me­ro mu­si­cal que les per­mi­ta sa­lir a to­car pa­ra te­ner con­tac­to con otras per­so­nas. Ais­la­dos du­ran­te ca­si to­do el año, el sá­ba­do pa­sa­do se pre­sen­ta­ron en el even­to P

La Tercera - Tendencias - - COSAS DE LA VIDA - POR NI­CO­LÁS ALON­SO FO­TO­GRA­FÍAS PA­BLO SANHUEZA

Es­ta tar­de van a ser ca­si cua­ren­ta, en­tre mú­si­cos, bai­la­ri­nes, pro­fe­so­res y cu­rio­sos que se acer­can, mi­ran, bai­lan un po­co y se van. Los nú­me­ros son frá­gi­les en el Pe­que­ño Cot­to­len­go Don Orio­ne de Ce­rri­llos -es di­fí­cil sa­ber có­mo se va a le­van­tar ca­da día ca­da re­si­den­te-, pe­ro Los Reales, los ver­da­de­ros, son unos vein­te y es­tán, o de­be­rían es­tar, to­dos aquí, es­te miér­co­les por la tar­de, ajus­tan­do los de­ta­lles pa­ra el día más im­por­tan­te del año.

La an­sie­dad es evi­den­te mien­tras al­gu­nos se van col­gan­do los bom­bos y las ca­jas, y otros to­man los cho­ca­los y las pan­de­re­tas. La ma­yo­ría ha es­ta­do aquí gran par­te de su vi­da: en es­te pa­tio tan ver­de, se­pa­ra­dos del res­to de la ciu­dad por una re­ja. En ge­ne­ral, sus pa­dres los han de­ja­do con cua­tro o cin­co años, in­ca­pa­ces de asu­mir la dis­ca­pa­ci­dad se­ve­ra de sus hi­jos. En es­ta fuen­te han vis­to caer el agua, en es­tos ban­cos se han sen­ta­do des­de en­ton­ces. En es­tos jar­di­nes, tam­bién, han co­no­ci­do a los pa­vos reales y de ellos han de­ci­di­do to­mar su nom­bre: Los Reales, la pri­me­ra ba­tu­ca­da de la his­to­ria del Cot­to­len­go.

Pe­ro no to­dos pue­den ser par­te de ella: uno de ca­da tres re­si­den­tes per­ma­ne­ce pos­tra­do y mu­chos no tie­nen la ca­pa­ci­dad mo­triz ne­ce­sa­ria pa­ra se­guir pa­tro­nes rít­mi­cos. Ser de Los Reales, aquí aden­tro, es un pri­vi­le­gio: sig­ni­fi­ca, más que nin­gu­na otra co­sa, te­ner con­tac­to con el ex­te­rior; sa­lir a to­car a al­gún co­le­gio de tan­to en tan­to, des­fi­lar en un fes­ti­val de tam­bo­res en La Le­gua, ser par­te ca­da año de Par­que Fe­liz, el día más es­pe­ra­do por to­dos.

Pa­ra eso se pre­pa­ran es­ta tar­de, en uno de sus úl­ti­mos en­sa­yos: el sá­ba­do 6 de oc­tu­bre tie­nen que to­car en el even­to que se rea­li­za en el Par­que Bi­cen­te­na­rio, don­de se mon­tan juegos y atrac­cio­nes pa­ra re­cau­dar fon­dos pa­ra el Cot­to­len­go. Ese día, la pre­sen­ta­ción de Los Reales es el nú­me­ro cen­tral, y un bus los lle­va des­de Ce­rri­llos a Vi­ta­cu­ra pa­ra te­ner la jor­na­da de ma­yor con­tac­to ex­te­rior de to­do el año. Aden­tro, se ha­bla de eso du­ran­te me­ses.

Aho­ra es­tá por co­men­zar el en­sa­yo, y los in­te­gran­tes de Los Reales se pre­sen­tan:

-Yo me lla­mo Jor­ge Ro­drí­guez o Jor­ge Fer­nán­dez, co­mo us­ted quie­ra… -di­ce uno.

-Yo me lla­mo Re-na-to -di­ce otro, con di­fi­cul­tad.

-¡Re­na­to ca­re’ga­to! -gri­ta otro y to­dos ríen.

-¡Bue­nas tar­des, se­ño­res y se­ño­ras, ha lle­ga­do el se­ñor pe­rio­dis­ta del dia­rio La Ter­ce­ra! -di­ce en­ton­ces Jua­ni­to, el líder de Los Reales.

Jua­ni­to, o Juan Faún­dez, tie­ne 40 años y siem­pre ha­bla así: co­mo trans­mi­tien­do pa­ra la ra­dio. Tie­ne una memoria bas­tan­te pro­di­gio­sa -es ca­paz de de­cir el cum­plea­ños de cual­quie­ra a su al­re­de­dor al que le pre­gun­ten la edad-, y eso le sir­ve tam­bién pa­ra apren­der­se las le­tras. Por eso, y por­que es afi­na­do, es la voz prin­ci­pal de la ba­tu­ca­da y el más en­tu­sias­ta.

A su la­do es­tá Cé­sar Mar­tí­nez, de 60, la otra voz de Los Reales. Des­de que su fa­mi­lia lo in­ter­nó por pri­me­ra vez, con 14 años, ha vis­to mu­chas co­sas. En Ba­tu­co, cuen­ta, sus com­pa­ñe­ros le ha­cían cor­tes en las ma­nos y los pies. Por eso lo trans­fi­rie­ron al Cot­to­len­go de Pir­que, con­su­mi­do más tar­de por las lla­mas, y lue­go al de Ce­rri­llos, don­de vio mo­rir a cin­co com­pa­ñe­ros en un in­cen­dio. La ba­tu­ca­da, di­ce, es una de las co­sas bo­ni­tas de su vi­da.

-La gen­te nos re­ci­be con aplau­sos, con los bra­zos abier­tos. Yo sien­to una emo­ción tan gran­de -di­ce, y se de­tie­ne un mo­men­to-. Hay gen­te que no nos to­ma en cuen­ta y no cree en no­so­tros. Con la ba­tu­ca­da que­re­mos que de­jen de no to­mar­nos en cuen­ta. So­mos ca­pa­ci­ta­dos no­so­tros: he­mos ido ca­mi­nan­do has­ta Mai­pú a to­car…

Em­pie­zan los tam­bo­res y Jua­ni­to arran­ca el pri­mer ver­so de una de sus can­cio­nes fa­vo­ri­tas: “Ca­lle­je­ro”, de Jua­na Fe. Lue­go si­gue “To­ro Ma­ta”, clá­si­co afro­pe­ruano. Al­gu­nos Reales bai- lan; la ma­yo­ría to­ca. Sil­via Na­va­rre­te, de 30 años, la pro­fe­so­ra de mú­si­ca a car­go de la ba­tu­ca­da, se pa­sea en­tre ellos mar­cán­do­les los tiem­pos. Ha si­do un tra­ba­jo mi­nu­cio­so, de años: pri­me­ro en­se­ñar­les un rit­mo, du­ran­te me­ses, lue­go ir in­tro­du­cien­do al­gu­na va­ria­ción, con el pa­so del tiem­po ani­mar­se a in­tro­du­cir otra lí­nea dis­tin­ta.

-Cuan­do yo me hi­ce car­go, te­nía du­das de có­mo lo iba a po­der ma­ne­jar. Có­mo po­der sa­car­lo a flo­te -di­rá Sil­via cuan­do ter­mi­ne el en­sa­yo-. Hay que sa­ber en­ten­der sus tiem­pos. De­tec­tar si al­guno tie­ne una fa­ci­li­dad con un rit­mo. Ob­ser­var, te­ner pa­cien­cia. La idea de lle­var a los chi­qui­llos a car­na­va­les y a fe­rias es que la gen­te en­tien­da que hay un estigma ge­ne­ra­li­za­do. A ve­ces les tie­nen co­mo mie­do… la so­cie­dad no es­tá muy pre­pa­ra­da.

Cuan­do ter­mi­nan de re­pa­sar el re­per­to­rio y el res­to se dis­per­sa, Jua­ni­to y Cé­sar se que­dan sen­ta­dos en una ban­ca, con­ver­san­do de otro pro­yec­to que han ido pla­nean­do: crear una ra­dio on­li­ne en el Cot­to­len­go pa­ra po­der co­mu­ni­car­se con la gen­te to­dos los días. No hay na­da que an­síen más y que ten­gan me­nos- que el con­tac­to con otros. Por eso los con­mue­ve que 166 per­so­nas si­gan la pá­gi­na de Los Reales en Fa­ce­book. Se ima­gi­nan, di­cen, to­can­do al­gún día en el Par­que O’Hig­gins, con mi­les de per­so­nas bai­lan­do a su al­re­de­dor. -¿Qué sien­ten cuan­do to­can? -Sien­to que to­da la gen­te se me

vie­ne en­ci­ma -di­ce Cé­sar, y Jua­ni­to es­cu­cha-. Me ima­gino que me pi­den fotos, que me pi­den au­tó­gra­fos. Pe­ro no só­lo a mí. A to­dos no­so­tros. ***

El gran día es hoy y se no­ta por to­dos la­dos. En la pre­mu­ra de los pro­fe­so­res, que co­rren de un la­do a otro lle­van­do ins­tru­men­tos, en la ro­pa de los re­si­den­tes -ca­mi­sa flo­rea­da, ellos; de blan­co y con cin­ti­llo de flo­res, ellas-, pe­ro so­bre to­do en sus ros­tros. Es el sá­ba­do 6 de oc­tu­bre y arri­ba del bus, que va cru­zan­do la re­ja que se­pa­ra el Cot­to­len­go del res­to del mun­do, al­gu­nos can­tan; otros mi­ran por el vi­drio si­len­cio­sos, tal vez asus­ta­dos. Las ca­mi­sas col­gan­do del te­cho del bus, los gri­tos y la al­ga­ra­bía le dan a la co­mi­ti­va el as­pec­to de un cir­co am­bu­lan­te, que atra­vie­sa la ciu­dad ba­jo la som­bra de los enor­mes edi­fi­cios vi­dria­dos. Pi­fian a una com­pa­ñe­ra que se subió úl­ti­ma, le can­tan el cum­plea­ños fe­liz a otra, y cuan­do lle­gan has­ta el Par­que Bi­cen­te­na­rio es Cé­sar quien se en­car­ga de lan­zar la pri­me­ra aren­ga:

-¡Aquí lle­ga­ron los re­yes de la can­ciooon!

El par­que es­tá re­ple­to de ni­ños y pa­dres, y al pa­re­cer nun­ca an­tes ha­bían te­ni­do tan­to pú­bli­co. O eso di­cen, mien­tras se van ba­jan­do del bus con di­fi­cul­tad, con ner­vios evi­den­tes. Uno de los vo­lun­ta­rios que ayu­da en la jor­na­da, el abo­ga­do Jo­sé Fe­rra­da, ayu­da a ba­jar los tam­bo­res.

-Son ins­tru­men­tos nue­vos y eso es bo­ni­to, es co­mo de­cir­les a los chi­qui­llos: es­to no es sa­lir a pa­sear. No­so­tros to­ca­mos y te­ne­mos que ha­cer­lo bien. Es­to no es rui­do: si­guen ins­truc­cio­nes, rit­mos y eso de­mues­tra que pue­den apren­der. Que tie­nen al­go que en­tre­gar to­da­vía. Ese es el men­sa­je de la ba­tu­ca­da: es gen­te que no es­tá en las úl­ti­mas, que al­go más pue­de en­tre­gar.

Cuan­do lle­ga el mo­men­to, van su­bien­do de uno al es­ce­na­rio, y el pú­bli­co se va agol­pan­do pa­ra ver­los: al­gu­nos son re­si­den­tes del pro­pio Cot­to­len­go, que han po­di­do asis­tir a Par­que Fe­liz, y mu­chos son ni­ños, que mi­ran con ex­pre­sión cu­rio­sa a los in­te­gran­tes de Los Reales.

En­ton­ces Jua­ni­to, fan de Los Tres, aga­rra el mi­cró­fono y gri­ta: -¿Qué tal? ¡Fes­ti­vaaaaaaal! Y em­pie­za, pri­me­ro, el rit­mo ne­gro de “To­ro Ma­ta”. Lue­go si­gue una cum­bia co­lom­bia­na, “Bom­ba Cha­ya” de Ge­pe, “Ca­lle­je­ro”, y de a po­co to­dos se van sol­tan­do. Pa­re­cen rom­per al­go que es­ta­ba muy aden­tro y em­pie­zan a bai­lar, eu­fó­ri­cos. El show no du­ra más de me­dia ho­ra, pe­ro to­dos allí arri­ba pro­fe­so­res y mú­si­cos- en­tien­den que du­ra­rá mu­cho más que eso.

-¡Lle­gaaa­ron Los Reales, el sa­bor del Cot­to­len­gooo! -gri­ta Jua­ni­to, y to­dos lo si­guen.

La úl­ti­ma can­ción que to­can es el “Car­na­va­li­to del Ciem­piés”, de Ma­za­pán, y en­ton­ces el pú­bli­co y el cuer­po de bai­le de Los Reales ha­cen una gran ron­da en torno a unos jó­ve­nes en si­lla de rue­das. Cé­sar, que ha ba­ja­do del es­ce­na­rio, mi­ra vi­si­ble­men­te emo­cio­na­do.

Lue­go se vuel­ve a su­bir, cuan­do el úl­ti­mo tam­bor ter­mi­na, y gri­ta:

-¡Un año de prác­ti­ca, un año de emo­cio­nes, un año de amor! He­mos re­co­rri­do la ciu­dad, vi­mos a los ni­ños, los jó­ve­nes, los es­tu­dian­tes, los que es­tán aban­do­na­dos en las ca­lles. Guar­da si­len­cio un mo­men­to. -¡Ellos ne­ce­si­tan más ayu­da que no­so­tros! -di­ce al fin.

Es la úl­ti­ma fra­se del show, y lue­go to­do aca­ba. Los Reales se ba­jan del es­ce­na­rio pa­ra vol­ver a su­bir al bus que los trae­rá de vuel­ta, den­tro de un año, al me­jor mo­men­to de sus vi­das.T

Más de un ter­cio de los in­te­gran­tes de Los Reales son mu­je­res.

Juan Faún­dez y Cé­sar Mar­tí­nez si­guen la gui­ta­rra de la pro­fe­so­ra Sil­via Na­va­rre­te.

Par­que Fe­liz es el even­to de ma­yor con­tac­to so­cial pa­ra los ha­bi­tan­tes del Cot­to­len­go.

Los in­te­gran­tes de Los Reales lle­ga­ron en un bus; en­tu­sias­ma­dos.

Dis­tin­tos ins­tru­men­tos es­tán in­clui­dos en las pre­sen­ta­cio­nes.

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